Subalternos en el México revolucionario

Por la redacción de Historia de Nosdigital

Enfrentando el estudio de la historia de las clases subalternas, más allá de la situación histórica especifica, es relevante asumir – bien explicado por Antonio Gramsci[i]– que se trata de una historia que “es necesariamente disgregada y episódica” por la labor y la acción de los grupos y clases dirigentes. Esa relación solo es posible a través de la existencia de vínculos de dominación/subordinación entendidos por todos como legítimos, o sea, la presencia de un Estado[ii]. En la hegemonía de una clase en el control del Estado, y por consiguiente la subordinación de otra clase, aún así la pasividad no encuentra lugar. Se trata de una relación con tensiones y fricciones, es esa la historia de las clases subalternas.

La expansión y el desarrollo del capitalismo en suelo mexicano, implicando la profundización de su inserción en la economía mundial en el espacio del siglo XIX, es parte de un proceso más general y abarcador que se corresponde con el continental. La penetración capitalista sin remedio llevó tanto a México como a Hispanoamérica a la inclusión definitiva en el mercado mundial como proveedor de materias primas. La exclusividad de ese desarrollo fue el haber sido la combinación de dos grandes procesos que se dieron en simultáneo: una aguda acumulación originaria y otra acumulación bien profunda, la capitalista. El campesino, el componente de las clases subalternas, sufrió y resistió también de forma dual: “Lo resistió como campesino comunitario, despojado y lo resistió como peón o como trabajador asalariado” [iii]. Lo que significa que el campesino sufrió expropiaciones de su tierra, su medio de vida, y acción siguiente fue cooptado como obrero asalariado, alejándolo de los frutos de su trabajo a cambio de una remuneración monetaria.

El campesinado mexicano que se involucró en la conformación del zapatismo proponía cambios radicales y claramente de clase. Se centraban en la estructura agraria, en la restitución de la propiedad histórica de las comunidades, en su autonomía, en el fin del latifundio. La democracia, solo directa; y la disolución del Estado burgués. El reformismo no tuvo lugar en el zapatismo. Lo que instalaron fue toda una nueva concepción de la realidad social de todo un país en donde los beneficiados y quienes detentaban el poder eran las clases populares.

Es casi cognoscible que “la elite no puede prescindir de la movilización de campesinos” [iv], con lo que eso implica: la sumisión de las clases populares a las necesidades de los sectores hegemónicos de poder continuar explotándolos. Así la pérdida de una conciencia de clase que, con algún reacomodamiento de las clases dominantes, le permite actuar como herramienta para su propia explotación. O sea que la elite necesita de las clases subalternas para legalizar el Estado que conforme y gobierne. Aún aceptando esto, cabría preguntarse por el resto de Hispanoamérica: ¿Cómo no ocurrieron otros procesos con ejércitos rebeldes y populares con avanzadas pretensiones de reformas agrarias?, ¿las particularidades de la realidad mexicana fueron tan profundas para provocarlo?, ¿qué tuvo el campesinado mexicano? Algo queda abierto.

 


[i] Antonio Gramsci. “Apuntes sobre la historia de las clases subalternas. Criterios de métodos”, en Escritos Políticos (1917-1933), Cuadernos de Pasado y Presente / 54, 2da. Edición modificada, México, 1981.

[ii] Adolfo Gilly. Historia a Contrapelo, México, ERA, 2006.

[iii]Adolfo Gilly. “La guerra de clases en la revolución mexicana (Revolución permanente y auto-organización de las masas) en Adolfo Gilly y otros. Interpretaciones de la revolución mexicana. México, Nueva Imagen, 1988.

[iv] Partha Chatterjee, “La nación y sus campesinos”, en S. Rivera Cusicanqui y R. Barragan (comps.). Debates post coloniales. Una introducción a los estudios de la subalternidad.