Conventillos con olor a décadas

Recorrimos esos lugares que son los hogares de cada generación de inmigrantes que llegan a Buenos Aires. Los de principio de siglo XX, los de hoy y los de todos los días. La historia que se forja mientras se vive.

“Conventillo, eres dolor crudo, llaga viva; un día estallará tu humor, blasfemia del hombre rudo y mujeres que se reprimen, y mancharás la ciudad pedantesca con tu hálito de vicio y crimen y tu carcajada grotesca”, Raúl González Tuñón.

 

Orilla

La llegada de los inmigrantes, italianos y españoles en su mayoría, hizo que en 1914 la Ciudad de Buenos Aires se consolidara dentro de las quince ciudades más grandes del mundo, además de crecer cultural y comercialmente.

Los primeros extranjeros arribaban a las costas del Riachuelo con la intención de trabajar en diferentes actividades del puerto. Muchos levantaron sus casas con maderas y chapas, además de otros materiales más sólidos que manejaban quienes traían conocimientos en la construcción. Estructuras precarias coloreadas con restos de pintura de todos los tonos, antes destinada a los barcos. Se los llamó conventillos, y se reprodujeron a lo ancho de todo el sur porteño, en barrios como Monserrat, San Cristóbal, San Telmo, y principalmente, la Boca.

Cada baldosa, esos pisos de madera que crujen y crujen al pasar, esa escalera angosta a la terraza compartida donde se seca la ropa y las paredes ahogadas de humedad e historias, son las mismas. Los inmigrantes de principio de siglo XX, y los que llegaron en los últimos veinte atraviesan en su llegada por los mismos rincones de la ciudad, a veces para quedarse para siempre.

Los sueños se desdibujaban para muchos frente a la realidad del conventillo. No parecía ser la abundancia el destino de los cientos de vendedores ambulantes, barrenderos, empleados portuarios y lavanderas que recorrían las calles cada día. Sin embargo, pese a las frustraciones, el compartir obligados los baños y lavaderos comunes conducía a un compañerismo sólido entre los vecinos.

María Bártoli tiene 78 años, y hace más de seis décadas pasa sus días en un conventillo ubicado a pocas cuadras del Riachuelo, sobre la calle Olavarría. Esta abuela jubilada recuerda con nostalgia su llegada al barrio junto con sus padres. La trajeron escondida en un bolso y pasaron dos semanas hasta que el patrón encargado de cobrarles el alquiler la descubriera en la habitación. “No era común ver chicos en los conventillos, pero tampoco me podían echar. De más grande ya empecé a trabajar limpiando casas”, recuerda María mientras muestra fotos de su infancia junto a vecinos y familiares. Las guarda como su mayor tesoro. “Éramos como una gran familia, cocinábamos para todos, escuchábamos música hasta tarde. Ahora hay que luchar para limpiar”. Tiene su habitación perfecta y a base de esfuerzo pudo construirse su propio baño, y ahora con su jubilación le paga a una chica para que la ayude a ordenar.

La convivencia dentro de estas casonas de inquilinato incluía a personas de todas las nacionalidades, cada uno con sus distintas costumbres. Delineaban un sitio que fue caldo de cultivo para la cultura popular, expresada en el tango y los sainetes. De la conjunción de los diferentes idiomas y dialectos, muchos de ellos denominados “cocoliches” como objeto de burla por las clases altas, fue formándose el hablar porteño y argentino actual. El vocabulario que antes era marginado se integró socialmente en las calles de Buenos Aires.

Otro vecino del conventillo es Ernesto Aguilar. “Tito”, como pide que lo llamen, tiene 47 años y llegó de Bolivia en 1993. Tardó dos años en conseguir su documento argentino, vino solo desde La Paz en búsqueda de trabajo como obrero. A diferencia de María, abandonó su país siendo un adolescente, tuvo que dejar atrás a sus amigos y a su novia.  Su pieza da al patio principal, lugar donde, recuerda, acontecía la vida social hasta hace poco más de una década: “Todos los festejos eran excusa para un asado, ahora se perdió la costumbre de reunión”.

Hoy, en la Boca se respiran aires de solidaridad frustrada. Entre algunos chamamés y cumbias, poco tango, flotan olores rancios de ambientes compartidos, y a los malestares de la convivencia se les suma una alimentación básica generalizada. “El trabajo distrae de la ausencia”, lejos de sus familiares y de sus raíces, hombres que todavía llegan desde el interior de Argentina, y de países limítrofes, transitan el día a día esperando por nuevas oportunidades.

 

El mar que los trajo

 

Los movimientos migratorios hacia Argentina desde fines del siglo XIX fueron un elemento clave y constante en la constitución de la historia del país. Su construcción como nación y su desarrollo posterior contaron con el aporte poblacional primero de Europa y luego de connacionales latinoamericanos.

La primera y gran ola inmigratoria se produjo desde 1880. Bajo el lema que proclamaba Alberdi en la Constitución del 53 de “gobernar es poblar”, se planteaba que la escasez de población y las falencias en educación debían ser saldadas con la llegada de europeos dispuestos a trabajar y propagar su cultura. Argentina necesitaba mano de obra para su proyecto de expansión agropecuaria, mientras que Europa, en cambio, encarnaba la tecnificación del agro en plena Segunda Revolución Industrial.

Ante la conjunción de estos horizontes tan opuestos, y a la vez tan complementarios, la  inmigración de ultramar que llegaba masivamente al puerto de Buenos Aires en búsqueda de mejores salarios, se tradujo en el bastión esencial del poblamiento del país y en la famosa frase “hacer la América”.

Actualmente, y a partir de mediados de la década del 90, la migración europea ha sido reemplazada por la inmigración desde países limítrofes. Muchos de los bolivianos, paraguayos, brasileños y chilenos que ingresaron al país eran de bajo nivel socioeconómico. No encontraron un territorio a colonizar, como los europeos en su momento, pero por su condición de extranjeros y su escasa calificación laboral, enfrentan trabajos duros a cambio de bajos salarios.

Todo el territorio argentino y aún más la Ciudad de Buenos Aires han sido y son escenario de múltiples culturas y costumbres, que todas juntas, hacen a una identidad nacional cada vez más dinámica, indoamericana y a la vez universal.

 

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