De cuando viajé con Dios por el cielo

Para tratar de mostrar qué es lo que genera Maradona en cada argentino, llega esta serie de crónicas sobre encuentros de gente común con el Diego, ese instante mágico que los que tuvieron la suerte de vivir recuerdan con precisión y lo cuentan en este espacio. Si lo viste, dejá tu historia con el Diez acá abajo.

Era la primera vez que Germán viajaba en avión. Estaba nervioso, inquieto, más movedizo que de costumbre. No aguantaba más la espera, quería conocer de una vez la Ciudad natal de papá, quería pisar por primera vez Buenos Aires para ver a su familia paterna, y sobre todo, a su prima, Mariana, a quién constantemente le mandaba cartas con sus dibujitos.

Pero Germán estaba asustado. Lo inquietaba qué podía pasar una vez arriba del avión. Lo impacientaba la gran cantidad de gente que pasaba a su alrededor, las constantes quejas que escuchaba por la demora eterna en el vuelo y los problemas para abordar. Todo esto lo hacía poner a este chiquitín de diez años cada momento más tenso, más desesperado, más asustado.

“Tengo miedo, má”, repetía una y otra vez el morocho de rulos, mientras las primeras lágrimas le empezaban a caer por la mejilla.

“¿Y si se cae?”, seguía él.

Del otro lado venía el monólogo consolador, que le contestaba con voz calma que todo iba a salir bien, que en pocas horas iba poder abrazar a su prima y hacer lo que más le gustaba: jugar a la pelota.

Después de una hora, Germán pudo empezar a festejar. El momento de avanzar hacia el avión empezaba. Estaba nervioso, iba a conocer un universo totalmente novedoso, que le parecía casi irreal. Y por eso le apretaba fuerte la mano a su mamá, sin soltarla por nada del mundo.

Solo le restaba recorrer los últimos 100 metros hasta que entreguen los pasajes y se puedan sentar, cuando Germán estalló. Estalló y el llanto era cada momento más fuerte. Ya no lo podían controlar. Quería irse de ese lugar, estaba sufriendo y padeciendo, al igual que sus padres que no podían entender la reacción.

Muy a lo lejos, mientras los abrazos y caramelos hacían que Germancito se fuera calmando, se podía ver una gran multitud de gente alterada. Ninguno de ellos le daba importancia. Lo único que querían los padres era que su hijo se siente en el avión y llegar de una vez por todas a Buenos Aires.

Hasta que un murmullo, un comentario al pasar, hizo que las lágrimas del chico frenaran del todo, y que los corazones de los tres se paralizaran un segundo:

“Es ese zurdito de Maradona”, se le escuchó decir a una venezolana pacata con tono de desprecio.

Germán lo miró a su papá con los ojos bien abiertos. ¿Habían escuchado bien? No se dijeron nada, pero la emoción les brotaba por sus rostros. Era el ídolo de ambos. Era el protagonista de los videos que veían siempre juntos. Era el Diego. ¿Era el Diego?

No podían quedarse con la inquietud. No sabían si había sido una loca gritando e insultando por la demora del vuelo o si en verdad el astro futbolístico, ese personaje único para ellos estaba ahí. Tenían que ir a chequear.

Ya sin lágrimas, sin quejas y con los ojos más abiertos que nunca, fueron los tres a paso veloz a verificar si podían cumplir el sueño de conocerlo, de tenerlo cerca.

El panorama no dejaba dudas: una melena con rulos, una musculosa que dejaba asomar la cara del Che en su brazo, y decenas de fotógrafos y periodistas que se peleaban por llegar a él. Era él. Era el Diego nomás.

No lo podía creer, Germán. Escuchaba los gritos y gritos de cronistas y camarógrafos que se peleaban por un lugar, por llegar a sacarle alguna declaración. Él con su baja estatura y su cuerpo diminuto también lo hacía. Gritaba y gritaba “Diegooo, Diegooo”, seguido bien de cerca por su papá que también gritaba desesperado. Pero no encontraban respuesta a los llamados casi de alteración.

Después de dos minutos en el que el clima se ponía más y más áspero entre los periodistas, y con la calma de un Maradona que había llegado a un límite, el diez abrió la boca y fustigó la esperanza del pobre chico.

