Lo tecnológico y lo campestre

El mes pasado se inauguraron en Buenos Aires (y sus inmediaciones) Tecnópolis y La Rural, de las exposiciones más concurrentes del año. Pisamos las dos para ver con qué nos cruzábamos. Un relato bien en primera persona de las sensaciones que levantan estos dos eventos que algunos quieren llegar a ver como la simplificación de la polarización actual de la Argentina.

En las dos muestras tuve que estar atento: en Tecnópolis si no mira hacia adelante me llevaba puesta una familia, en la Rural si no miraba para abajo podía tener el desatino de embarrarme en mierda de toro. Las dos compartieron el 14 de julio como día de inauguración y, desde allí, trece días de muestra, hasta el 26 pasado en el que la Rural se despidió hasta el año entrante. Tecnópolis seguirá abierto durante agosto. Ambas plantean una visión interesante, caricaturizada por Pati en Sátira/12 de una manera muy ocurrente: “Mi papá me va a llevar a Tecnópolis para que vea cómo vamos a vivir dentro de 200 años y a La Rural para que vea cómo se vivía hace 200”.

Dicen que la primera impresión es la más importante. En Tecnópolis me recibieron a mi y al millón de personas que lo visitaron el pasado fin de semana, con una murga bailando al ritmo techno acompañado con bombos y redoblantes. Por su parte, en la Rural ingresé escoltado por un guardia hasta la oficina de prensa y allí, lo primero que me recibió fue un grotesco olor a bosta; al lado estaban los bovinos cagando y comiendo en iguales proporciones. Decididamente fue lo primero que fui a ver apenas salí de la oficina de prensa, y allí estaban tiradas, paradas, rumiando, mugiendo, una cantidad de vacas embobadas mientras un batallón de peones las peinaban recurrentemente, dejándolas más presentables que algunas Mirthas y Susanas de abrigos de piel que yiraban por afuera de los galpones de muestra (por adentro no porque el piso era de paja y, allí, de tacos ni hablar).

La Exposición Rural Argentina se realiza históricamente en el Predio Ferial de Buenos Aires, el mismo donde se hizo la 37ª Feria del Libro en abril pasado. Es organizada por la Sociedad Rural, presidida por Hugo Biolcati y fundada por José Alfredo Martínez de Hoz padre. Tecnópolis está emplazado en Villa Martelli, en Vicente López, en el predio donde funcionó el Batallón 601 durante la dictadura militar. En un principio iba a desarrollarse en la avenida Figueroa Alcorta, en Capital Federal, pero por decisión del Jefe de Gobierno porteño Mauricio Macri no se pudo seguir adelante bajo la excusa de que complicaría el tránsito. En uno de los espacios de la muestra, hay un sector dedicado a la Verdad, la Justicia y la Memoria en el que se muestran fotografías del terrorismo de Estado, como pequeña reseña.

Traté como pude: me cagué de frío igual. Después de atravesar las puertas de Tecnópolis pasé por un arco del que colgaban una Constitución, unas urnas, un hombre rompiendo cadenas, hechos de metal y de gran tamaño. Son las imágenes que Fuerza Bruta usó, prendidas fuego, para representar el terrorismo de Estado en el show del Bicentenario. En las antípodas, recordé la visión del palco de la Rural, con el ruralista de los lock-out Biolcati en el centro rodeado de la fuerza bruta de Eduardo Duhalde (la que demostró con Maxi y Darío) y el Mauricio Macri de Abel Posse, el Fino Palacios y las escuchas ilegales.

Tomo la calle principal del enorme predio de Martelli y, desde la entrada, pude ver una marea inmensa de gente de principio hasta el final de la exposición. Había colas en todos lados: cola en los glaciares, cola en el reciclaje, cola en biodiversidad, cola en los puestos de comida, cola en los baños, cola para sacar el nuevo DNI, cola para cargar las tarjeta SUBE, cola de las promotoras, cola para sentarse en los banquitos. Pensé que era lógico esto de llegar al futuro esperando en la fila.

