“Prefiero escribir sobre el Gran Buenos Aires que sobre Suiza”

Sergio Olguín forma parte de una camada de narradores que le da a la cultura popular un valor preponderante. Eligen las historias con vínculos sociales antes que a la alta cultura. Prefieren el cuerpo ante todo. Aquí, una charla con un narrador que incorpora en sus páginas temas como el barrio, el sexo, la violencia y el fútbol.

Quizás, el escenario en sí sea una contradicción: a un escritor que construye novelas que se desarrollan en el Sur del Gran Buenos Aires y que tienen tramas en las que los suburbios y la marginalidad tiene un fuerte protagonismo, se lo invita a tomar un café a un bar paquete y porteño del Norte de la Capital Federal para hablar, justamente, de cómo y por qué sus libros tienen esa específica intención de hablar de los barrios, del contacto entre vecinos y de todos esos vínculos que no tienen existencia en el lugar donde se hace la nota.

Cosa rara, tal vez.

“Es así, los vínculos sociales se han metido para adentro”, aclara él, que resuelve todas las contradicciones que se juntan en ese escenario demostrando en cada respuesta una simpatía repleta de gentilezas. Él es Sergio Olguín (44 años), escritor de los libros Las griegas, Lanús, Filo, El equipo de los sueños, Springfield y Oscura monótona sangre, un periodista que trabajó en los diarios Página 12 y en Crítica de la Argentina, y, actualmente, editor en la revista El Guardián. Pero es, sobre todo, un narrador que aparece como parte de un nueva generación de escritores que retoman algunos conceptos de los años sesenta y setenta y que ponen en eje dentro de sus textos una cantidad de temáticas que se desprenden desde la propia cultura popular argentina: el barrio, el fútbol, la violencia, los amigos y el sexo.

–         ¿Por qué tiene una importancia tan grande la ciudad dentro de tus libros?

–         El primer libro que yo saqué era uno de cuentos. Yo lo miraba y sentía que le faltaba algo, una carencia. Me di cuenta que lo que sucedía es que no aparecía la ciudad. Entonces, cuando escribí Lanús, me preocupé porque el espacio donde se desarrollaba tuviera un lugar de especial importancia. Después, toda mi narrativa se desarrolló en espacios donde la ciudad se volvía definitorio.

–         Y en esto, ¿qué tiene Buenos Aires como ciudad que la vuelve interesante como para volverla escenario de un relato?

–         En general, a mí me gustan las novelas que se dan en lugares abiertos. Cuando yo me aburro como escritor lo que hago es sacar al personaje a la calle donde hay acción, donde está la aventura. La ciudad es el espacio social donde uno se mueve: un lugar que está cargado de ideología, de cultura, de lucha, de un montón de oponentes que hacen a la riqueza narrativa. Si vos a una novela la podés ubicar territorialmente, vas a poder establecer los vínculos sociales posibles que a ellos los rodean. No sería lo mismo una historia en la Argentina de 1990, menemista,  o en la Alemania del 40. Todo establece vínculos que se vuelven importantes. En mis textos, trato de que esa ciudad se vuelva un personaje más. En Oscuro monótona sangre está la villa, el departamento en Palermo, la fábrica en Lanús, que componen escenarios que marcan muchas cosas. Todo eso cabe solamente en Buenos Aires.

–         ¿Y el Sur del Gran Buenos Aires?

–         Tiene que ver con mi propia biografía. Yo me crié en Lanús. Pero como todos lo que vivimos ahí, siempre tuve contacto con la Capital, con el cine, con la facultad. Al punto de que yo terminé viniéndome a vivir acá. El Sur es muy importante. Desde el punto de vista narrativo, son zonas donde yo me siento cómodo, aunque ya no viva más ahí.

–         ¿Escribir sobre el lugar donde naciste no es en parte un sentimiento de querer volver ahí?

