Lo amarga que hace la vida Ledesma

Sergio Ciancaglini. Especial para NosDigital desde El Triangulo, Jujuy.

El Familiar es el perro del diablo, o el diablo mismo disfrazado. Cuenta la leyenda en los ingenios azucareros del norte argentino que El Familiar está siempre acechando, y que con cada zafra mata y devora a un trabajador. Hasta hace unos años la historia llenaba de pavor a las almas inocentes en lugares como Libertador General San Martín, sede del ingenio Ledesma. Desde la Noche del Apagón, el 27 de julio de 1976, cuando Libertador quedó a oscuras para facilitar el secuestro de unas 400 personas de las cuales 20 continúan desaparecidas, la tenebrosa leyenda de El Familiar ha quedado convertida en un cuento de Pitufos.

35 años y un día después, el 28 de julio de 2011, la policía jujeña atacó y reprimió a 500 familias que habían ocupado El Triángulo, un terreno de 15 hectáreas propiedad del ingenio. Estoy recorriendo este terreno surcado por la reciente zafra. En lugar de caña ahora hay carpitas o ranchos inventados con palos y polietileno negro como el de las bolsas de basura. Hay 5 canillas en total. No hay baños, obvio: “Vamos del lado de allá del camino, al ingenio” cuenta Marcela, explicando cierta forma de fertilización no convencional. Hay banderas argentinas, una de la comunidad guaraní, pedazos de ranchos hechos con bolsas de arpillera de azúcar Ledesma. Gente que pasa frío y duerme allí para garantizar que no habrá trampas. Conviene repasar la historia.

Estas 15 hectáreas se las tenían prometidas a estas familias de Libertador desde hacía tres años, pero ya se sabe a cuánto cotiza la promesa en estos extraños tiempos.

Como seguían las idas y venidas, los 500 grupos familiares –la mitad integrante de la CCC (Corriente Clasista y Combativa), la mitad no- decidieron ocupar El Triángulo. El 28 de julio sabían que iban a ir a desalojarlos. Pueblo chico, info veloz: policías o familiares de policías avisan a sus vecinos la que se viene.

Las llamadas fuerzas de la ley llegaron, incluso desde San Salvador de Jujuy, con la orden del juez Jorge Samman que decretó el desalojo, y se fue de vacaciones de invierno.
La batalla duró 7 horas. La policía pegó con su entusiasmo característico, lastimó a hombres y mujeres como para no ser acusada de discriminación, y usó balas de plomo. Los vecinos se defendieron a palo, piedra y trompada. Murieron cuatro personas, un policía incluido, de 22 años. Ninguno de los otros tres muertos era integrante de la CCC. “Para nosotros la muerte del policía fue provocada por gente de la seguridad privada de Ledesma para incentivar la represión” me dice José María Leiva, joven ocupante de un lote e integrante de la CCC, y repite el argumento Margarita Mendoza, presidenta de la Cooperadora Policial, con el siguiente argumento: “Yo estuve, a mi que no me la cuenten”.

Primer tiempo: desalojaron a las 500 familias.

Entretiempo: tarde, pero llegó la orden del gobierno jujeño de parar la violencia policial. Segundo tiempo: las familias lograron recuperar El Triángulo el mismo 28 al mediodía.

Al rato ya eran 600 y unos días después, 900.

Nada tan inspirador como el ejemplo. En el resto de la ciudad, empezaron otras tomas similares. Pero en lugar de desocupados o personas con trabajo totalmente precario e informal, como en El Triángulo, se trataba de empleados municipales, docentes, personal médico y de enfermería de los hospitales, policías (que como no pueden hacer semejante cosa, organizan la toma a través de sus esposas), camioneros, empleados del propio Ingenio Ledesma.
En pocos días: 2.500 familias, entre 10.000 y 15.000 personas sobre una población de 50.000, estaban viviendo en carpas en esos terrenos. La diferencia en estos casos son las carpas, que los de El Triángulo no tienen. En todo caso el conjunto es un inmenso camping de lo insoportable.

La gente de El Triángulo no tenía vivienda ni tierra, ni forma de pagarla. Los que sí podrían pagarla, tampoco acceden a tierra ni a vivienda, simplemente porque Ledesma es dueña de 130.000 hectáreas alrededor de la ciudad, que queda como sitiada por la empresa. Sin posibilidad física de expandirse. Lo que ocurre en tantos lugares, aquí se agudiza: los alquileres se vuelven una nueva forma de violencia. Cualquier cuartito con baño cuesta entre 600 y 800 pesos, una casita ínfima se alquila por 1.200, y de ahí al infinito. Adriana, profesora de Arte: “Yo siento que trabajo para ganar plata que tiro en pagar el alquiler”. Cuando no se puede pagar el alquiler, empieza el amontonamiento de familias en cada vivienda. Eso crea un nuevo lazo de parentesco: el “agregado”. “Yo soy agregada a la casa de mi mamá” me dice Adriana. “Yo estoy agregado en lo de mis suegros” me explica Matías, chofer.
Hay hogares donde viven 11, 18, hasta 25 personas (en 3 habitaciones y un baño, dos a lo sumo, inventando piecitas inverosímiles). No hay intimidad, y Ledesma se llenó de moteles para que parejas casadas, me cuenta Margarita, “puedan ir a hacer su intimidad”.
Estos asentamientos que siguieron a El Triángulo, están rodeados de autos: hay gente que tiene coche pero no tiene vivienda. Todos poseen obviamente celular (pero tienen que pelear entre familiares para usar el baño). Para no discutir por la tele, compran de a dos y tres LCD por casa. Es interesante pensar si a eso se le puede llamar “modelo de crecimiento” o de “desarrollo social”, o cualquier otra cosa parecida.

Los más desamparados iniciaron las ocupaciones, y dejaron abierta la brecha para que esa “clase media” agregada y empobrecida también saliera a buscar lo suyo, pese a la sensación de vergüenza (por haberse convertido en okupas) y pese al miedo a la policía y a un temor aún mayor: las represalias de la propia empresa Ledesma, con la que todos tienen alguna forma de relación. Lo que ocurrió el 28 de julio acaso sea histórico, y tuvo que ser a costa de cuatro muertes. Se descubrió la trampa de un verbo: esperar. Selva, madre de cinco hijos, me explica: “Acá todo es negocio y política. Entonces la gente tiene que salir a hacer las cosas”. Su hijo de nueve años está con una pala, muy serio, limpiando el lote de 10 x 8 donde de aquí en más tal vez comience una nueva vida.