La aristocracia del barrio

Las plazas siguen siendo cunas de un deporte que se ha vuelto mucho más que una costumbre: el ajedrez. Espacio de viejos, lugar de elites barriles. NosDigital comparte una tardecita en el medio de damas y de reyes, contando las historias que aparecen en ese lugar que se ha vuelto un clásico.

Foto tomada del blog de Daniela Beracochea.

Pateando piedritas rojas, color ladrillo, cruzo la plaza de mi barrio. Mirada gacha, manos en los bolsillos, cordones desatados, camino el parque como si fueran los pasillos de mi infancia. Se ven los cuadros típicos que por su cotidianidad no resaltan: los niños en el tobogán, los novios en el banquito, las amigas mateando, los pibes jugando a la pelota. Lo de siempre. De repente, un grito un tanto agresivo llama mi atención. El escenario es tan costumbrista como los anteriores, pero encierra un misterio,  una duda eterna que el caminante nunca se animo a despejar. Esta vez sería la excepción.  Como quién no quiere la cosa me acerco, pasito a paso, sin hacer ruido y tratando de no desconcentrar a nadie. Allí están, siempre atentos, silenciosos y algo recios, jugando al ajedrez, algunos otros, menos, a las cartas. Es una fotografía perfecta: manos en la frente, ojos desorbitados, hombres parados alrededor generando una familiar tribuna, un reloj a un costado que se golpea luego de cada jugada. Es lo que se repite en todas las plazas de los barrios del país. Sin embargo, siendo una escena familiar, que se multiplica a cada cuadra, que no despierta asombro alguno, aún así, encierra un mundo desconocido, que amedrenta a los más jóvenes de irrumpirlo, de conocerlo, de preguntar, de atreverse a consultar: “¿Puedo jugar?”.

Camino por el senderito que te lleva hacia las mesas y asomo la cabeza. Un viejo, de más de 80, con boina, a quién le dicen “el Maestro”, mira fijo a su contrincante, esperando su movimiento, le habla, lo apalabra, lo pone loco. Cuando estoy entre los espectadores, que no superan las 10 personas, me empiezan a relojear con la mirada. Soy marcadamente más joven. No soy bienvenido, parece. Para constatarlo me animo a preguntarle a un hombre de campera verde y gorra roja: “¿Cómo es la movida? ¿Por qué juegan? ¿Y si quiero jugar?”. No recibo respuesta alguna. El hombre que había gritado y acaparado mi atención era el rival de Tito, Francisco, o por lo menos usaron ese nombre al alcanzarle un cigarrillo. Se lo veía menos tranquilo, repiqueteaba la pierna contra el suelo, fumaba sin parar y largaba alguna puteada cuando las jugadas le salían mal. Mientras se juega la partida me acerco a otro señor, engominado, con un rompevientos celeste y anteojos enormes, quién me cuenta que los que se juntan a jugar en esas 6 históricas mesas son casi siempre los mismos, que son del barrio, que juegan al ajedrez, al truco y , solo a veces, a la escoba. Me cuenta que él sólo juega al ajedrez, me lo dice como sintiéndose superior. Pregunto, ingenuamente, si se juega por guita. El hombre, con mala cara, responde: “Secretos no te puedo contar”. Me evita y se va.

