La Musa

Por Camila Vicuña
Cuando la musa se quiebra, a veces es bueno dejarla sangrar.
La musa llega a deshoras cuando menos la esperas. La mía es como un pájaro a veces, otras como una sombra. Si la espero no llega, si salgo a buscarla no la encuentro. Mi musa es un océano que muerde mis pies y un cielo que abraza las mariposas en mi cabeza. Tiene la fuerza para pesarme en la espalda como la Tierra en los hombros de Titán y tiene la sutileza de un arco iris para llenarme de ilusiones, sueños y alegrías después de la tormenta. Mi musa sabe sorprenderme.
Siempre que escapa, aparece con el Sol en una red para regresarme la luz que se llevó. Siempre que se aleja unos centímetros, solita tira de las cuerdas que la atan a mí. Mi musa no me abandona, pero a veces se esconde tras las nubes.
Nosotros los escritores, los artistas, los vates, sabemos lo crueles que pueden llegar a ser nuestras musas, y sin embargo las necesitamos como necesitamos el aire. Ellas con frecuencia lo saben. Sí, la gente por lo general no nos entiende y solo somos justificados póstumamente cuando el fruto de nuestro letargo por ellas es una obra digna de ser recordada. ¿Es así la realidad o es lo que nosotros queremos creer?
Amen a sus musas con toda la intensidad de sus almas y el resultado será penurias, soledad, angustias… ¿y un compendio artístico que podría o no marcar la historia? ¿Por eso las musas que por naturaleza elegimos son inclementes?
No, todo eso no es más que una consecuencia, porque nosotros vivimos nuestras emociones y adoramos nuestras musas más allá de lo que los demás se atreven. Experimentamos nuestras emociones de una forma más intensa, tal vez más libre, tal vez más enferma. Cada quien con su forma. Nuestras musas lo saben. Saben que no son ellas nuestra arcilla, sino todo lo contrario.
Camila Vicuña nació en Chile, estudió licenciatura en historia en la Universidad Gabriela Mistral y llegó a Buenos Aires para desarrollar su carrera como escritora.

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