–         Siempre hay una cuestión de pensar el lugar de origen como un lugar mítico donde uno quiere volver. Pero, en realidad, no es tan así. No se quiere volver al lugar, sino volver al tiempo atrás, a la infancia, a la felicidad plena, a la no conciencia de la muerte, a esos momentos donde todo era futuro. Pero tu infancia ya no existe. Yo nunca más volví a Lanús. A mis amigos de ahí, nunca los volví a ver. No volví a pasar la vereda por ahí hasta que en el 2007 fui con el traductor de Lanús al alemán, que quería conocer la zona. Ahí me di cuenta que no es que el barrio hubiera cambiado especialmente, sino que lo que cambia es uno.

–         De todas formas, esas historias que aparecen en esa vida barrial que describen tus libros, en los momentos de tu infancia, ¿se siguen dando?

–         No, no se pueden dar historias parecidas. Lo veo en mis hijos. Ellos ya no tienen amigos del barrio, tienen de la escuela y tener amigos de la escuela es algo muy restrictivo. Porque todos son de tu misma categoría, todos son del mismo año. En el barrio la construcción de los grupos de amigos era distinta: uno era más grande, otro más chico, uno sabía todo de sexo, uno nada, uno era gigante y te pegaba en los potrero y te hacía aprender a saltar la pierna cuando venía. Hoy hay otro tipo de experiencia. Hoy todo es mucho más limitado. Es otra época, los vínculos sociales se han metido para adentro. Hay un temor creciente. Hay vínculos sociales que se han perdido.

–         ¿Pero eso se vuelve perjudicial para un escritor?

–         No, para un escritor no hay nada perjudicial. Un escritor puede escribir en cualquier contexto social, pero los contextos conflictivos siempre son mucho más interesantes. Cuanto más conflicto haya, cuanto más haya para discutir es más interesante. Es más interesante escribir sobre los problemas del Gran Buenos Aires que sobre Suiza.

–         Es curioso que en tus libros el fútbol tiene un papel mucho más que importante, ¿por qué se da así?

–         Siempre se puede escribir por fuera del fútbol, pero creo que lo bueno es que hemos podido naturalizar al fútbol como parte de la cultura. Eso a mí me gusta. Yo meto el tema naturalmente. Es algo que llama mucho la atención. Nadie notaría si yo hablara de libros: si mis personajes invitaran a leer a García Márquez no sería raro porque se supone que forma parte del mismo campo cultural. El deporte también se volvió parte de ese mundo cultural.

–         Pero no es casualidad que en tus libros aparezcan temas como el fútbol, el sexo, la violencia. Todos son parte de la cultura popular argentina y es curioso que no sean muchos los escritores que los tengan en cuenta.

–         Mirá, en este país, la Dictadura Militar rompió los vínculos de una manera tremenda y salvaje. Esa literatura de los sesenta y los setenta, esa literatura de lo social, de la cultura popular, se perdió. Cuando volvió la democracia, esa generación de escritores jóvenes que nacía estaban preocupados por otras cosas. Más por la teoría literaria. No le interesaba lo política. Ni el fútbol. Ni el sexo, ni el cuerpo. Había como una especie de vuelta a una literatura idealista que a mí me parecía horrible. Y lo que pasó, a partir del 2000, con los tipos que teníamos treinta y pico fue tratar de establecer puentes y vínculos con otra época. Con escritores como Abelardo Castillo, como Miguel Briante. Más cerca de nuestra época con David Viñas, con Osvaldo Soriano. Me acuerdo que la revista Babel una vez había escrito una crítica contra Soriano que decía: “No se puede hacer literatura con el banderín de San Lorenzo colgado al lado”. ¿Por qué? ¿Tenés que tener la foto de Jean Paul Sartre para escribir?

–         Termina siendo una cuestión ideológica…

–         Pude ser. Ellos quizás buscan una alta cultura. Ponen el valor de las cosas en la alta cultura que tengan las palabras. Yo pienso distinto. Creo que la valoración tiene que estar dada por los vínculos con experiencias sociales, con la cultura popular. No sé, a mí me interesa más que me pueda leer una tía o una vecina antes que un profesor de facultad.

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