El primer genocidio del siglo XX

¿A costa de qué el mundo debió entrar en la Modernidad? ¿Cuánto tuvo que pasar el planeta entero para tener que adoptar cierta forma de relaciones familiares, propiedad, de organización social y económica? Mucho le costó al mundo, pero mucho más que mucho le costó al continente americano y a África. En este caso, una entrega sobre el terrible caso de Namibia.

No es un detalle menor que la colonización del continente americano es, tal vez, una de las más conocidas por el alto grado de víctimas que conllevó: la desaparición de los nativos del Caribe unas pocas décadas después de la llegada de Cristóbal Colón a las Antillas y el despoblamiento de México, principalmente, por la acción de la viruela que en sólo un siglo exterminó al 95% de los aztecas o, verdaderamente llamados, mexicas.

Pero la triste historia de África deja, también, algunas huellas imborrables. Porque más allá de que las cifras en porcentajes son menores, los atropellos son tanto más graves porque fueron realizados a lo largo del siglo XX, aún después de hitos como la formación de la ONU o la firma de la Convención de Ginebra, respecto al respeto de los derechos humanos por cualquier estado. Aún así las atrocidades siguen emergiendo día a día mostrando el terror, discriminación y la humillación que traería consigo el hombre blanco. El colonialismo y la muerte serían compañeras inseparables.

En este caso, las víctimas se dieron en el territorio de Namibia, al Oeste de la actual Sudáfrica, donde los alemanes aplicarían las primeras herramientas que mundialmente se darían a conocer con el fin de la Segunda Guerra Mundial y el desenmascaramiento de los campos de exterminios. A diferencia del Holocausto, poco conocido es el primer genocidio del XX.

 

Moderna barbarie

Los Nama y los Herero se habían levantado contra el orden germano. Una constante expropiación de sus tierras, desplazamientos, trabajos forzados y tributos durante unas dos décadas habían sido suficiente para que los locales decidiesen revelarse contra el tirano. Sin embargo, la respuesta fue tan brutal como inesperada: el 4 de octubre de 1904, 17 mil soldados a cargo del General von Trotha -un hombre tan terrible que sus descendientes viajaron años después a Namibia a disculparse por lo que hizo su abuelo- se desplegaron por el territorio con la única orden de exterminar a los sublevados.

Los resultados de la campaña militar y aplicación del orden desde 1904 a 1908: de 80 mil Hereros solo quedaron vivos 10 mil en sus territorios y otros 15 mil fueron desplazados al desierto de Omaheke, en el cual, como era de esperar, una buena cantidad murió de sed, hambre, agotamiento por los traslados. En cuanto a los Namas, de 20 mil, solo sobrevivieron la mitad.

Sus tierras fueron fraccionadas y cedidas a colonos. El ganado aniquilado. Las propias poblaciones, fragmentadas.

Dos elementos nacieron en esta zona austral de África para luego ser trasplantadas a la metrópoli y extendida por el régimen Nazi: los campos de concentración y la investigación “científica” con hombres, niños y mujeres.

En cuanto a los campos, muchos de los supervivientes tuvieron ese cruel destino, cuya tasa de mortalidad fue de aproximadamente 50%. Sí, uno de cada dos que pisaban esos centros tenía como destino la tumba. El trabajo esclavo, la falta de cuidados médicos, higiene, alimentación fueron la regla.

Josef Mengele fue más conocido como el “Angel de la Muerte” por su estudio con judíos en el campo de concentración de Auschwitz, en su búsqueda de la “pureza racial” aria. Su profesor sería Eugen Fischer, quien pondría en práctica sus experimentos en Namibia en estos mismos campos de exterminio. Posteriormente, 300 esqueletos tanto de Hereros y Namas fueron trasladados a Alemania para continuar con los estudios…

Olvido y sin perdón

El cuatro de octubre de este año arribó al territorio un avión proveniente de Berlín que contenían 30 restos óseos humanos. De los 300 que se habían llevado hacía más de 100 años, el país europeo decidió retornar algunos de estos a sus tierras natales para que sus predecesores pudieran darle una sepultura digna.

Sin embargo, Alemania sigue sin reconocer el genocidio que perpetró en nombre del progreso, la cultura y la civilización.