La teoría de la hegemonía yanqui

Explicaciones históricas del discurso que se impone desde la nación que pretende controlarlo todo. El ejemplo de Bolivia en la Revolución del ´52 en las pretensiones de Estados Unidos por ser el juez por encima del resto de las naciones.

Por Julia Sturla para NosDigital

La historia de la política internacional de EE.UU., desde sus inicios como país independiente, está atravesada por una concepción de expansión y de dominación que ha interferido en el desarrollo de toda Latinoamérica  y el resto del mundo. Esto se pone de manifiesto, por ejemplo, en la doctrina Monroe, en la idea implícita del “destino manifiesto”, el Plan Marshall, la doctrina Truman, entre otros.

El corolario de Roosevelt en los primeros años del siglo XX es un interesante ejemplo de aplicación de ese paradigma. Como ampliación de la doctrina Monroe a América Latina, Theodore Roosevelt en su discurso ante el Congreso de la Unión el 6 de diciembre de 1904, afirmaba la posibilidad y el derecho de intervención de los Estados Unidos en el continente americano. De este modo, cuando en la opinión de los EE.UU. una nación latinoamericana estuviese perdiendo el balance o caminara dentro de la inestabilidad debido a impotencia o fallas crónicas, los Estados Unidos tenían el derecho a “ejercer poder político internacional.” Este poder se justificaba en la idea que expresaba la necesidad de resguardar el derecho a la libertad, siempre que fuera ejercido con responsabilidad. Así, EE.UU. se posicionaba en juez y parte de los hechos que ocurrían en el resto de América, determinando cuándo no se ejercía “responsablemente” el derecho a la libertad y entonces se debía intervenir, paradójicamente, violando la libertad de un país en pos de la defensa de la misma.

En 1949 la situación social de Bolivia expresaba un ambiente de fuerte tensión que anticipaba la revolución que se daría tres años después. Así, mientras que el presidente Hertzog intentaba mantener controladas a los sectores mineros y campesinos, y el Movimiento Nacionalista Revolucionario iba ganando posición como partido dirigente, en EE.UU. Truman asumía la presidencia en el contexto mundial de pos-guerra. En su discurso inicial planteaba que su país trabajaría para conformar un mundo en el que todas las acciones puedan gobernarse a sí mismas. En contra de la “falsa filosofía” -como denomina al comunismo- y haciendo hincapié en que la democracia tenía como pilar la convicción de que el hombre poseía el derecho de gobernarse a sí mismo, Truman afirmaba que el gobierno tenía el deber de proteger los derechos individuales y la libertad de ejercerlos. Por esta razón, el gobierno de EE.UU. alegaba que se proponía luchar para establecer la paz, la estabilidad y la libertad de las naciones.

Y en ese contexto la política internacional estadounidense tendió, por un lado, a implementar un modo de intervención no militar en las aéreas donde se vislumbraban posibles alianzas para combatir al comunismo, y por el otro, a otorgar asistencia económica y técnica a los países no desarrollados.

Así, con el fin de combatir al comunismo, calificándolo en una reducción a un sistema totalitario y opresor, EE.UU. planteaba eliminar al viejo imperialismo invasor por un programa de desarrollo democrático.

Asimismo, EE.UU. se presentaba a sí mismo como el modelo democrático y de desarrollo económico que el resto de las naciones debería seguir. Planteaba que los recursos que podía ofrecer a otras naciones sub-desarrolladas eran fundamentales para generar una mayor producción, la clave del progreso y la prosperidad. De este modo, el grado de desarrollo era medido por el nivel de producción de cada país. Directamente relacionado con esa convicción, se desprende la visión que el país de norte poseía respecto de los países latinoamericanos. No es un dato menor que éstos sean categorizados como “países subdesarrollados o con necesidad de desarrollo” ya que ese concepto hace referencia a una percepción del mundo en su totalidad. Es decir que, todas las naciones debían recorrer el mismo camino, a diferentes tiempos quizás, pero la dirección era la misma que encabezaba EE.UU. En una pretendida linealidad de desarrollo éste logra posicionarse en el lugar de líder y benefactor económico mundial.

