Malcolm X, EEUU también es lugar de revolucionarios

Repaso breve sobre cada huella de un revolucionario completo, convencido de que el racismo es el peor de los males de la sociedad estadounidense y el motor que empuja toda su lógica de conciencia. Contraposiciones con las propuestas electorales vende-fantasías de Obama: El valor del respeto por los propios principios.

Por Guillermo Mignini, especial para Nosdigital

“Luché lo mejor que pude y supe por la libertad de los 22 millones de negros en EEUU. Se que las sociedades han matado a todos los hombres que han intentado cambiarlas. Si puedo morir habiendo expuesto alguna verdad significativa que sirva para destruir el cáncer maligno que es el racismo en los Estados Unidos, entonces, todo crédito se debe a Alá. Sólo los errores han sido míos”.

Malcolm X (El-Hajj Malik El-Shabazz)

Por un breve lapso, cuando Barack Obama ganó las elecciones en Estados Unidos en 2008, tras ocho años de un nefasto ejercicio del poder imperialista por parte de George W. Bush, pareció haber esperanza. Se asomaban tiempos más tranquilos para el resto del mundo, afectado irremediablemente por la política exterior del Imperio. Obama prometió dialogar con Hugo Chávez y Raúl Castro, cerrar la base de torturas en Guantánamo, y finalizar la guerra en Iraq. Algunos le creyeron, hasta le otorgaron el Premio Nobel de la Paz. Dentro del país, el jubilo parecía el de una revolución, las calles se llenaron de universitarios, las redes sociales explotaron aprovechando la multimedia para expresar alegría. La revista Barcelona anticipó mejor que nadie lo que iba a suceder: “EEUU está listo para un presidente negro, no para uno progresista”.

El mundo hoy no está tan entusiasmado. La juventud yanqui, tampoco. Fue pedirle peras al olmo. Obama ganó porque recaudó más dinero para su campaña (casi mil millones de dólares) que su opositor, y le tocaba el turno a un candidato demócrata en el sistema bipartidista. Demás está decir que las escasas intenciones de diálogo no llevaron a ningún acuerdo, Guantánamo no cerró, se vanaglorió de matar a un (¿ex?)empleado de la CIA sin juicio previo, y hay una nueva guerra más sobre el mundo árabe, nuevamente por petróleo. Puertas adentro, el problema racial- ahora extremadamente complejo por la multietnicidad que habita su país- no avanzó. Admitió que las escuelas donde asisten blancos ofrecen mejores servicios, además las cárceles están colmadas de minorías y, la semana pasada, Obama firmó la prórroga de la ley racista/anti-terrorista Patriot Act hasta el 2015.

Sorpresa. Un hombre del sistema no trajo cambios. En este sentido, vale la pena revisar la historia a contrapelo y rescatar quienes sí quisieron lograrlo.

Todos conocemos y admiramos a Martin Luther King Jr. y el discurso de “Tengo un sueño” en la Marcha sobre Washignton de 1963. Pocos recuerdan a Malcolm X, un revolucionario y mayor estandarte del Nacionalismo Negro, corriente fundamental para entender la historia de lucha estadounidense. La “Farsa sobre Washington”-originalmente iba a ser una revuelta violenta y terminó financiada y controlada por políticos blancos- y el Movimiento de Derechos Civiles, dice Malcolm X, eran pedir por favor ser aceptados en el sistema. Los otros dirigentes le pedían paciencia y agradecimiento, que las cosas estaban mejorando. El pedía la revolución.

“Es un crimen de quien fuera que siendo brutalizado continúe aceptando esa brutalidad sin hacer algo para defenderse, si eso enseña la filosofía de Gandhi y la filosofía cristiana, son filosofías criminales”. Esto direccionado a Martin Luther King, su respetable contrafigura, quien alababa al líder indio y proponía ofrecer la otra mejilla. Criticado por predicar el odio, respondía “Si no-violencia significa no hacer nada para revertir la situación, entonces soy partidario de la violencia”.

Los medios de comunicación le tenían miedo, decían que era el único hombre en el país que podía comenzar una revuelta violenta, y también el único que era capaz de parar una. Conocía las calles de Harlem como la palma de su mano, y fue, sin discusión, el dirigente negro en los 60 con mayor llegada a las juventudes de los guettos negros, deseheredadas socialmente.

Ya desde antes de nacer, sufrió el racismo. Sus pelos rojizos, y tez marrón clara, le generaban odio cada vez que se miraba al espejo. No estaba orgulloso de su diversidad étnica, como Obama, quién el mes pasado gritó a cuatro vientos que era irlandés. Sabía que tenía esos rasgos, que representaban símbolos de status, porque su madre había sido violada por un hombre blanco que había abusado de su posición social superior. Cuatro tíos suyos habían muerto en manos de “demonios blancos”, como aprendió a llamarlos, uno linchado, otro violentamente reprimido por la policía. Su primer recuerdo de su infancia, ver su casa en Georgia, al sur de Estados Unidos, ardiendo en un incendio ocasionado por el Ku Klu Klan. Por eso se mudó a Michigan, cerca de la ciudad industrial de Detroit. Pocos años después, su padre fue obligado a acostarse sobre las vías del ferrocarril por otro grupo de racistas. Su cuerpo fue despedazado. Malcolm Little vivió el odio.

