Los amigos de la sangre y sus juegos en Rwanda

El silencio es cómplice. La inacción es culpa. La descripción del desenvolvimiento de las potencias internacionales en el genocidio rwandés de 1994 sólo puede embarrarlos de responsabilidades desatendidas a sabiendas. Bélgica, la ONU y Estados Unidos con responsabilidades grandes en la consumación del último gran genocidio.

Lo que este artículo propone no es describir ni analizar las causas que motivaron al exterminio en 1994 de aproximadamente 1/6 parte de la población rwandesa en tan solo 100 días, sino observar y determinar la culpabilidad de Francia, Bélgica, la ONU y principalmente de los Estados Unidos, que sabiendo plenamente lo que estaba sucediendo en aquel pequeño país africano, limitaron el accionar de sus escasas fuerzas de paz en el territorio o simplemente evitaron cualquier tipo de intervención.

El genocidio comenzó oficialmente en los primeros días del mes de abril de 1994, cuando el avión del presidente de facto Juvenal Habyarimana fue destruido en el aire. Ataque que el gobierno achacó al grupo rebelde Frente Patriótico Rwandés –FPR-, que había puesto en jaque por medio de una avanzada militar la perpetuación de este poder autoritario, y que gracias a diferentes acuerdos de paz, habían logrado la conformación de una democracia multipartidaria.

Cuando las matanzas incentivadas por el Estado se hicieron extensivas, el discurso estuvo plagado de connotación étnica: la motivación no era política, parecían decir. De este modo lograron convencer que todos los problemas económico-sociales que sufría el país eran causados por la minoría étnica tutsi. Así, la mayoría hutu debía deshacerse de los tutsis para lograr vivir en paz, armonía y progreso.

Pero como  describiese la profesora y especialista en asuntos africanos, Catharine Newbury, “El objetivo era liquidar a los tutsis y a los otros hutus moderados que eran vistos como opuestos al gobierno de Habyarimana. La carnicería resultó la muerte de entre 500mil y un millón de hombres, mujeres y niños. Probablemente nunca sepamos los números exactos. Fue organizado y dirigido por un pequeño grupo de gente dispuesta a mantener el poder. Además de la cadena normal de comando en el ejército, policía, administración y milicias, usaron la radio para emitir mensajes de odio, fomentando a los rwandeses a matar a sus conciudadanos. Los resultados horrorosos testifican en parte la penetración del poder estatal en esta sociedad.”[1].

Los primeros indicios

En 1993 el FPR y el gobierno firmaron el Acuerdo de Arusha, en el que se comprometieron a finalizar con la guerra civil y compartir el poder. Las potencias occidentales y la ONU estaban contentas con el resultado. Al fin podían desentenderse del tema. Pero, ¿realmente el gobierno estaba convencido de ceder el poder que había monopolizado durante tanto tiempo? No, y sus acciones lo demostraban, más allá de las sonrisas que podían desplegar ante cada firma, ante cada afirmación de compromiso con el acuerdo de paz.

Para 1992 las milicias hutus compraron y comenzaron a distribuir casi 85 millones de toneladas de municiones, además de 580 mil machetes, arma que sería la más utilizada durante los 100 días de aniquilación. Unos meses más tarde, una comisión internacional de organismos de derechos humanos, luego de un pedido local, comenzó a dar cuenta de cómo hasta ese mismo momento los extremistas hutus mataban por doquier a los tutsis, sin causa aparente. Tanta la era la complicidad del poder estatal, ¡que fueron encontrados, en la casa del alcalde de la capital del país, Kigali, restos de niños tutsis asesinados enterrados en el jardín!

Durante todo 1993 la CIA reveló en diferentes informes la posibilidad de que se desatase el genocidio: en enero de 1993 advertía la posibilidad de violencia a gran escala, 11 meses más tarde notificó el trasporte de armas pequeñas de Polonia, vía Bélgica, a Rwanda; para finalmente predecir en enero de 1994 que de reanudarse el conflicto armado, morirían medio millón de personas. Cifra que hoy en día hasta ha quedado corta. Estados Unidos, se mantuvo en silencio.

Para el general  Romeo Dellaire, al mando de las fuerzas de paz de la ONU desde el acuerdo del 93, su trabajo antes y durante el genocidio fue por demás traumática. Progresivamente se iban dando los sucesos más catastróficos que habría de presenciar en su vida, las Naciones Unidas estaban poco dispuestas a ayudarlo. Sea como fuere, una vez llegado al país, solo contó con la mitad de los 5mil hombres que había solicitado, además de tener fondos mínimos para la misión, desde marzo de 1994 se quedó sin suministros, pocas municiones, alimentos, baterías. Estaba a merced de los acontecimientos.