La partida sigue, me doy cuenta que el ambiente no es tan silencioso. Hay risas, mucha burla, algunos pocos consejos. “El Maestro”, al que nunca lo llaman por el nombre, juega manejando los hilos de la partida, la tribuna, la plaza, el barrio entero. Eso se percibe estando al lado. Le habla constantemente a su oponente: “Yo acá soy el número 1, no vas a poder”. Francisco, un hombre de unos cuarentaytantos, se siente inferior, se ríe de los chiste del viejo, los festeja, juega pidiendo que le tengan paciencia, que hace lo que puede. El juego está en zona de definición. Hay más piezas afuera que adentro. Sobreviven un par de peones, las torres, algún alfil y el invicto rey, por supuesto. El viejo subestima al joven, le advierte que le va a dar algunas jugadas más de gracia, para hacerlo más parejo. En esa situación se me acerca un hombre de sesenta años y me consulta: “¿Qué andás haciendo pibe acá? ¿Jugás al ajedrez?”. Le contesto que jugaba muy de pendejo, que ahora ya no, que me acerque para conocer un poco más de ese mundillo, de ese universo paralelo que son las mesas de ajedrez, los hombres, los viejos y las plazas. El tipo se prende, me empieza a contar detalladamente. Están allí desde antes que yo haya nacido, más de 20 años. Siempre son los mismos, del barrio. Porteros, jubilados, linyeras, desempleados. Todos hombres, siempre. Todos mayores, también. Me dice que sufrieron cuando el Gobierno de la Ciudad les cerró la plaza para remodelarla y tardaron más de 2 años. Que tuvieron que emigrar a otro parque cerca de allí, pero que no era lo mismo. Me revela, con sufrimiento, que cuando se reestreno la plaza les cambiaron las mesas de  lugar y, lo peor, quitaron la gloriosa cancha de bochas. De todos modos, están conformes, les gusta como quedó. Esas 6 nuevas mesas donde pueden entretenerse de sol a sol los dejaron satisfechos. Julio, así se llama el hombre, me va contando todo. Que ni el frío los para, aunque corte la cara, siempre están allí. Que se hicieron poner un baño químico en el córner de plaza. Que van todos los santos días. Por último, revela aquella duda que tuve desde niño. Antes, le pregunto: ¿Qué se cuenta con las piedrillas anaranjadas (a veces son porotos)? ¿Es un simple tanteador o están timbeando? ¿Son representaciones de pequeñas apuestas? ¿Se juega por guita o son plenamente amateurs? Julio me contesta burlándome, haciéndome saber que estoy muy verde todavía: “Vos sos divino, pibe – se ríe – . Mirá si vamos a andar apostando,  no tenemos un mango, somos casi todos jubilados o desempleados. Acá no se mueve ni un peso. Es sólo un divertimento. Las piedritas se usan para contar los puntos de truco, nada más”. Me avergüenzo bastante. No sé muy bien como seguir la charla. Por suerte, Julio se despide, se tiene que ir. Me saluda con un apretón de manos y se va caminando lento por el sendero, con un portafolio desgastado, negro y con ningún cierre cerrado, que sujeta con su temblorosa mano.

Cuando vuelvo al juego principal todo había cambiado. Francisco, sonriente e incrédulo, ya había cambiado un peón por una dama y tenía al Maestro de rodillas. Él se excusa, que lo había subestimado, que no tendría que haberle dado aquellas jugadas de gracia, que estaba por perder después de tantísimo tiempo. La derrota es un hecho. Los papeles han cambiado. Ahora se ríe uno y se excusa el otro. Aquél que en su momento le dijo a Francisco: “¿Pero contra el viejo querés jugar? ¡Para que te vas a meter en terrenos tan jodidos!”; ahora dice: “Mirá vos Francisco, qué bien la hiciste, qué sorpresa, cómo te despachaste”. Sólo falta el golpe de gracia. El instante que parece el más importante de la jornada. Me confundo, no lo es. Me doy cuenta que no es el principal momento sólo cuando llega Carlitos, el vendedor de café y facturas. Todos los juegos, de ajedrez o de truco, se interrumpen. En el frío paralizante, cada uno se levanta de su asiento, saluda al hombre que llega con la bicicleta y los termos, y, uno por uno, van comprando un café y varias facturas. Absolutamente todos. Carlitos sí es el número uno, definitivamente. Es su momento, todos lo saludan afectuosamente, le preguntan por la familia, si quiere jugar, si se quiere sentar. El café y las faturas, en las mesas de la plaza, no se manchan. Son lo primero. Yo no me animo, para comprarle un café a Carlos hay que ser del riñón del lugar, da toda la sensación. Me quedo a un costado, admirando el fenómeno. De la canasta que lleva en la parte trasera de la bici salen cifras record de facturas. Nunca se acaban. Pasan, agarran y siempre quedan. Todos satisfechos y más templados. Carlitos se despide de manera general, con la mano, se sube a su vehículo y se retira heroicamente.

Sólo cuando ese glorioso instante terminó, todos vuelven a sus asuntos. La cuestión está cocinada. El submundo de las mesas y las plazas, me es mucho más familiar. El misterio sigue siendo grande. Nunca se sabrá que es pertenecer a ese selecto grupo, ni qué es estar jugando contra el Maestro, ni pedirle un café a Carlitos o, simplemente, contar las piedritas para el truco. Pero, las dudas son menos. El desafío está superado. Entonces sí, sólo después de haberlo logrado, Francisco toca la pieza final: “Jaque mate, señores”.

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