La masacre de Napalpí

Desde hace mucho tiempo que los pueblos originarios del suelo argentino son tan solo una molestia, tan solo ocupantes de espacios con potenciales productivos capitalistas, y nada más. Por lo que la receta típica desde siempre ha sido la expulsión, la reubicación y la masacre. Una historia que bien lo cuenta. Lo que hoy sufren los Qom no es novedad.

Desde 1870 hasta la segunda década del siglo XX, Chaco fue testigo de un avance progresivo y victorioso del Estado –en exclusivo con su aparato represivo: las Fuerzas Armadas- sobre territorios indígenas. El objetivo era  despojarlos de sus tierras, confinarlos en pequeñas reservas y utilizarlos como mano de obra barata en las plantaciones agrícolas. La misión civilizadora occidental y cristiana hacía su aparición: de labrador y pastor a proletario, de libre a confinado.

La Reducción de Napalpí fue organizada hacia 1911, donde fueron instalados diferentes grupos como Qom, Mocoví y Charrúa. Su importancia en la región era cada vez mayor, el aumento del cultivo de algodón sobre suelo chaqueño exigía cada vez mayor número de peones en las plantaciones. Así, los trabajadores aborígenes eran los preferidos. Por ser los peores pagos del sector, se les podía extender la jornada laboral casi hasta el infinito sin que el Estado o algún sindicato se ocupase de ellos. La ecuación era perfecta.

Los terratenientes, por un mísero salario, que a veces consistía simplemente en alimentos y ropas, o ciertos vales, podían recoger a cambio la gran fortuna de una producción cuyo precio aumentaba debido a la demanda internacional. Los datos son claros: en 1985 solo 100 hectáreas de la provincia del Chaco era destinada al algodón; 30 años más tarde, esa cifra había crecido a 50 mil hectáreas. Una época dorada para las grandes plantaciones algodonales.

Sin embargo algo falló en su cálculo. Sumidos en la pobreza, desprovistos de sus tierras a la fuerza por el Estado y considerados ciudadanos de segunda, aún así los originarios se rebelaron. En julio de 1924, los habitantes de Napalpí se declararon en huelga en búsqueda de mayores sueldos y en denuncia de maltratos y explotación de los hacendados. Frente a esta situación, los ingenios de Jujuy y Salta aparecieron ofreciendo mejor paga, generando pánico en el gobierno provincial, quien mientras les negaba la salida del territorio, preparaba una de las mayores masacres de la historia de Argentina.

Melitona Enrique, una de las pocas sobrevivientes del hecho, recuerda: “”Los aborígenes se amontonaban para el reclamo. Le pagaban muy poco en el obraje, por los postes, por la leña, y por la cosecha de algodón. No le daban plata. Sólo mercadería para la olla grande donde todos comían. Por eso se reunieron, y reclamaron a los administradores, y a los patrones. Y se enojaron los administradores y el Gobernador.”[1]

El 19 de julio, a la luz de la luna, 130 policías y algunos civiles descargaron odio y balas ininterrumpidamente contra las casas y chozas de la Reducción. El blanco era cualquiera, niños, hombres y mujeres eran dignos de ser balaceados por igual. Así, durante 45 minutos seguidos[2]. Esos tres cuartos de hora fueron mucho tiempo para tantas vidas.

El periódico Heraldo del Norte denunció a fines de la década del 20 el suceso: “Como a las nueve y sin que los inocentes indígenas hicieran un solo disparo, hicieron repetidas descargas cerradas y en seguida, en medio del pánico de los indios (más mujeres y niños que hombres), atacaron. Se produjo entonces la más cobarde y feroz carnicería, degollando a los heridos, sin repetir ni sexo ni edad”[3].

200 muertos. Los heridos fueron rematados a machetazos. Los sobrevivientes tuvieron que escapar durante días. El mensaje del gobernador chaqueño Centeno era simple y claro: nadie se movía de esas tierras, el que resistía, moría. Un ejemplo para todos los campesinos de la provincia…

Así, el gobierno radical se sumaba una nueva masacre. Ya no los obreros de la Patagonia, quienes sufrieran el mismo destino de fusilamiento, sino los pobres campesinos indígenas del Chaco. El crimen fue ignorado por todos: la Justicia y el Ejecutivo Nacional y Provincial hicieron oídos sordos ante el conocimiento de lo sucedido.

Los indígenas, cuyos maltratos, miseria e invisibilidad siguen sufriendo a casi 90 años de este suceso. Los gobiernos pasan, los originarios siguen sin justicia.


[1] Solans, Pedro Jorge, Un sobreviviente de la masacre de Napalpí cuenta su historia,  http://www.elortiba.org/napalpi.html#Una_sobreviviente_de_la_masacre_de_Napalpi_cuenta_su_historia_. Fecha de consulta: 31/8/2011

[2] Aranda, Darío, Argentina originaria. Genocidios, saqueos y resistencias, 2010, Buenos Aires, La Vaca Editora, Pp. 47

[3] Aranda, Darío, Argentina originaria…Pp. 47

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