¿El último o el primer rebelde?: Tupác Katari

Relato sensible del cruento asesinato del líder aymara a fines del siglo XVIII. Tomado por muchos tendenciosos como “el último” revolucionario, preferiremos siempre contar su historia pensándolo como el inicio de algo que no ha llegado y por lo que aún se lucha.

Esperaba la orden que le pondría fin a su torturado cuerpo. Ante la vista de muchos, que con la mirada baja observaban a él, al indomable jefe aymara que supo poner en jaque el dominio español sobre la legendaria ciudad que supo ser capital de Imperio Inca, el Cuzco. Quién hubiese supuesto que aquella figura, ajada, destruida a golpes, había logrado juntar casi cuarenta mil hombres para enfrentarse a las unidades españolas y criollas en los intentos por acabar con ese dominador extraño que había venido del otro lado del océano, impuesto sus propias reglas, no solo ignorando las locales, sino prohibiéndolas y dejándolas en el olvido.

No todos habían aceptado las nuevas reglas del juego, Tupac Katari había sido uno de ellos. Al no haber logrado la victoria, ahora debía pagar con su vida el intento de ofensa sobre el poder militar más grande que supo conocer América, el que en pocos meses hizo polvo los imperios más grandes, los ejércitos más feroces, las tradiciones más ancestrales.

Y ahí estaba, echado, en la plaza de la comunidad de las Peñas, Cajamarca, actual Perú. Su castigo se estaba haciendo palpable. Pero él ahora recordaba de nuevo aquel asedio al Cuzco. ¿Qué falló? ¿Cómo pudo haber sido derrotado teniendo el triple de hombres, el favoritismo de los lugareños y provisión constante de bienes y hombres? Todo parecía inverosímil. Tal vez esos hombres barbudos, de tez blanca sí eran realmente invencibles, tal como muchos solían murmurar.  No, imposible. Eran de carne y hueso, ellos ante el filo de la espada eran como cualquier hombre. Pero ya era tarde para lamentaciones.

Los caballos habían sido traídos, y ahora buscaban las amarras. ¿Dolería? Seguro ¿Cuánto tardaría ese suplicio? Ya entre la muchedumbre se escuchaban plegarias cristianas y otras en quechua, que sobrevivían a pesar de su represión por parte de los frailes y curas que ahora inundaban el terreno.

Tomás Inca Sipe: su nombre pasaría pronto a ser una ofensa ante la Historia. Él lo había entregado a los españoles en las inmediaciones del lago Titikaka, cuando estaba buscando más tropas con el que alimentar su segundo cerco sobre el Cuzco. ¿Qué le habría motivado traicionar su propia causa, la de sus hermanos y amigos. la de su comunidad? ¿Acaso el dinero valía tanto la pena para condenarse hasta el fin de los tiempos como un sucio traidor?

Ahora sí. Todo estaba por terminar. Un caballo atado a cada extremidad, que tiraron para lado contrario cuando se dio la orden. Irónico, condenado por los conquistadores, asesinado por los animales del conquistador. Quiso decir algo, pero su lengua había sido cortada durante las torturas, como un modo de acallar su rebeldía. O eso había podido entenderles a sus verdugos en ese momento de intolerable dolor. Paradójico cómo la civilización y la fe cristiana accionaban en el Nuevo Mundo.

Solo hubo una orden, una estampida y un chillido. El 15 de noviembre de 1781 suspiraba su fin la personificación de la última gran amenaza del Imperio Español. Descuartizado yacía ese hombre. Su figura, su emblema y sus principios, en cambio, atravesaron su existencia física para ser símbolo de la resistencia americana.