“No te voy a ensuciar el auto si no querés. Esa es mi ley”

Una historia de la calle, esas que pasan volando y parecen esfumarse en la vorágine semanal. Un relato de barrio, de una esquina cualquiera de Almagro. Nos sentamos para hablar con Gabriel, con un trapo, el sacador y el balde, un laburante de todos los días.

A las 8 de la mañana sonó el despertador. Con los ojos aún entrecerrados, estiró el brazo y lo apagó. Desoyó el dolor sus músculos, no tenía tiempo que perder.  Desayunó a las apuradas unos mates con un pedazo de pan de ayer. Se vistió rápido, agarró el bolso con todas sus cosas, unas monedas que tenía sobre la mesada de la cocina y se tomó el colectivo.

Lo cruzo casi todos los días a cuatro o cinco cuadras de mi casa porque me suele agarrar el semáforo de la esquina. Lo tengo de vista. Hasta esta tarde no supe ni cómo se llamaba, aunque desde que lo conozco nos saludamos como si nos conociésemos de toda la vida. Supongo que él piensa lo mismo de mí. La verdad es que no lo sé. Y tampoco importa.

Hoy no fue como el resto de los días. No pasé. Hoy fui. No me paró el semáforo, estacioné y bajé. El tipo se mostró sorprendido, me puso cara de qué quiere este pibe. Le pedí hablar un rato. Quería conocerlo. Quería saber quién era ese loco de sonrisa constante.

Nos sentamos en la puerta de una lavandería o algo así. Me contó que se llama Gabriel y que nació en Asunción. A los 2 años lo trajo su mamá a Buenos Aires junto a sus hermanos.

Quilombos familiares terminaron por dejarlo solo, sin su vieja, viviendo junto con su padrastro. Desde los 9 años que labura, empezó repartiendo diarios y desde ahí, hizo de todo. Changas más que nada. Lo que ganaba el padrastro no alcanzaba para todos. Trabajaba para comer y para comprarse sus cosas. En cuarto año dejó el secundario.

De más grande, trabajó en un par de lugares como ayudante de cocina; su mamá era cocinera y de verla algo aprendió. Ganaba bien pero trabajaba más de doce horas por día y terminaba muerto.

Hoy Gabriel tiene 32 años y tres hijos: una nena de 10, un nene de 6 y uno, bebé, de 7 meses. Para algunos días en la calle y otros, como esta mañana, en la casa de su abuela. Buscó trabajo por todos lados, pero se le complicaron las cosas: perdió los documentos y está esperando terminar el trámite para hacer el duplicado. Trabaja en la esquina de Díaz Vélez y Boedo limpiando vidrios. Dice que esa esquina es una mina de oro y que laburando de nueve a nueve levanta más o menos 120.

Con eso, le alcanza para juntar algo de plata, pero no suficiente como para cubrir lo que comen él y sus hijos. Por eso ellos viven con su mamá. Cuenta que aprovecha las monedas que junta para ir a la carnicería. Ahí le dan alitas, carne con hueso y menudos para cenar y al mediodía come por ahí lo que puede.

No tiene obra social, vacaciones, ni regulación de ningún tipo. Está bastante claro. Se la rebusca todos los días, con su mejor cara. Sin feriados, trabajando sábados y domingos. Llueva, nieve o truene, ahí está. Dice que aunque le molesta la gente que lo ve venir y sube la ventanilla, reconoce que no todos lo ponen en la misma bolsa. Él no cambia. Se maneja con respeto y códigos: “No te voy a ensuciar el auto si no querés. Esa es mi ley.”

Igual, la policía no lo deja trabajar ahí. Avisa que si ve el patrullero se tiene que tomar el palo.

Ahora tiene que seguir trabajando. Espera el rojo del semáforo, me da la mano, se levanta y sale corriendo para la esquina.

Yo también, me paro y encaro de vuelta para el auto. Me quedo mirándolo, mientras intenta que algún tipo lo deje trabajar. No tuvo suerte, la fila entera de autos le dice que no.

Se sonríe, me saluda de lejos levantando una mano y tira una frase: “Agradezco a Argentina que me da de comer”.

¿Y con qué te enrollaste hoy vos?

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