De cuando le vi la cara a Dios

Para tratar de mostrar qué es lo que genera Maradona en cada argentino, llega esta serie de crónicas sobre encuentros de gente común con el Diego, ese instante mágico que los que tuvieron la suerte de vivir recuerdan con precisión y lo cuentan en este espacio.

-¡Noo! ¿Perdón? ¿Cómo me vas a pedir perdón vos a mí? Yo te tengo que decir gracias. ¿Te puedo contar una historia?

El Gol gris dos puertas modelo 2004 recorre Parque Chas por la Avenida de Los Incas. Lo conduce Facundo -23 años, estudiante, trabajador, futbolero, clase media porteña- con la modorra a cuestas por el almuerzo reciente y por la resaca del festejo de su cumpleaños la noche anterior. La hora de la siesta y la calma que se adueña de la avenida también ayudan al estado letárgico del conductor del Gol. Hasta que una maniobra brusca, repentina de un Mini Cooper negro que quiere doblar a la izquierda en el próximo semáforo con giro rompe con toda la tranquilidad.

Es el Diego, piensa.

¿Es el Diego?, duda.

Los pocos segundos que tardará en transitar los metros que quedan hasta el semáforo que se ve ahí adelante le alcanzan para analizar todas las posibilidades. Puede ser que sea Maradona por varios motivos: por el barrio en el que anda, cerca de donde vive el Diez; porque sabe que el auto de Diego es un Mini Cooper negro; porque aunque no se lo vea al hombre que está al volante sí se ve la caballera rubia en el asiento del acompañante, que perfectamente puede ser la de Verónica, la novia de Diego. Y acelera el auto al mismo ritmo que su corazón apura los latidos.

Sólo dos veces había visto en persona a Maradona. La primera fue en 17/11/93, rodeado por unas 60 mil personas, en el Monumental, cuando Argentina sacó pasaje ante Australia para el Mundial de Estados Unidos, donde quedaron las piernas del Diez. La otra fue más acá en el tiempo, en Ravignani 1493, en un estudio de televisión, donde se grababa el Equipo de Primera. Ahora, la historia es otra. Es mano a mano.

¿Es el Diego?, se alarma.

El semáforo está en rojo y quedan a la par. El Mini Cooper a la izquierda, el Gol a la derecha. Los dos tienen las ventanillas bajas, pero Facundo sigue sin poder verle la cara al que conduce el auto negro. Sólo puede ver una mano derecha que se levanta inclinada, de canto, como pidiendo disculpas. Piensa que así es como pide perdón el Diego. No le llega a ver la cara, pero ya no tiene dudas: Es el Diego.

Es Maradona.

“Perdoná, flaco”, escucha que le dice Diego, aunque tampoco está seguro de que le haya dicho eso pero sí sabe que le está pidiendo perdón por la maniobra brusca de unos metros atrás.

Nervioso, perturbado, conmovido, intranquilo, estremecido, como sólo se puede estar cuando se tiene enfrente a Maradona, se manda un monólogo.

-Noo! ¿Perdón? ¿Cómo me vas a pedir perdón vos a mí? Yo te tengo que decir gracias. ¿Te puedo contar una historia?

Cree que Diego asiente.

-Vos sabes que mi papá tenía una foto con vos y no te das una idea lo mal que se puso cuando la perdió. Para pedirte una foto te dijo: “Dejame sacarme una foto con vos para que mis nietos sepan que vos exististe”.

Son quince segundos los que duran su monólogo. Cuando ya no tiene más nada para decir calla. Y cuando calla se da cuenta de todo. Empieza a pensar que lo tiene enfrente, a su izquierda, al tipo que para él representa a la argentinidad, porque ser argentino es querer a Maradona, piensa. Bah, no piensa porque en ese momento todo es como por impulsos. Está nervioso. No es consciente. Debe ser el aura que tiene, repasa. Algo energético, que sólo él crea por las cosas que hizo, que lo que hizo fue en algo tan noble como el fútbol, considera. Fue muy grosso en algo muy bueno como es jugar a la pelota, reflexiona. No es que tuvo poder como otros hijos de puta que tuvieron poder pero él ni los saludaría. Tiene al lado al tipo que él defendió, siempre, en cualquier discusión. Lo resume en su cabeza: es el más grande que existió, el que le hizo el gol a los ingleses, lo mejor que le pasó a la Argentina en el fútbol. Se acuerda del gol que hizo el último fin de semana el 10 del equipo en el que juega los sábados y de cuántas veces que le dijo que había sido un golazo. Ahora tiene a su izquierda al Dios del fútbol, el que hizo lo que quiso con la pelota en su zurda. Todo eso lo piensa en unos once segundos. Si a Diego le alcanzó ese tiempo para eludirse a seis ingleses y hacer el mejor gol de todos los tiempos, a cualquier mortal le puede bastar para repasar casi la vida entera.

Facundo llora. Se altera. Los pies en los pedales del Gol le empiezan a temblar. Pierde el sentido de ubicación. Se nubla.  Entonces pone primera y arranca, con el semáforo en rojo.

Atrás quedan Diego, el Mini Cooper, Verónica, la anécdota de su viejo y el papelón que acaba de hacer. Adelante está la casa de su chica y las mil veces que va contar ese minuto que acaba de vivir, a ella y a todos los que se le crucen.

Llega a destino y se baja del Gol, todavía acelerado, entre lágrimas. También sonríe. Le cuenta a su chica con la emoción con la que se cuenta un encuentro único. Ella, obvio, no se inmuta. Facundo empieza a tratar de hacerle entender quién es el tipo con el que se acaba de cruzar. Y nada. Entonces, explicando lo que ya debería ser explicado hasta en las escuelas, recurre a que el hombre con que recién se encontró en un semáforo de Avenida de Los Incas es el tipo que puso el mundo en su zurda y emocionó a millones jugando a la pelota.

Ella dice lo que nadie dijo nunca: que no vio el gol de Diego a los ingleses.

Entonces Facundo corre hacia una computadora, entra en youtube y lo busca. Aparece, inconfundible, el sol en el círculo central del Estadio Azteca, las camisetas azules, las blancas que quedan en el camino, la voz de Victor Hugo Morales de fondo.

Y ahí, otra vez, ya con la piel de gallina, se vuelve a encontrar con Diego.

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