De barbas y conquistas mundiales

Por Gonzalo Ruiz.

El mundo había dejado de girar por unas horas. No nos importaba nada de lo que pudiese pasar afuera de esas cuatro paredes. El Bardo estaba muy serio, muy concentrado, sólo tomaba su ferné y miraba el mapa. Yo estaba por realizar mi jugada clave para lanzarme camino a la victoria. El Chope analizaba cómo iba a defenderse de mi furibundo ataque. Nada más nos importaba. Sólo queríamos conquistar el mundo. Señalé de qué país a qué país atacaría. El Chope cerró los ojos y me dijo que después de tirar los dados me reventaría la botella en la cabeza. Tiré los dados y experimenté esa sensación de poder mezclada con azar que sólo el TEG te puede regalar. Saqué dos unos y un dos. El Chope casi se muere de risa. El Bardo, ajeno al trascendental momento, parecía estar en otra guerra, en otra dimensión.

– ¡Nunca me vas a sacar Kamtchacka! –me gritó el Chope en la cara.
– Te lo voy a sacar a la fuerza, con un golpe de Estado, como sea –le respondí, todavía abatido por semejante derrota.
– ¡Kamtchacka siempre es la clave, siempre! –volvió a gritar el Chope.
– Odio Kamtchacka…
– ¡Amo Kamtchacka!
– La clave es tener jugadores barbudos –dijo el Bardo.
– ¿Qué?
– Me acabo de dar cuenta de que la clave para ganar un Mundial es tener jugadores barburdos, eso. Ataco de Argentina a Chile. Dale, agarrá los dados.
– Pará, Bardo, ¿estás drogado? No entiendo. ¿De Argentina a Chile? Tengo una fortaleza en Chile.
– No importa, dale.
– Como quieras.
El Bardo me atacó con sólo dos fichas y me terminó sacando ocho. Yo no paré de sacar uno y dos. Perdía otro país clave. Mis sueños de dominación mundial se derretían como los hielos que enfriaban mi ferné. El Bardo siguió su ataque, pero ahora en Europa.
– Chope, de Alemania a Austria, dale. Piensen lo de los barbudos, es así.
– No entiendo nada de los barbudos, atacá y dejá de joder –respondió el Chope.
– Hagan memoria –el Bardo nos miró firme a los ojos y dejó los dados en la mesa–. En el Mundial del 78 teníamos a Villa y en el 86 y el 90 al Checho Batista, dos barbudos bien barbudos. Desde que no tuvimos más barbudos en la selección, no jugamos más una final de un Mundial. ¿Nunca lo pensaron?

El Bardo debe ser una de las pocas personas que conozco que puede jugar al TEG y pensar en otra cosa a la vez.
– ¿Villa? No me acuerdo de ese –tiró el Chope.
– Villa, el barbudo, que estuvo mucho tiempo en Inglaterra.
– ¿Julián Villa?
– No, no, Julio Ricardo.
– Ah, parecido.
– Sí, igualito. Bueno… El tema es que los barbudos son algo así como una cábala. ¡Cómo puede ser que cuando fuimos campeones del mundo tuvimos barbudos en el equipo!
– Bardo, qué mierda estás diciendo, dejá de joder y atacá, dale.
– En serio, los jugadores tienen que volver a ser barbudos, basta de modelitos como Cristiano Ronaldo. Un equipo tiene que tener barbas, bigotes, tipos despeinados, rudos.
– Ahhh, rudos… Qué putazo te salió eso.
– El único jugador barbudo de hoy creo que es el Pipa Villar, ese que juega en el Tomba –aporté.
– Sí, ya no hay jugadores barbudos. El Coco Basile dijo que necesita tener defensores barbudos, que los que tenía son muy lindos, que así no asustan a nadie.
– Claro, te acordás de Boca en los ochenta. Qué equipo barbudo…
– ¿Qué les pasa a los dos? Dejen de joder, jueguen.

El Chope perdía la paciencia y el Bardo y yo nos enganchábamos cada vez más en semejante charla futbolera.