“Me voy que se me va el avión, chau”

Tan sólo esas palabras le bastaron a Germán para volver a llorar, para volver a acordarse de su miedo a subirse por primera vez a un avión. Ya el Diego no quería que se le acercara nadie, y se fue de su vista, lentamente, con su mujer de la mano con el objetivo de arribar a uno de los aviones.

Que era exactamente el mismo en el que iban a viajar ellos.

Cuando se dieron cuenta de eso, les volvió el aire al cuerpo. Todavía existía una chance de poder tener aunque sea un autógrafo o cruzar una palabra con él. La pregunta que se hacían era cómo encararlo, cómo gambetear a la seguridad que lo cuidaba, como amagar como hizo él con tantos ingleses y conseguir la alegría tan esperada para la familia.

Antes de subir al avión fue imposible. Tenían la esperanza de convencerlo, casi con tono de lástima, mientras esperaba para abordar, pero Maradona se adelantó, eludió por razones obvias toda la fila que la gente normal hace para subir y se les escapó de la vista.

Germán volvía a las lágrimas. Además de estar sufriendo por la nueva experiencia, por lo cerca que estaba del despegue, había perdido la chance de verlo a su ídolo.

Con dolor, angustia y sufrimiento, finalmente la familia se sentó en el avión. Como esperaban, Maradona no estaba al lado de ellos, sino en primera clase. Lugar que ni siquiera podían pispear en sus asientos de turista. A sus alrededores, lo único que se comentaba eran impresiones de los que lo habían visto tal cual lo hicieron ellos.

“Estaba ese gordo”, “el Drogadicto”, “el Desagradable”, todas palabras que Germán escuchaba y no podía entender cómo le estaban faltando el respeto. Estaban en Caracas, lugar donde las aguas por el ídolo argentino se dividen casi tanto como en chavistas y no chavistas. Tenía bronca, los tres tenían bronca de lo que escuchaban que decían los que lo difamaban.

La primera hora había pasado. Germancito seguía angustiado y agarrado de las manos de sus padres, con el mismo miedo de antes de subirse.

“Quiero llegar a casa, ¿cuánto falta?, repetía una y otra vez.

Mientras tanto, les arrimaban la comida. Casi con desprecio, el padre le dijo a la azafata y su amplia sonrisa:

“Perdoná, no estamos de humor para comer”

Con esas simples siete palabras pudo cambiar la suerte de su viaje. Con esa simple frase la azafata evidenció que eran argentinos, que eran de los pocos argentinos que había en el avión y le contaron la razón de su tristeza, de su mala onda inicial.

Germán, mientras tanto, escuchaba atento. Hasta que finalmente los interrumpió:

-¿Vos lo viste a Diego ya?, preguntaba con curiosidad el chico.

-No, no puedo ir hasta donde está él porque mi trabajo está en este sector, le respondió con dulzura la azafata.

Germán se lamentó y retiró la mirada. La azafata preguntó el nombre del chico y se fue a seguir trabajando, dejando nuevamente en la nada a la familia.

Mientras el piloto anunciaba que debían empezar a prepararse para el aterrizaje, que debían acomodarse en sus asientos, el milagro llegó.

Vieron asomarse muy emocionada a la azafata argentina hacia sus asientos con un papel blanco en la mano.

“Tomá, para vos”, le dijo a Germán.

El chico no lo podía creer lo que estaba leyendo. “Para mi amigo Germán, con cariño Diego Armando Maradona”, rezaba el papelito con un garabato de firma abajo. El chico gritó de felicidad, se abrazó a todos y besó a la azafata, que se fue nuevamente rápido a seguir trabajando.

****

Así como al Diez esa famosa enfermera vestida de blanca que lo tomó de la mano le cambió la vida, la azafata vestida de azul se la cambió a Germán. Ya está. Tenía el autógrafo de Diego.

Ahora obedecía, estaba con su cinturón puesto esperando ansioso llegar a su casa, conocer a sus primos, sin quejarse de nada.

¿Viste que no se iba a caer el avión?, le comentó con tono de broma la mamá al descender del mismo.

Y el chico con su papel en la mano, sin querer soltarlo para nada, le contestó con mucho orgullo y pasión:

-Y qué querés, si estaba el Diego, si estaba él no se podía caer.

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