Indigenistas de las independencias

En interpretaciones sobre el presente nacional y de Latinoamérica, los orígenes históricos tienen mucho para ofrecer. Entrevistamos a los historiadores Bruno Fornillo y Pablo Vommaro a fin de pensar la historia más allá de una linealidad simplificadora. Los roles de las elites, la diversidad en los sectores subalternos y las diferencias historiográficas en aquellos origenes nacionales de principios de siglo XIX.

Vox Dei canta que todo tiene un final. Eso nosotros no lo podemos saber. Pero sí creemos que todo tiene un origen. Acaso esa sea una de las funciones de la historia: remontarse en el tiempo, buscar las bases y los fundamentos de los procesos. ¿De cuáles?: En este caso, de la visibilización indigenista que se está dando en ciertos puntos de Latinoamérica, encabezados por el Estado Plurinacional de Bolivia de Evo Morales. Para hallar ese origen nos encontramos con los historiadores Pablo Vommaro y Bruno Fornilo, ambos docentes de América 3, cátedra Schneider, en la carrera de Historia de la UBA. Una cátedra que “surgió desde una necesidad de la carrera y de la facultad en general de que el área de América Latina contemporánea estaba muy poco trabajada, explotada”.

-¿El origen de estos procesos indigenistas que estamos viendo se deben situar en la época de las revoluciones independentistas o esa visión no formó parte de las independencias nacionales?

-Sobre todo con el ciclo político boliviano y su característica indianista que se relaciona con lo que sucede en Ecuador y en Perú, es decir en el área andina, como nota distintiva en relación a América Latina en general, se puede decir que ven con malos ojos el proceso independentista inicial de 1809. Porque en realidad los sectores indígenas campesinos y el evismo lo que reivindican es el cerco de Tupac Katari en 1781. Ellos se remontan como origen a ese momento inaugural del cerco de La Paz. En cambio, ven la revolución independentista como una línea de continuidad de las elites urbanas, que no establecen ningún quiebre real. Por eso ellos hablan de colonialismo interno. Es decir: existió un colonialismo externo, el de la dominación española. Pero luego de eso, un colonialismo interno marcado por la continuidad de esa dominación en las elites criollas. Por lo tanto, rechazan la idea de que haya existido un quiebre fuerte en esa revolución independentista. Eso es muy diferente en esa región andina que quizá en otras naciones más modernizadas del continente, como Argentina, Brasil.

-Es decir que las visiones indigenistas o indianistas no formaron parte de las independencias en este punto del continente.

-En un principio, uno podía decir que en aquel entonces, el grito libertario del que tanto se habla -que en la Audiencia de Charcas comienza en 1809- incluye una serie de sectores indígenas que se movilizan con ciertas elites criollas que se sublevan contra el poder hispano. Pero sin autonomía, participan de esa garra revolucionaria como fuerza secundaria. El resultado final se da en 1825, la acción de Bolívar y su mariscal Sucre que logra independizar la región. Con la independencia hay continuidades como la mano de obra del coloniaje, o sea la mano de obra esclavizada. Eso no se modifica hasta la revolución del 52. Y esa es una clave para pensar una atemporalidad de este proceso: atar a los indígenas a la tierra con una dominación política y sin salario persiste hasta 1952. Con lo cual, se puede pensar que la imagen de las comunidades en el 52 era parecida a momentos prerrepublicanos, a los de la época independentista.

-En la independencia de Haití, por ejemplo, sí hubo un quiebre fuerte con la revolución de esclavos.

-Habría que diferenciar o distinguir el movimiento indigenista con el de los negros, con lo afroamericano, que en Haití tuvo un protagonismo mayor. Incluso, en algunos momentos en independencia de la zona de la Gran Colombia, lo que es Venezuela, tuvieron un protagonismo mayor los negros también. En Haití, la primera independencia de América Latina, es un movimiento que fue hegemonizado por grupos de negros, que tenía diferentes estratos. Pero habría que distinguir que no haya una visión homogénea para América Latina, hay que marcar que dependiendo los grupos sociales y de la región que se trate es distinto. Con la independencia haitiana uno puede ver un proceso así. Lo que está bueno pensar es que las independencias como uno las ve son procesos de una visión hegemónica donde los grupos subalternos están, justamente, subordinados. Estas independencias en la región andina eran de las elites criollas. Los grupos indígenas tenían poco que hacer, poco que mostrar de su proyecto comunitario político y social, que sin duda existía, más visible o menos, pero tenían poco que decir dentro de ese proceso.

