Once contra once

Por la redacción de Deportes

El Tipo se sube al taxi con todo el mal humor encima por un despertador que no sonó, lo que no sólo le hará llegar tarde al trabajo; también tendrá que gastar unos pesos de más para pagar el tacho. Arriba del auto, con sus ojos calvados en los del tachero a través del espejito retrovisor, escucha por la radio a un señor que denuncia unas cuantas cosas relacionadas al fútbol, con el micrófono que tiene delante de sus narices como única autoridad y prueba. Dice y afirma y repite tres sentencias que suenan de lo más lógicas para cualquiera que sepa, más o menos, que este mundo está repleto de injusticias y afanos. Explica, como explicando una verdad de lo más absoluta, tres cosas: que River no puede descender porque es casi medio país y el Fútbol Para Todos no le puede entregar todo lo que significa River a TyC Sports, empresa del Grupo Clarín y dueña de los derechos de la B Nacional; que es imposible que Gimnasia de La Plata pierda la categoría porque la Presidenta de la Nación, la supuesta dueña de los destinos de cada una de las cosas que pasan en este país, es tripera, y su madre, Orfelia, no sólo es tripera fanática: también es socia y tiene alguna injerencia en la realidad institucional del club; que es prácticamente un absurdo pensar que Quilmes pueda bajar a la B porque su vicepresidente es Aníbal Fernández, el Jefe de Gabinete nacional, el hombre que fue clave para que el estado desembolsara 600 millones de pesos anuales para tener los derechos de televisación del fútbol argentino.

El Tipo, entonces, se baja del taxi mucho más aliviado de lo que se subió: ahora, en el trabajo, podrá distraer su llegada tarde con todas las verdades sobre el fútbol que acaba de escuchar por la radio. Así, con esas tres predicciones llenas de certezas, se ganará el respeto de sus compañeros, se armará el debate y no se comerá ninguna cagada a pedos por la tardanza.

El final de la temporada arrojó lo imposible: descendieron River, Gimnasia y Quilmes. Y no sólo eso: a River, en la B Nacional, se lo transmitirá por TV abierta y Aníbal Fernández desde diciembre próximo ya no será vicepresidente cervecero: será el presidente.

Sin importarle todas esas verdades que se arruinaron por los destinos indescifrables de la pelota, sin afectarle los días sin dormir por la congoja de haber arriesgado toda su audacia ante sus pares de trabajo en esos tres pronósticos, el Tipo creyó que la Copa América podía ser una buena excusa para volver a mostrar su capacidad para leer con anterioridad las contraseñas del fútbol. Y con la misma lógica que había escuchado de aquel señor que denunciaba con el micrófono como única autoridad y prueba, miró a sus compañeros una mañana de julio, redobló la apuesta y aseguró:

-En un año electoral, y más en condición de local, Argentina ya ganó la Copa América.

Explicó, con claridad, que no sería la primera vez que los dueños de la política se apoyen en el deporte para generar consenso en la sociedad. Habló de lo nefasto del Mundial 78, de lo asqueroso de Hitler en los Juegos Olímpicos de Berlín 1936. Agregó, además, que el fútbol es un negocio y que se necesita al local en la final para tener los estadios llenos. Y que esa final tenía que ser ante Brasil, que es el otro que convoca y que mueve a las marcas.

Otra vez pifió el pronóstico. Argentina y Brasil, se sabe, quedaron afuera en cuartos de final.

Sin interesarle haber quedado como un verdadero boludo ante sus compañeros de trabajo, haber hipotecado toda su agudeza en tratar de descifrar lo impensado del fútbol, esta vez al Tipo no le costó más que dos minutos quedarse dormido después de haberse acostado en la cama. No es que el Tipo piense que el fútbol, como cualquier ámbito de la vida en el que se mueve tanta plata y tanta pasión, no está manchado por todas las mierdas que pueda tener esta sociedad. Pero esa noche se durmió sonriendo: a veces, parece, los destinos de la pelota se eligen dentro de una cancha, once contra once, sin importar lo que pueda generar afuera.