Acá falta López

Amar, vivir, sentir, sufrir y nacer. Desaparecer, llorar, sangrar, putear y no olvidar. Perder, escapar, luchar, luchar y soñar. Renacer, revivir, sonreír, declarar y desaparecer.

Son cinco los años de la desaparición de Jorge Julio López, arrancado de su casa, arrancado de cada persona que cree en la necesidad de justicia para los crímenes del terrorismo de Estado de la última dictadura.

La efectiva desaparición, las recurrentes amenazas a fiscales, jueces y testigos de juicios, la purga de Solá a la Bonaerense, el operativo despiste con sus llaves, y con ese otro albañil, Julio Gerez, desaparecido durante unas 40 horas; y la capacidad de mantener aún en suspenso el paradero de un testigo clave de un juicio clave. Está claro que nominar como casualidad a semejante suceso no se lo permite ni el más ingenuo, ni el más culpable.

Lo hemos visto en aquella solitaria silla. Presente, gritó entre la multitud en las calles. ¿Dónde estoy?, ¿Dónde está?, susurra o a gritos, en todas las paredes de la memoria.

Lo vemos y lo sentimos; este Nunca Más, con otro más, este septiembre fatal con Julio que no está.

Así, resulta doloroso pero necesario admitir la existencia de –querámoslas resabios o novedades, da la mismo- organismos de represión inmersos en accionares solo ilegales, paraestatales, pero bien fundidos con los estatales. La desaparición de Julio López jamás podría haber sido tan exitosa sin la medida, exacta e hipercómplice de una organización que, bien aceitada en su funcionar, no ha sido desmantelada, ni siquiera vislumbrada.

Las investigaciones, la justicia y los medios eluden su compromiso moral y social de profundizar en las estructuras sólidas que permiten desaparecidos en la democracia. Estas noticias que simplemente parecen desaparecer de la tele y los diarios, y los avances en las causas se diluyen en falsos testimonios y pruebas plantadas. La complicidad es culpabilidad.

Hace cinco años que acá falta Jorge Julio López, arrancado de su casa en la noche de La Plata, para no dejar rastro a más de 1825 días. Lo vemos en los trenes, en la noche, en los sueños. En los jóvenes y en las banderas. En las Madres y en los HIJOS y en los nietos. El enquiste represivo que le llevó la voz, el cuerpo.

Por López.

Y por los demás. Por Luciano Arruga. Por Silvia Suppo.

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