Las revistas se asocian, la autogestión camina

¿Qué es una revista cultural independiente? ¿Para qué armar hoy una Asociación que las nuclee? Son dos preguntas que se respondieron un puñado de publicaciones que desde hace tiempo trabajan en la misma dirección. No juntas, sino revueltas. Entramadas en una idéntica dirección: la autogestión.

Estamos hablando de títulos que hoy pueden verse colgados en los kioscos, como Barcelona, THC, Haciendo Cine, El Amante o MU y de otros que circulan por otros carriles, como Diario de Poesía, Dale, El Teje, Lilith o la austral revista Ají. Pero también de una larga tradición que tiene la edición independiente en nuestro país y que no suele enseñarse en ningún antro de formación de la llamada comunicación, por más social que se le agregue al título. Estamos hablando de El escarabajo de oro, la mítica publicación literaria fundada por el escritor Abelardo Castillo que en plena dictadura representó un refugio del horror, pero también de aquella Humor de Andrés Cascioli, que dio amparo a plumas como la de Alejandro Dolina o Gloria Guerrero, por citar dos de las caras por entonces desconocidas de una misma moneda: calidad y honestidad intelectual. Aquella Humor, que los lectores esperaban al pie del kiosco, como al pan caliente, llegó a vender cientos de miles de ejemplares y jamás tuvo un centímetro de publicidad. Fueron esos lectores sus accionistas y socios, sus cómplices y compañeros, como lo son cada uno de los que compra los títulos que se siguen sosteniendo a espaldas del mercado y del Estado. No hay pauta oficial ni publicidad que financie la libertad de expresión ni la existencia de una publicación destinada a la pasión y no a la moda. De eso se trata una revista cultural.

La segunda pregunta es más fácil de responder: la Asociación, dicen sus fundadores, llegó como resultado de varias necesidades y una consecuencia. Las necesidades parecen obvias: coordinar esfuerzos, sincronizar fuerzas y unir exigencias. Sin embargo, no fueron estas las que originaron la formalidad de crear una Asociación. “Nosotros venimos trabajando organizada, sincronizada y en forma unida desde hace tiempo, sino no podríamos haber sobrevivido al crack que representó el 2001 para la industria editorial comercial. Diciembre de 2001 se cargó, entre otras cosas, al 68% de las revistas y marcó un punto de la crisis que no tiene antecedentes a nivel global: la caída de la industria periodística argentina es única en el mundo y se estudia en las más importantes centros de formación en gestión de medios a nivel global”, destaca Claudia Acuña, presidenta de la Asociación de Revistas Culturales Independientes. Es ella la que recuerda la primera gran batalla dada por un grupo de revistas independientes en lo que llama “la posguerra neoliberal”. Fue en el despacho del secretario de Finanzas Públicas del entonces ministro Domingo Cavallo y en la última etapa del gobierno De la Rúa. “En ese momento, en el borde del precipicio, las revistas comerciales presionaron a un gobierno débil para obtener una ventaja más: querían que las revistas pagaran IVA. Parece un despropósito, en un país en donde todas las corporaciones evaden impuestos, pero la maniobra es un ejemplo de alta y asquerosa codicia: querían IVA porque como esas corporaciones tienen varios negocios, se les acumulaba un débito fiscal que no podían acreditar, pero a la vez exigieron que ese débito fiscal se les descontara de los aportes sociales que debían pagar por sus empleados. Querían vaciar, con una misma maniobra, las arcas de la AFIP y de las cajas jubilatorias.  Para nosotros, el IVA representaba no solo una carga adicional del 21% para nuestras publicaciones, sino también la exigencia de una estructura administrativa que ninguno de estos medios tiene, como por ejemplo, que un contador elabore todos los meses y en 10 días la liquidación impositiva. Nos organizamos, gritamos, pataleamos y golpeamos los escritorios de varios despachos y logramos un empate: el IVA para las revistas se pautó en 10,5%. Que este sea el gravamen que tenemos que pagar aun hoy las revistas culturales independientes habla por sí solo de cómo no han cambiado las cosas para nosotros”, señala Acuña, que por aquel entonces representaba a la revista El Amante y hoy forma parte de la redacción de MU, que edita la cooperativa de trabajo lavaca.

