Que corra la voz

No es cualquier cosa. Los estudiantes chilenos caminan las calles exigiendo un cambio en la educación de su país. Los excluyen, pero ellos no lo aceptan. Los reprimen, pero siguen intentando. Apuntan a su presidente como uno de los principales responsables. Se acuestan en procesos latinoamericanos para construir su reclamo. Apuestan como nunca a las ideas. Sí: algo está cambiando.

– ¿Pero usted quién se cree que es para criticar el sistema que elige o no un país?

– No es así: si un país socialista quiere construir el capitalismo debe respetársele su derecho del mismo modo que si un país capitalista quiere construir el socialismo debe dejársele hacerlo.

– Obviamente.

– Claro, por eso no hay que amenazarlo, bloquearlo ni invadirlo.

La década del noventa latía en todos lados y en todos los tonos: la Unión Soviética iba abriéndose paso hacia la desaparición, Latinoamérica ya estaba cercada por las resacas del Plan Cóndor, el neoliberalismo encabezaba las páginas de las políticas del continente, las sociedades americanas ya no eran gobernadas por Dictaduras Militares, los desaparecidos seguían desaparecidos y los Bush adornaban la colorida vida de Estados Unidos. Entre tanta escarcha, Fidel Castro llegaba el 14 de marzo de 1990 a Brasilia, con 74 años en la espalda y con Cuba en el momento más complicado desde el comienzo de la Revolución, por la caída mundial de los países comunistas. Los grandes analistas políticos y económicos aseguraban que a las tierras de José Martí les quedaba poco tiempo en el camino hacia el socialismo. El contexto, claro, no lo ayudaba, pero nada de eso terminaba siendo determinante para que el hombre del traje verde oliva siguiera caminando el mundo defendiendo las ideas de la isla. Lo que él había denominado como la Batalla de las Ideas lo disponía a utilizar uno de los mayores recursos que tenía: la palabra. Por eso –aquella vez- antes de conocer al presidente Fernando Collor de Mello y de sentarse a dialogar con un dirigentes del PT (Partido de los Trabajadores) que el mundo conocería posteriormente como Lula, dio una conferencia de prensa en la que una periodista rubiecita comenzó a invadirlo con preguntas. Fidel respondió una por una hasta que llegó al diálogo que abre este texto. Después de esas palabras, la reportera ruborizó sus mejillas y se regaló, repleta de vergüenzas, al silencio.

Fidel era claro: hablaba de destinos y de elecciones, incluso cuando la década no acompañaba ideológicamente ni a los procesos cubanos ni la idea de las personas que se oponían a las crueldades del capitalismo.

Hablaba del destino -entre otros- de la educación.

De la misma por la que, en definitiva, gritaban los miles y miles de estudiantes chilenos que caminaron las calles de Santiago y de muchas otras partes de Chile que, con banderas coloridas y con la valentía justa como para soportar los golpes de la policía chilena, pedían un cambio. Reclamaban que la Universidad se volviera verdaderamente pública, gratuita y abierta. Exigían que al terminar la carrera, el Estado no los obligara a pagar durante los próximos quince años de vida la educación. Pedían que más y más pibes pudieran acariciar la igualdad en el paso por las aulas y por los conocimientos. Gritaban, con fuerza, por un cambio. Por otro destino.

No es un grito que sea casualidad. El reclamo, como siempre, engloba más cosas, advierte ideas y propone responsables que exceden al orden cotidiano de la gestión. Apuntan, directamente, a Sebastián Piñera, presidente de Chile, uno de los hombres más acomodados del establishment empresarial de su país, representante de la derecha neoliberal, personaje que aparece siempre con las sombras del pinochetismo en su espalda. Señalan a sus ideas poco inclusivas como una de las principales responsables de la exclusión educativa, dejando de lado que el mandatario chileno es quien decidió que a los estudiantes se los reprimiera. Cuestionan el destino que él elije para su territorio.

No, claro, no es un grito que sea casualidad y, por eso, entre las enormes filas de estudiantes –cada vez mayores- que aparecen manifestándose por las calles cercanas al Palacio de la Moneda pidiendo una vida más inclusiva hay banderas de apoyo a la salud del presidente venezolano Hugo Chávez, hay carteles que aplauden la vida política del mandatario ecuatoriano Rafael Correa, hay remeras que le regalan elogios al líder boliviano Evo Morales y sí, obviamente, hay banderas con la cara del Che y de Fidel Castro. Y no son cualquiera los países que se señalan.

“Queremos otro destino”, dice un cartelito que lleva una piba de 21 años. Es un cuadradito de cartón, pintado con los colores de la bandera chilena, que señala algo de todo eso que sucede entre tanta manifestación y entre tanta crítica despiadada, que protagonizan los medios de comunicación chilenos que piden basta de vagancia, que lideran algunos conductores de televisión que tratan de burlarse de los estudiantes que caminan las calles de Santiago repletos de ideas. Las dirigencias del país trasandino evitan hablar con los alumnos. Invocan un diálogo ficticio en el que se disponen a la negociación de la dignidad de aquellos que se sientan a reclamar.

Pero no: ellos no paran.

Mientras tanto, Fidel Castro cumple 86 años y mira el mundo desde esa isla que diariamente elige su destino. Lo sabe y siempre lo dice: nada de esto es casualidad y algo en Latinoamérica debe andar cambiando.

El destino no es claro. Pero es distinto. Y, al menos, muchos se sientan a discutirlo cada vez más. “Por eso no hay que amenazarlo, bloquearlo ni invadirlo”.

Por eso, lo aplaudimos.

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