En esos años también entendería lo que pretendían quienes pedían trabajo digno e integración. El gobierno lo separó de su madre, quién fue internada en un manicomio. Lo adoptó una familia blanca que lo puso en una escuela blanca. En primer año del secundario, y siendo presidente de su clase, con el mayor promedio de la misma, su profesor le recomendó que abandone su sueño de ser abogado y se conforme con ser carpintero, o algo factible para un negro. Tan arraigado estaba el racismo en la sociedad que ni siquiera alguien con excelentes intenciones y que quería a Malcolm escapaba al mismo.

Ante estas perspectivas abandonó la escuela y se mudó a Nueva York. En Harlem, donde los trabajadores más respetables aspiraban a ser porteros y barrenderos, decidió vivir fuera del sistema. Conoció a las leyendas del jazz, a quienes les vendía marihuana. Poco tiempo después, comenzó a ganarse la vida en el juego clandestino y como ayudante en prostíbulos, cada vez despreciaba más a quienes trabajaban honradamente ya que era evidente que el sistema no los premiaba, y cada vez tomaba drogas más duras. Fue cuando comenzó a robar viviendas que lo apresaron y cambió su vida.

En la cárcel, la religión musulmana lo salvó de la droga y de su vida criminal. Una asociación llamada La Nación del Islam, que predicaba la separación de los negros en una nación independiente se le acercó y lo motivó a leer y aprender sobre la historia de su pueblo en América. La Nación del Islam, y su estricto código ético y moral le eran ideal para captar la atención de los más excluidos tanto en el sistema carcelario, como así en los guetos de Detroit, Chicago, Los Ángeles y Nueva York. Al salir de la cárcel, abandonó el apellido que le habían otorgado los dueños de sus antepasados y lo reemplazó por la letra X, en lugar de aquella identidad que le habían robado, y se convirtió en el ministro más devoto de la Nación del Islam.

Según cuenta en su autobiografía, gracias a su excelente oratoria y activismo hizo, Malcolm X crecer a la Nación del Islam de 400 a 40 mil miembros, lo cuál lo convirtió en la mano derecha del Honorable Elijah Mohamed y en una figura reconocida a nivel nacional. Tras doce años de fiel militancia, llego a organizar y ser el principal orador en reuniones de estadios repletos con más de 100 mil personas. Malcolm X enseñaba religión y disciplina, historia negra y defensa personal, pero también los delirios de su líder, quien se decía mensajero de Dios, tales como la historia de un científico llamado Dr. Yakub que creó genéticamente a todas las razas a partir de la raza negra y decidió que los blancos, inferiores, dominen el mundo durante 6000 años, tiempo que estaba por acabarse. Uno de los miembros más notables, y gran amigo personal de Malcolm X, fue el campeón mundial de boxeo Mohamed Alí.

“Conservadurismo en América significa mantener a los negros en su lugar. Liberalismo significa mantener a los afroamericanos en su lugar, pero prometerles más y engañarlos más. El hombre negro no estaría mejor con un presidente demócrata que con uno republicano”. Nunca cambió este pensamiento. Cuando Malcolm X dijo ante la prensa que John F. Kennedy se había buscado su asesinato, la Nación del Islam, que hacía tiempo intentaba desplazarlo porque la figura de su personaje tenía demasiado peso propio, utilizó este desafortunado comentario sobre el presidente más admirado por Barack Obama, y en aquel entonces muy querido por la comunidad negra no radicalizada, para expulsarlo de su organización. Malcolm, dolido y conociendo la organización por dentro, sabía que lo iban a matar. Sin embargo, en esos días ya había perdido respeto ante Elijah Mohamed- su mayor referente moral, político y religioso- al descubrir que había dejado embarazadas a tres ex secretarias suyas y luego las había incomunicado.

Antes de su asesinato el 21 de febrero de 1965 a manos de sus ex compañeros, realizó una peregrinación a la ciudad sagrada de la Mecca, en Arabia Saudita, viaje que todo musulmán debe realizar si tiene los recursos económicos para hacerlo. Malcolm X no los tenía, pero su hermana, quien ahorraba para su propia peregrinación, lo financió. En ese viaje volvió a cambiar su nombre a El-Hajj Malik El-Shabazz (Malcolm, quien realiza el viaje interior hacia la igualdad y es de origen africano). Allí, comprendió que podía haber hermandad entre distintas razas, y que el hombre blanco no era inherentemente malo, como había enseñado en sus años al frente de la Nación, pero que era imposible esa hermandad entre razas en la sociedad estadounidense, sociedad fundada en el genocidio de sus pueblos indígenas y basada en el axioma del hombre blanco superior.

Tras volver, fundó su propia organización, Muslim Mosque Inc, mucho más abierta ideológicamente que la de Elijah Muhamed. A fines de 1964 volvió a viajar, para reunirse con los presidentes de Ghana, Egipto, Argelia, Nigeria, Tanzania, Kenya y Uganda, para comenzar a predicar el panafricanismo y la unidad entre el pueblo oprimido negro estadounidense con los pueblos oprimidos africanos.

Malcolm X nunca estuvo a favor de la integración a la sociedad racista, sino que llamaba primero al pueblo negro a negarse a que le laven el cerebro y se constituya como una identidad colectiva unificada para luchar por sus derechos. Siguió estando en contra de los derechos civiles ya que predicaba derechos humanos, y nunca abandonó la religión, la base de su espíritu revolucionario, ya que creía que sólo cuando todos nos sometamos a un Dios que nos creó a hombres iguales podremos alcanzar la paz de la que tanto se habla y que tan poco se hace para lograr.