– Boca en los ochenta –empecé, tratando de hacer memoria–. Hrabina, Richard Tavares, Bicicleta Saturno, Pimpinela Tessone, todos barbudos.
– ¡Pimpinela! ¡Bicicleta!
– Qué apodos… Ya no hay apodos tan graciosos…
– Anotá, anotá –el Bardo recibió el guante y lo quiso devolver al toque–. Fren, el que dirigió con Diego Mandiyú y Racing, Centurión, Grimoldi y el gran Gitano Carlovich. Sacala.
– Qué grande el Gitano.
– Grandísimo.
– Mi viejo dice que nunca vio a nadie más tiracaños que el Gitano.
– Mi tío cuenta que el Gitano dormía en el piso, sin colchón, porque era gitano, en serio.
– George Best, el inglés. Ese usó barba un buen tiempo –largué. Mi hallazgo fue notorio, el Bardo quedó abatido.
– Terrible, el quinto Beatle le decían.
– Tremendo, Best. Alexis Lalas, el yanqui… El búlgaro Ivanov, tomá, ¡Golazo! –El Bardo acababa de sacar de la galera dos jugadores imposibles. Era el ganador.
– Best, una vez dijo algo así como “en la vida gasté mucha guita en minas y en joda, el resto lo malgasté”.
– Brillante.
– Un genio.
– Y…, fue barbudo, qué querés.
– Claro.
– Uh, se hacen los memoriosos y se olvidaron de los más barbudos –desafío el Chope– Escuchen –cerró los ojos, se hizo el concentrado–. Juan Barbas, Barberón, Barbisan, Barbera, Bartichoto…
– Boludo.
– No, no, choto, choto. Bueno, dejen de joder, y dale, atacá Austria.
– Ojalá Mascherano se deje la barba, ojalá… –pidió en voz alta el Bardo y tiró los dados. Sacó un par de dos y un uno. El Chope le ganó Alemania.
– El barbudo de por sí tiene mística. ¿Vos no ves a un jugador barbudo y sabés que es un rebelde, un distinto? –preguntó el Bardo.
– No.
– Y… –traté de buscar una respuesta alentadora– El jugador barbudo, primero que nada, impone cierto respeto, cierto grado de hombría que jamás tendrá un carrilero con barbita candado, ponele, o con piernas depiladas o si se pone gel en el pelo…
– Cómo se depilan los jugadores, qué asco…
– Metrosexuales.
– Todos putos.
– El barbudo desprolijo tiene algo de revolucionario, algo de que en cualquier momento hace algo que nadie espera.
– Algo tipo Che Guevara.
– Claro, no tranza con el sistema, no es botón del técnico, demagogo de los hinchas. Es un tipo de principios.
– Sí, algo de eso debe haber…
– El Che era re demagogo.
– Qué sabrás vos del Che.
– Che mucho.
– Boludo.

Mientras tratábamos de entender por qué es tan necesario que los barbudos vuelvan al fútbol, sobre todo a la selección, el Chope empezó a reacomodar su ejército, cambió tarjetas por fichas, nos atacó dos países sin importancia y sin previo aviso nos dijo:

– ¡Acabo de ganar, giles!
– ¿Qué?
– ¿Cómo?
– Sí, miren, tengo todo Sudamérica, cinco países de Europa, tres de Asia y dos de África. ¡A comerla!

Con el Bardo no lo podíamos entender. Tanto nos preocupamos por atacarnos entre nosotros que, en un par de jugadas, el Chope conquistó el mundo y se ganó el ferné de litro que estaba en juego.

– Culpa de los barbudos –se lamentó el Bardo.
– Por lo menos yo tengo Cuba –tiré como consuelo.
– Sí, sí, sigan boludeando así en vez de conquistar el mundo –nos dijo en la cara el Chope–. Ahora pongan las barbas en remojo.

Ese chiste fue pésimo. Después se fue hacia la heladera a buscar comida, mientras festejaba y se proclamaba el dueño del mundo.

– No importa, Goni, en la próxima lo matamos.
– Bardo, la clave es ganar Kamtchacka.
– Y que Mascherano se deje la barba.
– Dios quiera.
– Y… Por algo le dicen el Barba.

Gonzalo Ruiz es un amigo de la casa y además es periodista, ricotero, mendocino y barbudo. Laburó en el diario Uno, en el diario El Sol, y ahora escribe en el diario online Mdz y en un diario de repartición gratuita que se llama Vox Populi. Cuando le queda tiempo libre, se dedica a escribir ese tipo de cuentos en los que, por lo general, gana partidos que nunca ganó y las sube en su blog http://elbondideportivo.blogspot.com/.