Cabral, hombre heroico

Se pide no olvidar, contemplar y recordar. Una de esas vidas que, bien mezclada con la música, son ejemplos de vivir. Perfil de Facundo Cabral, el que vivió para contarla.

La muerte de Facundo Cabral en Guatemala el pasado 9 de julio fue una noticia más de nuestra cotidiana vorágine mediática. Un dato frío, un asesinato que se suma a la larga lista y que tiene las mismas posibilidades de recobrar importancia en los medios como de no hacerlo. Todo depende de cuánto material se necesite para rellenar la agenda. Facundo Cabral nunca será noticia porque quien sugiere que el dinero tenga fecha de vencimiento para que ningún hombre acumule poder sobre otro” contradice la lógica económica por la que se rigen estas empresas.

Nació en alguna calle de La Plata un 22 de Mayo de 1937 con la palabra “abandono” en su ADN. Su padre dejó a toda la familia un día antes de su nacimiento. Por este motivo su abuelo paterno echó a su madre Sara y sus 8 hijos de la casa y le dio así el inicio de lo que sería una constante en su vida, transitar caminos sin rumbo certero.

Esta primera etapa nómade tuvo como protagonistas a las rutas del sur de nuestro país. Su primer parada fue en Berisso, allí comenzó el viaje hasta Tierra del Fuego en el que murieron 4 hermanos y donde vivieron en galpones, baños públicos y en la calle. “Mi primer recuerdo es mi madre comiendo de la basura. Nunca podré olvidarlo”, así relató crudamente Facundo Cabral a la razón por la cual a la edad de 9 años decidió dejar su hogar para ir en busca de un mejor destino. “Yo sabía que el General Perón le daba trabajo a la gente pobre y no teníamos nada que perder”, contó años después.

“Te daré el segundo y último regalo que puedo brindarte, el primero fue la libertad de nacer, ahora es la de volar”, le dijo su mamá al despedirlo en la estación para emprender un viaje lleno de obstáculos pero también de esperanza. En Capital Federal lo recibió   Constitución, donde le preguntó a un comerciante como llegar a la casa de Perón y Evita. El señor, con quien se reencontró muchos años después, le recomendó que viaje a La Plata donde la pareja gobernante iba a concurrir a un Tedeum en la catedral al día siguiente de su llegada.

“Por fin alguien que pide trabajo y no limosna”, fueron las palabras de Evita luego de que el atrevido niño intercepte a la comitiva y logre hablar con ella y su marido para pedirles por un mejor futuro para su madre y sus hermanos. Inmediatamente su familia fue trasladada de Tierra del Fuego a Tandil, donde Sara trabajó como celadora en una escuela pública.

“Llegué a Tandil pero me fui enseguida. Buscaba una cocina de dos hornallas para mi vieja, de modo que laburaba de cualquier cosa para poder comprarla. Fui medidor de campos con agrimensores, repartidor de telegramas, lustrador de zapatos, embolsador en la cosecha de la papa, peón golondrina”, cuenta Facundo, en quien Joan Manuel Serrat parece haberse inspirado para escribir su canción Vagabundear. Plazas, estaciones de tren y colectivo y parques fueron sus pensiones gratuitas.

Con solo 9 años el alcohol llegó a la vida de este joven solitario por naturaleza y poseedor de una violencia proporcional a la dureza y sufrimiento por el que fue sometido durante su vida. Por este motivo fue internado en un reformatorio.

Sin embargo, a los 14 años la cárcel fue su improvisada e inesperada universidad. Allí conoció a Simón, un sacerdote jesuita que era el único profesor de la “casa de estudios” que funcionaba en el establecimiento. Éste le enseñó a leer y escribir y con la sabiduría propia de un profeta lo sumergió en un mundo literario y filosófico en el que se aproximó a autores como al poeta argentino Almafuerte y el norteamericano Walt Whitman que lo marcaron a fuego y serían parte de su obra y vida. En la cárcel logro terminar sus estudios primarios y secundarios en tan sólo 3 años gracias al impulso de Simón, quien para Facundo fue “un ángel caído del cielo” en medio de la turbulencia que predominaba sus días.

Un año antes de la fecha estipulada de salida Facundo se escapó de la cárcel con la ayuda del propio Simón quien consideraba que “ese lugar ya no le aportaría nada nuevo a un joven tan capaz e inteligente”. Otra vez la calle, otra vez Vagabundear en plazas y parques, donde comenzó a rasguear los primeros acordes junto a sus ocasionales compañeros de ruta.  “El 24 de febrero de 1954, un tipo de la calle me recitó el Sermón de la Montaña y a los 17 años descubrí que estaba naciendo, porque no se nace sólo cuando salimos del vientre de nuestras madres, sino también cuando nos damos cuenta que estamos vivos. Ese día corrí a escribir una canción de cuna, ‘Vuele bajo’, y así empezó todo.”

El constante periplo lo llevo a Mar del Plata en 1959 donde consiguió trabajo en un hotel. Allí realizó su primera presentación con público y para hacerlo eligió el seudónimo “El Indio Gasparino” para así parecerse  a algunos de sus artistas preferidos como Atagualpa Yupanqui,  José Larralde y Jorge Cafrune. Fue en aquel entonces cuando moldeó y definió su identidad artística que tanto lo destacó a lo largo de su carrera pero ya bajo su nombre y apellido: Facundo Cabral.