Este cambio conceptual del viejo imperialismo al progreso económico no implicó un beneficio, sino que por el contrario, justificó la intervención, es decir, donde el nivel de producción era bajo, la única solución era el desarrollo, y el desarrollo solo era posible en base a la ayuda económica y técnica externa.

Estas ideas fueron puestas en práctica en distintos países de Latinoamérica a través de las misiones y los estudios de las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo, entre otros.

En Bolivia, durante la presidencia de Urriolagoitia, este paradigma fue aplicado a través de  la misión de asistencia de las Naciones Unidas. Ésta realizó un informe conocido como “informe Keenleyside” que tenía como meta  ayudar al gobierno a elaborar un proyecto de desarrollo económico. La misión determinó que Bolivia contaba con todos los recursos necesarios para suministrar una sólida base económica a su pueblo, mas no se había llegado a esa meta. La raíz de este gran inconveniente, estableció, se encontraba en la inestabilidad gubernamental y administrativa que caracterizaba a la historia del país, lo cual habría sido causa y efecto del insuficiente desarrollo económico. La debilidad política y económica conformaba, así, la unidad problemática principal.

La solución propuesta por la comisión prescribió que sin ayuda del exterior el progreso de Bolivia sería imposible. Esa ayuda debía prestarse con asistencia técnica y profesional, y con la afluencia de capital extranjero, favorecida por un clima de estabilidad política y económica. En este sentido, se recomendaba la participación directa de asesores administrativos que ocupasen cargos en  la administración pública.

El problema que no comenta el informe se relaciona con los costos políticos y económicos que esas recomendaciones trajeron. La cuantía de préstamos, la dependencia del mercado externo, la ausencia de una producción diversificada, las consecuencias sociales que aparejaban las medidas liberales posteriores, la intrusión de personal extranjero en empresas nacionales como COMIBOL y, sobre todo, la participación directa de funcionarios extranjeros en la administración estatal, lo que es la expresión más fiel de que el aporte estadounidense era una intervención más que una ayuda.

De esa forma, EE.UU. intervenía en países como en Bolivia, donde las figuras revolucionarias no aparentaban ser una amenaza comunista,  reconociendo a esos gobiernos y prestando asistencia técnica y económica a cambio de condiciones que le eran favorables, encubiertas bajo el discurso del progreso. En estas circunstancias el paradigma del subdesarrollo fue utilizado para definir naciones no por lo que eran y deseaban ser, sino por lo que no tenían y en lo que tendrían que convertirse.

En ese sentido, había una relación de poder que seguía existiendo bajo un nuevo velo. Si el poder es una relación de fuerzas que se manifiesta en la medida en que se ejerce, podemos entender la intervención estadounidense en la revolución boliviana como el desenvolvimiento de su poder. Poder, sobre todo, político y no directamente militar, pero no por eso menos alarmante. El poder político puede desempeñarse inscribiendo de un modo oculto la relación de fuerzas entre las instituciones, manteniendo el desequilibrio de las fuerzas y las desigualdades. Por eso, podemos pensar que tras la relación política, en apariencia beneficiosa, entre EE. UU. y Bolivia se ocultaba una relación que debe entenderse términos de dominación.

Pero el ejercicio de poder no se realiza por completo si no se crea y se pone en circulación un discurso de verdad: fue para Bolivia el discurso del progreso y el desarrollo. Este nuevo paradigma ideológico justificó la intervención y actuó como la producción de verdad que permitió a la potencia de norteamericana someter a la nación boliviana a un nuevo tipo de dominación. Por esta razón, al pensar las relaciones de poder y de fuerza probablemente se parta de una situación económica concreta, pero no se puede olvidar la dimensión política, porque es aquí donde se termina de construir la hegemonía de unos sobre otros.