Piñas van, peones vienen

Hay un deporte que se juega desde 2003 y se llama Chess Boxing. En un ring, en once rounds consecutivos,  dos contrincantes alternan 6 rondas de ajedrez, de 4 minutos, y 5 de boxeo, de 3 minutos. Se gana por la fuerza o por la maña, por knockout o jaque mate. Pasen y lean sobre este híbrido que todavía no tiene representación en la Argentina.

Los tipos se miran fijo. No se quitan los ojos de encima. Ya sea para golpearse, ya sea para pensar. Las dos cosas en el mismo deporte. Una competencia nueva, extraña, asombrosa, de esas que uno no hubiera imaginado jamás. Se trata del Chess Boxing, del boxeo ajedrecístico ¿Cómo? Sí, eso. Dos tipos, que siempre se miran fijo, que alteran rounds de boxeo y ajedrez. Piñas y peones, ganchos y reyes, derechas y reinas. Las situaciones son opuestas, el contexto es el mismo: un ring. En once rondas consecutivas alternan 6 de ajedrez y 5 de boxeo. Las piñas duran 3 minutos, los tableros, 4. Con descansos de un minuto entre round y round los tipos pasan de los músculos a los sesos, de la fuerza física a la mental. La joya de este extraño deporte es cómo se gana: KO o jaque mate. Claro, no podía ser de otra manera que no fuera sencillamente genial. Por la fuerza o con el bocho, maña y fibra valen lo mismo. ¿Y si empatan? Deciden los jueces ¿Cómo? La parte del boxeo es de manera fácil, como siempre, lo evalúan los jurados ¿Y el Ajedrez? Es glorioso. Miden sus pulsaciones con unos aparatos y el que logra mantener sus latidos lo más bajo posible mientras juega luego de los rounds de boxeo, se queda con los puntos del ajedrez.

Los tipos suben al ring como si estuvieran en Las Vegas, con el mismo protocolo, la parafernalia de un megashow: luces, batas relucientes, brazos arriba, vendas en las manos, asesores a los costados y un presentador gritón y bien vestido. Luego de eso los muchachos se encuentran arriba del ring, se dan la mano y cada uno a su costado. El de pantalón rojo, flaco, pelo largo, ojos muy atentos. El de pantalón negro más grandote, de la misma estatura, levanta los brazos y desafía a la gente.  De repente se rompe el contexto, se destruye en mil pedazos. Organizadores vestidos de blanco suben con dos bancos y una mesa. Luego aparecen el tablero y las piezas. Ahí sí, el espectáculo es conmovedor, dantesco. Dos bodoques vestidos para molerse a palos, con una audiencia sedienta de golpes, se sientan, cual dos lords ingleses, se dan la mano amablemente y juegan al ajedrez. Con auriculares en los oídos para no distraerse con algún que otro grito de la tribuna mueven las piezas. Sentados, las manos en la frente, las piernas quietas, pensando mansa, pacifica y tranquilamente. De repente, el gong; de repente, el descontrol. Afuera los auriculares, la mesa, las fichas, todo. Vienen los guantes, vuelven los gritos, las ovaciones y el espectáculo de boxeo tradicional.

El tercer round es inédito. Los tipos agitados, con algunos golpes a cuestas, tienen que volver al ajedrez. Con la respiración cortada se centran en el tablero. Las gotas de sudor empiezan a caer sobre los peones y el juego se vuelve más instintivo, menos pensado. Con el correr de las piñas, el ajedrez se complica. Lo sufren, con los ojos hinchados y los brazos cansados deben pensar, evitar el jaque mate, para poder llegar nuevamente al round de boxeo. O no, al revés, liquidar al rey del rival rápido antes de exponerse a una nueva golpiza. Cada uno juega su estrategia. Por lo pronto cada vez que suena el campanazo sucede un momento insólito, donde las estrategias deben cambiar completamente, la mentalidad debe ser otra. La habilidad está allí, en poder mantener el doble juego sin que uno perjudique a otro. Dos deportes paralelos, en un mismo lugar, las mismas reglas. Cada piña la sufre el rey propio que después hay que proteger, y cada jugada no aprovechada la sufre el cuerpo.

Por lo pronto, nuestros participantes están exhaustos. El flaco alto, de pantalón rojo se come una golpiza enorme en el 8vo round, no da más. Claramente el grandote de negro encuentra el hueso en el boxeo, lo tiene dominado, lo atosiga contra un costado mientras el otro se envuelve como una oruga para defenderse de lo que parecía inevitable: el knockout. Pero no. Sobrevive. Llega al 9no round, con un partido de ajedrez completamente abierto. Ya no había estrategias en ese tablero, pocas fichas, cada uno movía pensando en que el reloj no diga basta y en nada más. Por eso ya no quedaban más ganas de pensar, de razonar. En esa vorágine con la que el tiempo castiga al ajedrez, el de pantalón rojo ve una grieta, ve el acantilado con el ojo que le queda deshinchado, para poder lograr lo inesperado. “Mate” exclama. El de pantalón negro, sorprendido y asustado mueve rápido, entendiendo que lo puede perder todo ahí, que el rosario de golpes que tiró durante una hora se puede ir por la borda por no ver venir a tiempo a un alfil. Cuando la chicharra estaba por sonar y se venía el KO asegurado se escuchó algo más fuerte que cualquier grito, campana o indicación táctica: “¡Jaque mate!”. Sí, señores. El pantalón negro mordió la lona por una diagonal inesperada de un valiente alfil más poderoso que cualquier gancho o cualquier derecha.

La fiesta es total. El espectáculo bolichero y lleno de luces hoy viva a un tipo que ganó un partido de ajedrez y soporto cuanto golpes le tiraron. Levanta los brazos, su oponente, con rostro vencido, lo felicita. El referí se acerca, levanta sus brazos y sentencia lo que el deporte propone: juntar dos pasiones que generan un sentimiento único.

Así es el Chess Boxing.

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