La verdadera firma

A la señorita linda.

El periodista se sentó conmigo, se rascó la barba como si la mano en el mentón le diera más presencia, como si la mayor presencia le diera más volumen a sus conceptos, y dijo que a todo esto le faltaba identidad. No fue firme: le costaba en cada palabra sostenerme la mirada. Y, creo, que no le era difícil porque le diera vergüenza decir lo que decía, sino porque en su mano derecha sostenía un Blackberry en el que revisaba segundo a segundo todo lo que decían sobre él en la cybernauta del twitter.

Justificaba la falta de identidad con un solo concepto: decía que había que firmar las notas. Explicaba que en la vida de la prensa lo único que a uno le queda, en definitiva, es un nombre. Que sino se perdía. Que el ambiente te come y que, de repente, te convertís en la nada. Que no hay ningún lector que te escriba. Que no hay nadie que te recuerde por la calle. Que todo lo que hacés deja una huella menor.

En el medio, mientras celebraba profundamente que su nombre hubiera aparecido en un canal de televisión, me comentó que la juventud estaba perdida, que con un puñado de dedos la mano se contaban los buenos periodistas que podían llegar a salir. Que mundo era el de antes. Que era una pena, pero que no era la mejor época y que la mano iba a venir peor.

Pero que no me preocupara: yo tenía un nombre que defender.

La conversación me cansó, inventé una excusa y le dije que tenía que pasar por mi casa a buscar unos papeles antes de ir a laburar. Casi nada de lo que había dicho me convencía, pero me generaba cierta impotencia.

Hasta que la mano cambió.

Encontré por la calle a un amigo que hacía tiempo no veía, de esos que el tiempo pasa y nunca cambian. Me saludó, me dio un abrazo, me preguntó por mi vieja y, rápidamente, me comentó: “Vi en el subte un esticker pegado de esa revista que hacés. Muy buena, realmente muy buena. Se nota mucho que estás ahí”.

Seguí caminando y me detuve a pensar en esa frase del “ambiente te come”. Mastiqué cada palabra y cada puta sílaba una y otra vez con todas las broncas. Hasta que llegué a destino y empecé a encontrar respuestas que caían en forma de enumeración:

1-      NOS no es un entidad periodística en la que producir es el único objetivo.

2-     NOS abre las puertas constantemente a que quienes la componen formen parte de las discusiones sobre cuál y cómo se construye la línea editorial.

3-     NOS no da órdenes, sino que se detiene en asambleas internas en la que todos hablan y en la que se determina ideológicamente el marco de cada una de las notas que van a salir.

4-     NOS se discute y no sale hasta que exista el acuerdo.

5-     NOS es otro ambiente.

Pensé en eso. Pensé en la adicción del periodista al twitter y a su masturbación constante cada vez que su nombre aparecía en la tele. Pensé en mi nombre y pensé, mucho más, en mi palabra y en las palabras de mis compañeros. Pensé en lo grupal. Pensé en la importancia de la discusión. Pensé en mi amigo y en su constancia de hombre de barrio que lo disponía a siempre saludar. Pensé en la supuesta juventud perdida. Pensé en el sentido del reconocimiento individual.

Pensé en si mis conceptos valían más cuando firmaba.

Pensé en si yo era una firma o era una persona.

Pensé y, por eso, me senté, escribí este texto y se lo dediqué a una señorita linda. Cuando lo lea, ella va a saber que es para ella y va a saber que las palabras son mías. No voy a tener que aclararlo ni firmándolo ni anunciándolo en twitter.

Ella, en el fondo, lo sabe: no son las firmas lo que te vuelve ser alguien, son las esencias.

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