Culturas justas

El movimiento Meca, conformado por más de quince centros culturales, salió a presentar un proyecto de ley para que desde el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no los persigan más, tratando de clausurar sus locales. “No tenemos ayuda estatal y, encima, se nos maltrata y se nos clausura”, aclaran, con la cabeza puesta en lo que puedan lograr en el Congreso.

Afuera hay algunos grupos de artistas, de políticos, de espectadores, de periodistas, de culturas, de barbudos, de rastas, de peinados pelos cortos, de despeinados pelos largos, de fotógrafos, de… Lo que no hay es entrada, bah… no hay que pagar para entrar. Adentro hay mensajes artísticos en todas las paredes. En la planta baja, entrevistas en bajos sillones o de pie; arriba de todo, cuidadas pizzas, empanadas, sanguches, cerveza, gaseosa, conversaciones inter-centros, besos; en el primer entrepiso, más comida, más bebida, más conversaciones; en el segundo, aplausos y más aplausos. No son para los dos vertiginosos y equilibristas vasos apoyados sobre la baranda, ni para la pareja en etapa de chamuyo que pretende desde las sombras robarle la atención al escenario y las luces, sino CK Trivenchi, con sus clowns, su malabarista-acróbata, su gitana bailarina. “Esto que estamos haciendo entre todos es para todos”,  se enorgullece Putrefáctor, vestido en harapos color tacho de basura (lo único que Macri dejó de naranja-Ibarra y no tiñó de amarillo-PRO) mientras sus compañeros se despiden del público.

“Esto”  es un festival que siguió a una conferencia de prensa de MECA -el Movimiento de Espacios de Cultura y Arte integrado por El Mandril, Casa Brandon, Trivenchi Centro Kultural, Club Cultural Matienzo, Centro Cultural El Surco, Centro Cultural La Brecha, Usina Cultural del Sur, Visha Bravar, Vuela El Pez, Galpón de Maza, Salamanca Espacio Cultural, Café Cultural Criterio, Club del Arte y El Emergente-, que lanzó el proyecto de ley de Centros Culturales. Compañía Mandril lo explica en su lenguaje: una banda de jazz en vivo, batería a un lado, clarinete, teclado, guitarra al otro, sincronizados con clowns, bailarinas, acróbatas, en el escenario. Un chino, Inspector, persigue a otro chino, Creador de un centro cultural, recuerdan sus distintos encuentros: hermanas de por medio, siempre terminan en una ridícula riña; la única constante es la sonrisa del primero cuando encuentra una cámara de fotos que pueda llegar a transformarse en enormes carteles de PROpaganda. “Fotosí, sesho no. Centlo cultudal no echite”… hasta que el Creador le salva la vida y, ley ancestral mediante, obliga a Inspector a que imprima el sello de una vez. Eso sí. Para la ley, no alcanzó con evitar su muerte.

Resuenan las palabras de la conferencia de prensa contra los mensajes artísticos de las paredes: Aborto inseguro. Nunca más. “Nos podemos habilitar como salón de milonga, de tango, como teatro independiente, como cine, pero no existe una figura para los centros culturales multilenguajes”, explica Claudio Gorenman, del Club Cultural Matienzo. “Somos espacios de autogestión antagónicos a cualquier espacio que dé rentabilidad. No somos un bar, un boliche ni un local comercial. No somos nada de eso para lo que el Gobierno de la Ciudad sí tiene una política”, se queja Daniela Ledesma de El Surco. No hay espacio para ellos entre los carteles con triangulitos de colores. Si se habilitan en otro rubro y superan la capacidad, pueden recibir multas desde 12 mil pesos; si funcionan sin habilitación, desde 3 mil. NO SON BIENVENIDOS. “No tenemos ayuda estatal y, encima, se nos persigue y se nos clausura”, enfatiza, y las voces se diluyen. En el escenario no están más los chinitos ni Compañía Mandril.

Recorriendo Casa Brandon, los vasos seguían ahí, sobreviviendo, haciendo equilibrio, a las sombras, cual centro cultural, pero inalcanzables. Puta paradoja, la pareja también seguía ahí, cubriéndolos. Para salvarlos habría que cortar tanto amor, porque había amor. ¿Cuántos más habrán pasado y también prefirieron sacrificar el vaso? La comida seguía pasando, cada vez más tentadora. Pero en el escenario ya se estaba preparando Pimpollos, un dúo-pareja, más una guitarra. Entre canción romántica y canción romántica, “para nosotros es un honor y un placer estar acá apoyando la movida”. La movida de sacar redactar dos leyes y mandarlas a la legislatura. Una para crear la figura de centro cultural y otra para fomentar a todos los que ya puedan habilitarse. Porque no son locales comerciales y no son, por tanto, Beara ni Cromañón. Los Centros Culturales ponen la seguridad como prioridad. Por eso eligieron Casa Brandon como sede: un ejemplo para los edificios públicos, no solo cuidado en la apariencia, sino en la construcción. Daniela aclara: “Tampoco se justifica si la infraestructura está mal. Todo lo contrario, que nos ayuden”. Para eso son el Estado. Sin embargo, sigue: “Se nos persigue por facebook para saber qué estamos haciendo. Entonces, ¿qué? ¿Sí existimos para que se nos multe? Solo somos para dejar de ser. Tiene mucho que ver con que queremos hacer cultura popular de transformación y creación de identidad”.

Cierra Valeu! Solito y solo en el escenario, sigue el ritmo, pone caras y se come el escenario mientras canta. Es miércoles a la noche, el jueves a las mañana les socavó la cabeza a unos cuantos. La pareja parece acordarse. Se acomoda y vuela el vaso camino a la planta baja, con escala en un escalón, valga la cacofonía. Se hizo caca.

Abrazos van, abrazos vienen, Casa Brandon se va vaciando y espera que este año se trate la ley para que la cultura popular, nuestras culturas justas, no sean solo a pulmón.

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