Un viaje de ida

Llegar a Primera puede ser el sueño de casi todo pibe, pero en el camino quedan muchas vivencias propias de la juventud. Acá el Keko Villalva, Agustín Altamira y Agustín Poli cuentan cómo fue que tuvieron que elegir entre el sacrificio para seguir en el mundo del fútbol o irse de viaje de egresados a Bariloche para cerrar una etapa junto a sus amigos del secundario.

Los pibes sueñan con vestir la casaca de su club en Primera; los pibes, también, sueñan con irse de viaje de egresados. Qué difícil. Son incompatibles. Qué cagada.  Semejante estupidez. Se ven obligados a hacer sacrificios que no se exigen en otras partes, otros trabajos. Dejar de lado situaciones propias de la juventud “por amor al fútbol”,  porque “el fútbol es así”. Premisas instaladas, ideas metidas en la cabeza de cada pibe que, antes de empezar todo el proceso de Inferiores, suelen afirmar “yo ya sabía como era esto, hay que resignar cosas, son las reglas de juego, pero es mi sueño”.

Esta es la historia de tres pibes que caminaron esa vida. Tres muchachos que hablan del glorioso viaje de egresados ¿Por qué fueron? ¿Por qué dejaron de ir? Están los que fueron y los marginaron del fútbol por atreverse a vivir esa experiencia tan común como cualquier otra. También están los que compraron el discurso y no fueron, no se arrepienten y siguen para adelante porque “aman” al fútbol y se vanaglorian en sus estúpidos sacrificios. Y nunca dejarán de gritar los que fueron callados, los que quisieron ir, no los dejaron y se arrepienten. Lo piensan en perspectiva y les da bronca, se quedaron abajo del micro y no pudieron vivir el viaje de su juventud por los caprichos que presenta el sistema del fútbol y su absurda retórica de la disciplina. Algunos de ellos llegaron a primera, otros, ni siquiera a eso, sus sacrificios no alcanzaron. Acá están, estos son: Daniel Alberto “Keko” Villalba, Agustín Altamira, Esteban Poli y sus tres historias de viaje de egresados, de ese momento que va más allá de una semana de joda, de descontrol, momento en donde se cierra una etapa. Momento que, ni siquiera los que corren todos los fines de semana detrás de una pelota, merecen resignar.

El Keko Villalba, delantero de River, parece ser un pibe al que no le falta nada. Detrás de esa imagen de ganador, está la foto de un pibe de pueblo que se tuvo que ir de su lugar en el mundo, su pueblo misionero de Itatí, a los 11 años. A partir de ahí todo fue extrañar, mirar hacia delante y sufrir por lo mucho que había que dejar atrás. Al repasar esas no vivencias, el tema en cuestión salta solo: “Cuando mis amigos se fueron a Bariloche fue muy fuerte. Desde pibe uno sueña con eso y no pude hacerlo. También uno entiende que esto es un trabajo y que hay que hacer esfuerzos para conseguir los frutos. No sé porque es así, pero es así. Tenés que entrenar todos los días sin parar. Además, ¿cómo le decís al técnico ‘mirá, me quiero ir de viaje de egresados’? Imposible, te dice ‘bueno, andá y no vuelvas’. Además justo me citaron a la pretemporada a tres días del viaje de egresados. Fue imposible. Algún día me iré a Bariloche con mis amigos. Igual no va a ser lo mismo que irte de viaje con todos tus compañeros y cagarte de risa con ellos, eso no se olvida más. Cuentan que es inolvidable y no poder ir de viaje con los amigos de tu infancia es duro, pero también soy consiente de que cumplí el sueño de llegar. Es una mezcla, contento por llegar y triste por no cerrar esa etapa de mi vida”. El Keko se muestra reflexivo y fresco. Para la pelota y sigue: “Es la regla del juego, es muy exigente. Cuando quiero jugar un picado con mis amigos en las vacaciones, después de 5 minutos no doy más. Imaginate que si me voy a Bariloche… cuando vuelvo no  juego nunca más”.