El primer punto de las cinco exigencias (ver aparte) que resumen las demandas actuales de la Asociación es, justamente, la quita del IVA. El segundo tiene que ver con otras de las demandas históricas del sector: la transparencia en las compras de publicaciones que hace el Estado desde la Conabip, el organismo que se supone provee de material de lectura a todas las bibliotecas públicas, que suman en total 3.000 en todo el país. “Cuando logramos, hace 10 años, que esas compras sean transparentes y públicas, el resultado que obtuvimos fue asombroso: el dinero alcanzó para comprar todas las publicaciones que se presentaron y cumplieron con los requisitos exigidos (para todas, sin excepción) y sobró para crear un concurso que alentó a la edición de nuevas revistas e incluso alcanzó para financiar la edición de libros en los dos rubros que el mercado más margina: la poesía y el ensayo nacional. Hoy, la Conabip maneja un presupuesto igual o superior con una política tan oscura y arbitraria que la convierte en uno de los más escandalosos agujeros de corrupción cultural de esta administración; no le rinde cuentas ni siquiera al secretario de Cultura de la Nación, de la cual se supone que orgánicamente depende”.

La Asociación se explica, entonces, por la necesidad de definir cómo relacionarse con un Estado que en materia de política cultural habla de una cosa y hace otras, algunas malas y otras peores. “Nosotros al Estado, lo primero que le pedimos, es que no nos meta la mano en el bolsillo a través de la Afip. Luego, que elabore políticas de manera discriminada: la mano debe ser más larga si quiere llegar más abajo. No puede ser que desde el gobierno se condene mediáticamente a un grupo como Clarín, al que se le sigue favoreciendo con la pauta oficial, y por otro lado una revista como Barcelona, que en muchos kioscos de la Capital vende más que ese diario, no tenga un aviso. Eso no solo no es coherente, sino que es injusto e injustificado”.

Acuña destaca, como prueba de lo contrario, la labor de Rodolfo Hamawi, director de Industrias Culturales de  la Secretaría de Cultura de la Nación. “No seríamos justos sino destacáramos que por primera vez vimos al Estado poner su aparato al servicio de los más chicos, como fue en el caso de MICA (la muestra que se organizó para facilitar el contacto entre productores y agentes del mercado independiente.) o el concurso que premió con la financiación de los cuatro primeros números a nuevas revistas culturales independientes”. Que esa sea hasta ahora una excepción y no una regla es parte de lo que la Asociación se propone cambiar.

Fue exactamente en el marco de MICA donde la Asociación mantuvo una interesante charla con un español, representante de una de las cadenas de librerías más importantes de la península ibérica, sacudida por las protestas de los indignados que acamparon en las plazas de Madrid, Alicante y Barcelona con una consigna: “democracia real: no somos mercancía de políticos y banqueros”. El español les comentó que durante casi dos décadas, la edición de revistas culturales fue alentada por un Estado y un mercado atragantados de recursos, el mismo que hoy estaba en quiebra. Angustiado, preguntó en voz alta: “¿Cómo se hace entonces para seguir editando sin la ayuda del Estado ni el mercado?”. La respuesta de Acuña fue sencilla: “Como hacemos nosotros: con la gente”. Así se selló la idea de hacer en España una muestra de revistas culturales argentinas que ponga en escena este debate. La Asociación se planteó entonces un desafío mayor: hacer que esa muestra recorra también toda la Argentina. “Nuestra idea es lograr que la Asociación tenga nodos regionales, que se organicen de acuerdo a sus prioridades y necesidades. No seríamos quienes somos sino respetáramos las diferencias y matices de cada lugar, porque ese, lejos de ser nuestro problema es nuestra fuerza. Y nuestro desafío: lograr un organismo diverso, federal y plural”.

Comenzamos hablando de la historia, pero para Acuña lo más importante es destacar que las revistas culturales independientes son el futuro. “Un futuro posible, si trabajamos hoy en dirección a cómo queremos que sea nuestro mañana. Queremos que nuestras revistas sean cada vez más fuertes, más importantes, más creativas y que representen en el imaginario de cualquiera que se acerque a la comunicación un camino posible, no sólo para escribir lo que se quiera con total libertad, sino para ganarse un sustento con total dignidad. Cada uno de nosotros está orgulloso de lo que hace y esto no es algo que pueda decir hoy un periodista que trabaje en un medio comercial. De eso se trata, entonces, la consecuencia: de lograr que esta profesión recupere la coherencia entre los que se escribe y lo que se hace para que lo escrito no tenga precio, sino valor”.