De corazón cubano

Alejo Carpentier decidió que daría su vida en función de las ideas. Fue una de las grandes figuras de la literatura del siglo XX y lo hizo aclarando, siempre, que él no era un escritor, sino un pensador. Su vínculo con Cuba fue algo determinante en su cabeza. Aquí, la historia de un hombre que decidió cambiarlo todo desde las palabras. 

Él rompió su propia lógica. Se desdijo, se negó. Creó un tiempo lineal, uno circular, uno inverso, uno espiral para alcanzar el no-tiempo. Murió hace 31 años según la versión lineal. En nuestro realismo mágico, no murió porque estará siempre guardado en la memoria y en el papel. Como uno de los escritores más célebres del siglo XX, ya no está, es. Como el Che, después del triste pero eterno “Dispará, cagón, solo estás matando a un  hombre”. Quedó todo lo demás.
Alejo Carpentier mecha una frase en latín, una en italiano, una en francés, una en creole para hablarnos como el pequeñito anciano irritado de gorro rojo –así, superdetalladamente adjetivado como escribía- se comunicaba con el sabio Amaliwak, en “Los Advertidos”: “‘¿Qué? ¿No atamos cabos?’, gritó, en un idioma extraño, hecho a saltos de tonalidades de palabras a palabras, pero que Amaliwak entendió porque los hombres sabios, en aquellos días, entendían todos los idiomas, dialectos y jergas, de los seres humanos”, y así nomás naturaliza y lleva a palabras lo que no las tiene.
Y él, latinoamericano y cubano, pese a haber nacido y muerto en Europa, nos acerca a ese “viejo” continente. No para enseñarnos, para compartirlo, pero mirando “de acá hacia allá”. Trajo el mito del diluvio de Noé y a la Ilíada. Y ahí estuvo, en pleno París, con acento cortaziano, enrostrándoles que no tenían la única verdad, que su Dios es dios y, si es, es uno más: “`[las voces de los dioses] en suma, eran varias, y hablaban a sus hombres de idéntica manera”. Y hay más, después de hacerles caso: “Ya tenía éste un ojo colgándole de la cara; ya venía el otro con el cráneo abierto por una piedra. ‘Creo que hemos perdido el tiempo’, dijo el anciano Amaliwak poniendo su Enorme-Canoa a flote”.
Y así, cubano y latinoamericano, nos recuerda en El reino de este mundo cómo se rebelaron los esclavos negros en Haití y el Caribe en general, qué relación tenían con la naturaleza, qué simbiotismo y qué mimetismo, porque al fin y al cabo, de ahí venimos y ahí vamos. “Viaje a la semilla” rompe los esquemas y crea otra modalidad de tiempo. De la muerte a la concepción. Las etapas de la vida se enlazan como si nada, de muertoaviejoadultojovenadolescenteniñobebéfetocélulanada.
Nada raro, entonces, que un soldado se disponga en “Semejante a la noche” a partir a seis guerras tan distantes en el tiempo lineal como Troya, colonización de América, guerras mundiales… Lo excepcional es la forma de unirlos o separarlos, según se interprete.
En El acoso saca a relucir su costado de musicólogo. Transcurre durante una pieza de Beethoven, nos enfrenta con párrafos a priori eternos llenos de tensión política cual dictadura de Gerardo Machado en Cuba –esa que lo hizo exiliar tras haber estado preso, nunca dejando de lado las relaciones cotidianas de los tres personajes principales.
Como militante del Partido Comunista Cubano y Diputado a la Asamblea Nacional del Poder Popular se eternizó a los 76 años, en 1980, si es que no lo había hecho al escribir cada una de sus novelas.