De a poco, con cierta timidez, empiezan a aflorar las otras historias perdidas, las que no se van a poder contar: “Perdí mucha infancia de mi pueblo, me vine a los 11 años. Cada vez que vuelvo allá está todo diferente. Se extrañan los amigos, te mandan mensajes cuando se juntan diciendo “Enano, faltás vos” y vos estás solo en tu departamento. Por eso, cuando era más chico, a los 13 años, me quise volver, pero con sacrificio me quedé y lo logré. Se extraña a la familia, los asados, pasar tiempo con mis abuelos. Trato de pasar el mayor rato con ellos cuando estoy allá y cuando te toca volver… es una espina en el pecho. No querés, pero se vuelve”. El Keko se abre, se saca el cassette, es un pibe espontáneo, que sobre el final se pone risueño y proyecta: “No sé quién me devuelve ese viaje de egresados que perdí, pero ojo eh, yo todavía no terminé el colegio. Guarda. En una de esas cuando terminé el secundario me voy. Va a estar complicado que Matías (Almeyda) me deje, jaja. Vamos a ver cómo arreglamos. Pero cuando termine los estudios voy a tener la revancha, algo vamos a armar”.

Caminando las calles de Caballito, yendo hasta el Bajo Flores para entrenar, entra en juego la vida de Agustín “Fatiga” Altamira, profe de educación física, entrenador de fútbol, ex futbolista de Riestra. Jugó a penas un par de partidos en la Primera de aquel club y cuenta su historia: “Arranqué en el año 2002 en Riestra. Hice las Inferiores y la secundaria a la par. A la mañana al colegio, a la tarde a entrenar. Estuve siempre allí, hasta llegar a 5to año. Con el tema del estudio nunca me molestaron. En mi cabeza tenía la meta de ser jugador profesional pero en un club con la realidad de Riestra era más difícil, así que nunca descuide el estudio. Pero el sueño no se caía, yo iba haciendo el típico camino de Inferiores, la ilusión quedó intacta hasta el final”. Fatiga, desde el temprano retiro, analiza el comienzo de ese final, las dudas que le generaban esos sacrificios  por querer seguir una simple ilusión: “Tuve que reprimirme varias veces, sacrificar salidas. Otras salís igual y vas a jugar como podés… El DT sabía que todos salíamos, éramos pibes jóvenes. Pero tenés que ser vivo, si llegas roto al partido no da, se dan cuenta. Pero si te cuidas o salís con un día de anticipación, podés. Esos fueron detalles. Pero a la hora del viaje de egresados no lo pensé un segundo: quería ir. Y fui. El club estaba en un momento de crisis enorme, los técnicos me recomendaban no ir. Ellos siempre tocaban el tema y decían quera era mejor que no vaya. Decían que si uno quería progresar y llegar a Primera no se tenían que hacer esas vacaciones, porque íbamos a perder mucho ritmo. No le di mucha bola, lo pensé un rato, pero no lo dudé. Me fui con mis amigos de toda la vida a Bariloche. Al DT no le gusto mucho. Cuando se lo dije me miró mal y me dijo: ‘vos sabés lo que hacés’. Nunca te censuran directamente, es más una censura interna la que buscan, intentan instalarlo en uno mismo”.

El tipo es vivo, se da cuenta que el mensaje va por debajo de la mesa, no te lo dicen en la cara. Con el manual de la disciplina facilista te baten el bocho desde que sos un nene, crecés con eso, metido bien adentro. “Cuando volví todo seguía igual. Físicamente no había perdido nada en relación a mis compañeros. Pero me sacaron, fue una manera de decirme ‘esto es profesional, nene’. De Primera me bajaron a Reserva”. La historia sigue y le da la razón a los valientes: “Al poco tiempo volví a subir. Después dejé, el club se vino abajo. Yo seguí con mis estudios. Ahí se destruyo el sueño, ver a un club tan mal me sacó toda la ilusión y esperanza de llegar. Ante la debacle dije basta. Había otras prioridades.” Fatiga, como le dicen sus amigos de barrio, por su caminar cansino, también va un poco más allá de la pelota: “Hay que hacer esos sacrificios por la presión que impone el fútbol, sobre todo en los más jóvenes. Son las reglas de la sociedad, si no hacés las cosas como ellos quieren no llegás. Es el discurso que te dan constantemente, si querés ser jugador tenés que romperte el orto. Sino, nada. Te hacen sentir que uno debe dejar todo para llegar a ese sueño. Pero para llegar hay cosas que no se negocian, como el viaje de egresados. Es el cierre de toda la secundaria, es mucho más que un viaje de joda. Es la finalización de una etapa, después de eso cada uno sigue su rumbo. Es muy importante. Pero, ¿cómo le explicas eso a un técnico? Tienen la mentalidad de que tu vida es por y para el fútbol.  El tipo va a pensar que te vas de fiesta, que en parte es así, pero es mucho más que eso”. De repente frena, mete una pausa y se ubica con mucho sentido común en la cancha, trazando prioridades que tampoco se negocian: “Esos sacrificios son más morales, simbólicos. Hay cosas más duras. De pibes que no tienen para pagarse el bondi y le meten igual. Vienen desde cualquier lado a entrenar. Esos son sacrificios mucho más grandes, son materiales, soy conciente de eso”. Para Fatiga la jugada terminó ahí, en las cuestiones que no se negocian: “Va mucho más allá que un viaje de egresados. El fútbol termina siendo un neumático de un auto, a más presión más sentís el dolor y más cerca estás de reventar”.