-¿Y esa revolución haitiana, que sí marcó un quiebre, no tuvo repercusiones en otros puntos del continente?

-No se si fue muy amplia la repercusión de la revolución haitiana. Lo que sí se puede marcar es que últimamente suceden dos cosas: la posibilidad de incluir esa revolución y la de Tupac Katari en la era de las revoluciones de la que tanto habla Hobsbawm. Esa inclusión dentro de las revoluciones de gran escala, que exceden el continente, que marcan una época revolucionaria de escala planetaria, junto con la de Estados Unidos y la francesa incluso. Otra cosa que me parece importante está relacionada a cómo esa revolución haitiana vendría a poner en entredicho la forma de pensar occidentalizada y moderna de la civilización que supuestamente se abre con el proceso independentista y con la occidentalización que vendría luego de ese punto de origen. Es decir, la consolidación de la modernidad occidental en el continente. Esa revolución cuestiona esos parámetros, porque llega a niveles de mayor radicalidad que le Revolución Francesa, que no ponía en entredicho la igualdad de razas ni la igualdad en términos económicos como sí lo hace la haitiana, que tiene como premisa una axioma muy radical que es el de “todos somos negros”.

-¿Más allá del área andina, en el resto del continente también son revoluciones de criollos sin influencia indigenista? Mantienen esa impronta de occidentalización que marcaban recién…

-Aun viéndolo desde el proceso dominante, es distinta la imagen en la zona andina que en México, por ejemplo. Al menos místicamente, aun recuperándolo desde un proceso de construcción del Estado, la imagen de la raza en México es mucho más valorada como constitutiva del ser mexicano que en Bolivia y Perú, donde la independencia es blanca y lo indígena es el atraso que hay que sojuzgar, ocultar o modernizar. Es decir, el ser boliviano tradicional es del Goni y el de Sánchez de Lozada, no el de Evo. En cambio, en México hay un rescate de la raza, como ellos dicen, que es la azteca. Es muy distinto también lo que pasa en Brasil, donde los indígenas son invisibilizados. Hasta el 91 hablabas con intelectuales o historiadores brasileros y te decían que no había indígenas. O que había sólo en el Amazonas, tipo Nacional Geographic. Hubo un censo en el 91 y descubrieron que sí había indígenas. Antes pensaban que había mil y se vio que hay 600 mil. Como acá en Argentina, con los Qom. La organización de los indígenas en la zona andina no tiene que ver con el reclamo de los Qom. También hay una visibilización acá. En la zona andina el entramado comunitario no tiene mucho que ver con los reclamos de la Qom, que tiene que ver más con un reclamo capitalista mercantil de la tierra y con muchas otras cuestiones que no se relacionan con ese entramado comunitario que se puede encontrar en la región andina.

-Hablando de Argentina. Hace unos días se cumplieron 200 años de la histórica visita de Castelli a Tihunaco, lugar donde recientemente asumió Evo como presidente. ¿Se puede ver ahí una raíz indigenista en Argentina, qué significó esa visita?

-Castelli suele ser visto por los bolivianos como una suerte de invasor. Tihuanaco formaba parte de una región que podía pertenecer al Río de La Plata y se trataba de incentivar la corriente independentista criolla. Pero la Audiencia de Charcas tenía suficiente autonomía, no olvidemos que Potosí era un lugar muy desarrollado, un centro económico de primer orden. Hubo otra serie de expediciones que partieron de Buenos Aires hacía allí pero tuvieron escasos resultados. En la historiografía boliviana, a diferencia de cómo se suele presentar en la Argentina, Castelli no aparece como una especie de radical de la revolución sino como una extensión hegemónica del centro porteño. Es algo bastante particular esa disonancia respecto al modo en cómo es tratado en la Argentina. No olvidemos que después esa audiencia de Charcas se va a fragmentar con respecto al territorio rioplatense, por lo tanto esas tensiones ya estaban inscriptas. Hay que desembarazarse de la imagen actual que, supuestamente, ve a Bolivia como un país atrasado y pobre y a Argentina como una cosa moderna. En 1825 se hablaba de que Bolivia era un coloso geográfico: tenía contacto con todos los países de Latinoamérica, manejaba las cuencas, tenía salida al Pacífico.

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