En la Rural, mientras veo cómo un señor, con bata blanca, le mete la mano en el culito a una pobre oveja, me pongo a pensar en la enorme proporción de tipos con alpargatas, bombacha y boina. Matesito bajo el brazo y la pierna apoyada en una de las rejas, como el buen peón paisano, que, en la abismal mayoría, no son. Mientras, las ovejas, una al lado de la otra, posan quietas, amarradas del cogote por sus dueños, el señor de la bata las sigue mirando, palpando. Hasta que finalmente hay un ganador y de la pequeña tribuna se escuchan gritos y aplausos. Comparo esta exposición con la de aviones, tanques y helicópteros de guerra o con la de los glaciares y entiendo por qué en Tecnópolis hay más chicos e incluso más sonrisas.

Me voy a la posta, a la joda loca del día: competencia de Angus. En la puesta de escena más grande de la exposición (varias tribunas rodeando un campo de tierra) van circulando de a grupos de cinco los animales. Literalmente circulando, alrededor de un paisano que, con un micrófono, los va juzgando hasta definir el ganador y ahí los aplausos y el griterío de la tribuna. Confieso que la mejor parte fue cuando se retobó un ternero y varias personas empezaron a correrlo mientras en las tribunas se habían empezado a escuchar los primeros “oooole”.

Tecnópolis de nuevo: terminé una cola, al fin. Biodiversidad. “Van a recorrer un simulacro de varios de los habitats que posee el territorio argentino, se puede sacar fotos, no toquen las paredes que son de tela”. Pasé junto a otras seis personas que formaban mi grupo. Creo que en menos de dos minutos ya estaba de nuevo en los 14 grados de Martelli sin haber sentido un solo simulacro de cambio de ambiente, solo unas animaciones realistas proyectadas en la tela. Mi grupo quedó más tiempo, sacando fotos a los chicos.

Otra muestra: reciclaje. Mostraban un modelo sustentable y uno no-sustentable de tratamiento de residuos, graficado, por un lado, con imágenes y datos en la pared y por otro, con varios empleados separando basura mientras nosotros, los visitantes, les sacábamos fotos y saludábamos como en el zoológico. Sin embargo interesante y útil (me pregunto si el tipo que salió antes que yo apaga siempre los cigarrillos y los tira al tacho como cuando pasó por la salida).

Siguiente estación: trenes. Ya había pasado antes por el sector de los aviones y tanques de guerra y tuve la desafortunada oportunidad de que un milico me apunte con el cañón del tanque en la muestra didáctica. Los trenes viejos eran muy interesantes, eso de pisar lo que antes era cotidiano. Lo que no pude entender es por qué los vagones más visitados eran el actual de subte de Metrovías y el nuevo vagón de la línea Roca hoy en uso.

Volviendo a Fuerza Bruta, el grupo estuvo presente en varias muestras de la exposición. No llegaron al punto del aburrimiento, pero ya no tienen la sorpresa del Bicentenario. Quizá porque la mayoría de los shows son los mismos que los del 2010 en avenida de Mayo. Uno de ellos fue en la sección “Industria argentina” en el que un armatoste enorme traslada de un punto a otro de un gran galpón a cuatro artistas bailando y girando alrededor de heladeras y de un auto viejo del que salían chispas. En otra muestra, saltan sobre una techo inflable enorme. Igual le daba un toque divertido, sumado al hecho de que había shows constantemente y que, mientras tanto, por las calles internas caminaban personajes extraños en zancos o girando en una rueda.

Con la confirmación de que habrá Tecnópolis todos los años, en 2012 estas muestras se volverán a cruzar. Este cronista no llegó a disfrutar totalmente Tecnópolis pero está seguro que no va a pisar nunca más la Rural. Celebra, además, las muestras tecnológicas del predio de Martelli y la enorme, aunque cansadora, cantidad de gente que fue. También, este cronista puede hacerle las mismas críticas a la Rural que otro como él, hace 50 o 100 años: siempre representaron los mismos intereses y la frecuentaron los mismos personajes nefastos. La diferencia principal con Tecnópolis es que, la muestra de Martelli, huzo su debut este año, desde cualqueir punto de vista es mejorable y, además, es gratis.