Basado en un hecho real (en realidad)

Como siempre, como todos los meses, como hace veinte años, Paulina y Leonardo cobraban tal día de cada mes. Aquél 2009 comenzó torcido: los sueldos no estaban.

Paulina trabaja en terapia intensiva del Hospital Argerich; Leonardo es el subjefe de guardia. Allí se conocieron y hasta este 2011 contaban más de 25 años casados, dos hijos, un caserón en Barracas. Y trabajo.

La rutina de Paulina se dirime básicamente entre las vidas y las muertes: terapia intensiva. La de Leonardo no es mejor: ataja heridos, hace lo que puede, no duerme.

En casa, las cosas no venían bien.

Lo que primero era un “atraso de sueldos” derivó en su directa inexistencia. Leonardo salió rápido del recorte: todo se normalizó. Paulina, en cambio, mágicamente dejó de cobrar. Pero no fue magia.

El Hospital Argerich fue de los más azotados por las políticas prioritarias de “lo privado”. Estamos hablando de falta de insumos, camas y turnos que vuelcan todo hacia el otro ese sector. El antiguo, antiquísimo director era Donato Spaccavento, luego kirchnerista y vuelto a casa por Mauricio. En su lugar, Néstor Hernández nunca dio explicación a Paulina sobre los sueldos.

Leonardo venía zafando.

En los pasillos, se organizaron los médicos, enfermeros y personal que hace dos meses no cobraban. Llamaron a las cámaras que nunca vinieron. Organizaron una sentada de la que nunca te enteraste. Y hasta estudiaron la posibilidad de hablar a la prensa con el peor de los discursos, pero el más cierto: “Se está muriendo gente”.

Leonardo, al margen del quilombo de sueldos, fue testigo del desmanejo en la farmacia del hospital: no había insumos. Le oí hablar de vaciamiento, de recorte, de “tirar al bombo los hospitales públicos” y otras palabras con el mismo sentido.

Mientras, las cosas rebotaban en casa.

Leonardo se hizo un lugar en una prepaga, y sigue, y también con su consultorio. Paulina ensayó pasos fallidos en una clínica nutricionista. Había que inventar algo.

Mientras, habían ido a tocar puertas. Y timbres. Una vuelta consiguieron la data que todo se resolvía yendo al Ministerio de Desarrollo Social de la Ciudad. Venían de 3 meses sin cobrar. Fueron así a pedir por esos sueldos, o en su defecto, por explicaciones. Tocaron el timbre y nadie contestó. Tocaron la puerta y nadie abrió. Así por dos horas…

Virginia, una de las doctoras, apretó el timbre para no soltarlo; así por veinte minutos…

Y abrieron.

En el despacho, las esperaba la ministra: María Eugenia Vidal. Sí, la misma que ahora es vicejefa de gobierno. Sí, la misma que dejó a Paulina y compañía esperando dos horas.

Que sí, que no, que se verá, que vamos a hacer lo posible… Que van a hacer lo de siempre. El próximo mes fue igual. Y el otro, y el otro, y el otro también.

Recién a los seis meses despositaron uno de los sueldos, el de ese mes. Del resto ni noticias.

En casa, las cosas seguían mal. Por esto y por todo.

Hace unos días la vimos allá en Barracas. Hablamos sobre las elecciones. Alguien le dijo que no había votado, no sé por qué. Paulina, en confianza, le dijo “Hijo de puta”. Pero en serio.

Todavía le deben 25 mil pesos.

Con Leonardo no hablé sobre el tema, no lo vi. Está en otra casa, ahora, desde hace unos meses que se pudrió todo.