Pero no solo en el aspecto administrativo Dellaire fue víctima del desgano de la ONU, sino también cuando tuvo la suerte de realizar operaciones previas al genocidio, que hubiesen diezmado la actuación de las milicias extremistas, también fue ignorado. En enero de 1994 el General advirtió que se estaban haciendo un registro de todos los tutsis de la capital, y que la fuerza extremista era tal que “en 20 minutos, su personal podía matar hasta mil tutsis”[2]. Además, detalló que tenía la información precisa de varios arsenales de armas escondidos por las milicias hutus, a lo que se le respondió que su función no era esa…

Empieza el genocidio: negación estadounidense, el retiro de la ONU y Rwanda en soledad

El 6 de abril comenzarían las matanzas a una escala monumental, aproximadamente 8 mil personas por día perdían la vida.  100 llamados por hora recibían los teléfonos de la ONU pidiendo auxilio por el baño de sangre. Sin embargo, Bélgica, Estados Unidos y la ONU decidieron disminuir al cuerpo de paz al mando de Dellaire. Mientras éste trataba de sostener como podía la existencia de decenas de miles, y mientras escuchaba de fondo los gritos de aquellos que no habían podido correr hacia zonas aseguradas, el mundo había decidido darle la espalda a la población rwandesa.

El 14 de abril Bélgica abandonó Rwanda, luego de que 10 soldados suyos fuesen atacados y descuartizados a machetazos –misma suerte que corrían la mayoría de las víctimas del genocidio-. Unos días más tarde, Estados Unidos hacía lo mismo: la embajadora Albright de la ONU, había recibido del gobierno la indicación que Estados Unidos habia tomado “cabalmente” en cuenta las “razones humanitarias ofrecidas para retener a los elementos” de las fuerzas de paz en Rwanda y pero que… ”había insuficiente justificativo” para mantenerlas. Para ser más claros, había tomado en cuenta lo que estaba pasando, pero le pareció que lo más “humanitario”  era quitar del medio a las fuerzas de paz de las Naciones Unidas, únicas capaces de oponer resistencia a los asesinatos en masa.

Para el 25 de abril, las fuerzas de paz eran solo 503. Dellaire escribió: “Mi fuerza estaba hasta las rodillas de cuerpos mutilados, rodeada de quejidos guturales de moribundos, mirando los ojos de niños desangrándose, con las heridas abiertas al sol e invadidas de moscas y gusanos. Pasaba por aldeas en las que la única señal de vida era una cabra, una gallina, un pájaro, pues toda la gente estaba muerta, sus cuerpos devorados por hambrientas jaurías de perros hambrientos”[4].

Hasta el 21 de mayo, Estados Unidos había prohibido a cualquiera de sus miembros catalogar lo que estaba sucediendo frente a sus narices como “genocidio”. Un –siniestro- texto preparado por la Oficina del Secretario de Defensa del 1 de mayo resaltaba: “La investigación de genocidio: lenguaje que dad a lugar a una investigación internacional por abusos de derechos humanos y posibles violaciones del Convenio sobre Genocidio. Tener cuidado. El departamento legal de Estado estaba preocupado ayer por esto. Establecer genocidio obligaría al gobierno estadounidense a hacer algo[5].

Termina el genocidio. Palabras finales

Frente a la inacción de todo el bloque de la ONU, y Dellaire protegiendo aproximadamente a 25 mil personas con un contingente mínimo, fue el propio FPR quien entró a Kigali y se esparció por todo el territorio poniendo fin al infierno. Las tropas norteamericanas llegarían tarde, recién para fines de junio, cuando todo había sido relativamente controlado, y poco antes, Francia había hecho lo suyo, luego de apoyar el retiro de las fuerzas  de paz.

El genocidio no fue culpa de ni de la ONU, ni de Francia ni de Bélgica o Estados Unidos. Pero el primero hizo lo posible para dejar en soledad a los soldados que mantenían en el país, el segundo proveyó durante los primeros años de los 90 de armamento y municiones al gobierno de facto –además de socorrer a miembros extremistas hutus durante el genocidio, para escapar de la justicia-, el tercero hizo lo mismo que el anterior, además de huir cuando la situación nacional se endurecía; y finalmente el cuarto, no hizo más que negar y negar un genocidio que después terminó por aceptar. Entonces es incuestionable la complicidad, más aún, cuando sabían de primera mano y por sus propias agencias de inteligencia lo que estaba sucediendo antes que nadie.

Sin embargo, puede ser peligroso hoy en día hablar de necesidad de intervención extranjera, cuando el motivo “humanitario” suele ser la excusa para un fin económico o geopolítico.

Pero, en este caso en particular, un millón de hombres, mujeres y niños podrían haber escapado de una atroz muerte, ya sea a balazos o machetazos. Por eso, hay que saber cuándo negar una intervención te convierte en antiimperialista y cuando, por el contrario, te convierte en cómplice de la más vil masacre.


[1] Newbury, Catharine, “Backround del genocidio: Rwanda”, Issue. A Journal of Opinion, vol. XXIII/2, 1995.

[2] Power, Samantha, “El problema infernal”, FCE, USA, 2005, pp. 422.

[3] Power, Samantha, “El problema infernal”, FCE, USA, 2005, pp. 448.

[4] Power, Samantha, “El problema infernal”, FCE, USA, 2005, pp. 450.

[5] Power, Samantha, “El problema infernal”, FCE, USA, 2005, pp. 439.