Cantó y dejó su mensaje de vida, fuerza y esperanza a lo largo de todo el mundo aunque su lugar fue siempre Latinoamérica. En 1976 era reconocido como un cantante de protesta por lo que debió exiliarse en México, donde se afianzó profesionalmente al recorrer unos 159 países con su guitarra. Conoció en profundidad cada país de habla hispana y se sumergió en la idiosincrasia cultural de cada uno de éstos que gozaron de su amistad y  respeto al brindarles desde los más pequeños a multitudinarios recitales marcados siempre por la relación intimista con su audiencia. “Yo canto para el cada cual que está en cada uno”, solía decir Facundo en su constante “mano a mano” con el público.

“No perdiste a nadie, el que murió, simplemente se nos adelantó, porque para allá vamos todos. Además lo mejor de él, el amor, sigue en tu corazón”, decía Cabral refiriéndose a la muerte, esa a la que esquivó toda la vida.

En 1978 murieron su esposa Bárbara y su hija de un año en un vuelo a Chicago que él no llegó a tomar por un retraso en el tráfico. “Yo hablaba ocho idiomas, pero me los olvidé todos. Bajé treinta kilos, perdí la vista. Estuve dos años así hasta que un día fui a ver al maestro espiritual Krishnamurti y le conté lo que me había pasado. Me dijo: “te envidio, toda pérdida es una liberación. La vida no te quita cosas, te libera de cosas”, contó tiempo después.

Volvió del exilio en 1984 como un artista consagrado y realizó un concierto en el Luna Park y una serie de recitales en el estadio de Ferrocarril Oeste donde el público lo acompaño de manera masiva y de los cuales surgió el disco Ferrocabral

Después de 46 años y de no haberlo visto nunca, conoció a su padre Rodolfo Cabral en uno de sus shows en el teatro Astral: “me fue a ver y yo lo reconocí enseguida. Mi madre me había dicho: ‘vos, que caminas mucho, algún día te lo vas a cruzar´. Nos dimos un gran abrazo, me invitó a su casa. Lloré en su biblioteca. En un momento me dejó solo y vi que él leía lo que yo había leído. Nunca le pregunté nada, ni a qué se dedicaba ni por qué nos había dejado. Mi madre me había dicho: ‘Cuando lo encuentres, no cometas el error de juzgarlo. Ese hombre es el hombre que más amó, más ama y más amará tu madre. Dale un abrazo y las gracias porque por él estás en este mundo´. Y así fue. Él tenía mujer, hijos. Una alemana deliciosa. Hacía treinta años que vivía con ella. Mi padre murió en 1993. Tuve una amistad de diez años con él.”, contó Cabral y dejó entrever la grandeza de su alma.

Varios son los personajes que influenciaron en su vida y obra, algunos de ellos son conocidos internacionalmente y otros no tanto. En sus shows y entrevistas Cabral siempre recordaba anécdotas con Evita, Perón, la Madre Teresa de Calcuta, Jorge Luis Borges y Ray Bradbury, por nombrar sólo alguno de ellos. Recibió premios como el de mensajero mundial de la Paz por la UNESCO, fue  propuesto por el ex Presidente de Costa Rica, Oscar Arias Sánchez, como candidato para el premio Nobel de La Paz y nombrado Miembro Honorario de Amnistía Internacional. Éstos son sólo galardones que poca importancia tienen en comparación con el mensaje de paz, amor y armonía que dejó en quienes lo conocieron y pudieron disfrutarlo y de quienes, a través de su muerte, lo están descubriendo.

El cantautor Argentino Alberto Cortéz fue uno de sus grandes compañeros de andanzas artísticas, tal es así que grabaron tres ediciones del reconocido y recordado disco Lo Cortez no quita lo Cabral. La muerte se lo llevó de una manera inesperada, cruel y hasta injusta, pero él siempre repetía la frase de Krishnamurti, “la vida no es como debería ser, la vida es como es.”

Cuando un amigo se va es una de las más bellas canciones de despedida y hoy recobra un gran sentido ante la triste ausencia física de Cabral aunque su extensa obra lo mantendrá presente para siempre como uno de los más grandes trovadores que Latinoamérica nos brindó.

Salvaje fue la manera en que nació y vivió sus primeros años de vida, y crueles fueron cada uno de los tiros que recibió ese 9 de julio cuando el empresario Henry Fariña lo conducía al aeropuerto de Guatemala para seguir su gira en Nicaragua. Aparentemente Fariña era el blanco del ataque a la camioneta pero el destino, la realidad o lo que fuere quiso que éste salga apenas herido y Cabral reciba toda esa violencia de plomo. Son dos los detenidos en la causa de su asesinato y la justicia sigue trabajando para investigar la culpabilidad o no de éstos y la del empresario.

No tiene ninguna importancia. Él seguramente ya perdonó de la misma manera que lo hizo con su padre y nosotros nos quedamos con su millonaria herencia, sus frases y palabras que, al galope, recorrerán incansablemente su Latinoamérica querida para seguir sembrando semillas de amor, paz y fuerza.

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