Un especialista en darle identidad a un momento cualquiera

Por Héctor Cardozo *

Al Negro Fontanarrosa lo conocí casi de costado. En aquellos primeros años de periodismo radial en los que “incursionaba”: solíamos coincidir en la oficina de un publicista amigo, el recordado (para los rosarinos, claro) Josesito Rejovisky. Nosotros (un grupo de audaces) le ibamos a manguear a José que nos pusiera un par de avisos en los programas que teníamos porque él manejaba una buena carpeta publicitaria. Y el Negro le hacía algunos trabajos gráficos importantes. Estoy citando tiempos prehistóricos, allá por fines de los años 60 y comienzo de los 70. La única charla en común, no fueron más de cinco o seis porque los encuentros fueron esporádicos, caían en el lugar común de Central, que por aquellas épocas jugaba por los porotos grandes; subcampeón en el 70 contra Boca y campeón en el 71 ante San Lorenzo.
Unos años más tarde nos frecuentamos más, pero sin llegar a formalizar una amistad; el llevaba sus incomparables dibujos a la corresponsalía de Clarín en la vieja peatonal Córdoba de Rosario (ahí se decía que pertenecía a la Ocal, afirmación que siempre negó con toda razón) y yo andaba usando el teléfono para mandar noticias del día. Nunca fuimos más allá de un hola! o,  viste que como anduvo Kempes? No pasó de ahí el trato, breve, por otra parte, porque ninguno abusábamos de la parla.
El Negro ya era una persona destacada de su ámbito, muy reconocido por su ingenio y ya trascendía la frontera local y vía Clarín y Hortensia avanzaba en el reconocimiento universal que tuvo merecidamente con los años. Pero, además, parábamos en lugares distintos; el, en el legendario El Cairo y yo en el desaparecido Palace o en mi barrio de Pichincha.
Los lazos más entrañables se dieron muchos calendarios despues en la época de los mundiales de los 90. Las eliminatorias nos unía junto al “cascarrabia” de Pagani después de cada partido en el Monumental ahí en Edelweis de la calle Libertad hasta la madrugada. Los viajes por Estados Unidos y Francia fueron estrechando la relación, aunque sin llegar a una amista profunda. Sin dudas fue la persona – porque el Negro excede la caratula de personaje- más famosa a la que tuve acceso y a quien vi mantener obstinadamente un bajo perfil realmente admirable: cientos de notas para los medios más desconocidos a los que respondió con su inalterable sinceridad. Esa bonhomía imperturbale junto a sus sutilezas orales lo guió en cada uno de sus actos.
El Negro no fue un bromista a tiempo completo, al contrario. Lo que lo destacó fue su fina ironía para darle identidad a un instante cualquiera, que mereciera cierta relevancia, claro. Me queda como inalterable e indelebe anécdota un episodio en el centro de Saint Etiene; a media mañana buscabamos un zapatero, tarea difícil en un lugar desconocido. Nunca pudimos dar con un local ni aproximado, pero sus ojos inquietos le sirvieron para describir en un dibujo con su gracia inigualable la silencionsa y forzada marcha de los escoceses un día después de su eliminación del Mundial. Al otro día admirando su viñetas comprobé in situ su enorme poder de síntesis y su increible talento para en un par de trazos y mínimas frases revivir o darle vida, que es mejor, a un hecho que para cualquier mortal no hubiese signicado más que una semblanza de la tristeza.
Salud, Negro. Y espero que desde la tercera bandeja hagas más fuerza, que vaya si la necesitamos!, a ver si Central en el 2012 vuelve a ser lo que fue!

* Héctor Cardozo, el Negro para muchos, es un periodista nacido en Rosario, fanático de Central, que trabajó bastantes años en el diario Clarín. Dejó una marca periodística a través de su enorme capacidad para analizar el fútbol.

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