Por último está la historia de Esteban Poli, de Tandil, un pibe que todavía no alcanzó su sueño, pero todavía lucha con todo para verse en el arco de Chaca. Desde la Ventana, desde los vientos serranos, nos cuenta: “Hice la secundaria en tres colegios diferentes, sin poder consolidar un grupo de amigos.  En ese contexto el último año lo hice en Tandil. Ahí fue el viaje de egresados. No fui. Fue por una cuestión personal-futbolística. Estaba en esa etapa de encontrar nuevo club, quería una chance en un equipo de Buenos Aires. En octubre salió la chance de ir a Chacarita lo que me imposibilitaba ir al viaje que era en enero, plena pretemporada. Me hubiese encantado haberlo hecho, pero no pude. Me autocensuré”. La barrera propia, el “no” que nace de uno, es moneda corriente: “Podés salir pero vos sabes estás en Primera, no podés estar boludeando, se juega por plata. Si tenés que atajar y te fuiste de joda… estás jugando con guita de gente que está viendo de afuera. Una vez, fui a descolgar a un centro y se me sobró la pelota, me pasé, y desde la tribuna escuché “¡Pibé! Que hacés, no jugués con nuestra plata, acá no se boludea”. Eso me quedó en la cabeza para siempre. Hay que hacer ciertos sacrificios. Tenés que rendir, es así. Tampoco podés pasar la noche con una chica y bajarte  tres Fernet… A ver, poder, podés, pero después estás hecho un fantasma en el partido y te borran. Nadie te dice nada directamente, pero si llegás a la mañana amanecido y  no jugás bien… limpieza total”.

A la hora de comparar su sueño con el de los demás, la teoría cruje, la disciplina también: “Es una profesión más pero tiene sus particularidades. Mis amigos laburan y estudian y pueden salir. Pero, en el fútbol no podés levantar las piernas. Son las reglas de juego. Por un lado te saca, por otro lado te da.  El fútbol me quitó anécdotas y experiencias con amigos y también me regaló otras”. Los ojos se nublan, la voz se pierde y el dolor aflora: “Para mi la secundaria fue muy difícil. No me hizo bien hacerla un poco allá, otro poco acá. Se me hizo muy duro hacer buenas amistades, son muy pocas las que me quedaron. Eso me duele mucho, es algo que tuve que pagar por haber querido ser futbolista, hasta el día de hoy lo sufro. Me parece muy injusto”. El tema vuelve a surgir, no se puede callar: “Me hubiese encantado ir al viaje. Ahora estoy trabado en la Cuarta de Chacarita y miro para atrás, todos los sacrificios que hice, y me digo ‘qué pelotudo’. Pero bueno, son las reglas de juego, hay que seguir. Las cosas se fueron dando así. Lo más jodido fue lo de las amistades, no podía hacer amigos, era insoportable, y también lo del viaje a Bariloche, que no me lo va a devolver nadie. Miro las fotos de mis amigos en el Cerro Catedral y me dan unas ganas terribles de ir. No me arrepiento porque siento que fue por una causa justa, pero me quedan un deseo tremendo. Todavía no pude cerrar esa etapa de mi vida, todavía me duele.” Sobre el final, Poli, corta todos los centros y despeja el concepto: “Partís de la base de que si querés ser futbolista y llegar a primera debes resignar muchas cosas, que después sea injusto… puede ser cierto. También está la opción de largar todo y hacer lo que querés. Uno elige. Existe la posibilidad de llegar y la de no. Si no llego me voy satisfecho, fue un esfuerzo que me formó como persona. Me voy feliz de haberme roto el orto, de haber hecho todo lo posible”.

Así es el sistema vicioso, obsesivo y posesivo del fútbol juvenil. Aquel que trunca los viajes   y, muchas veces,  los sueños que, en definitiva, son sinónimos.

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