África en perspectiva: mirando al sur desde el sur

La historia es un todo indiviso, pretenderla inconexa es llamar a la perfidia. Más a allá de los resultantes futuros que podrán o no venir, los levantamientos desatados en África en los últimos meses jamás serán entendidos con plenitud, si no se pone en valor el pasado precolonial del entero Continente. Aquí, herramientas para acercarse a la cuestión.

Por Julia E. Sturla

“La conquista de la tierra en su mayor parte no consiste más que en arrebatársela a aquellos que tienen una piel distinta o la nariz ligeramente más achatada que nosotros.” (Joseph Conrad, La conquista de la tierra)

Usualmente, el continente africano se introduce en el imaginario social como aquel lugar lejano, donde lo exótico, lo mágico y lo antiguo se unen en un gran mundo de fantasías. Empero, si se intenta pensarlo desde un punto histórico, probablemente pareciera que ingreso en la historia a partir de luchas independentistas, desatendiendo a un pasado anterior que es clave para entender la actualidad.

Así, generalmente los conflictos ocurridos en distintos lugares de África son analizados como pugnas étnicas, subsumiendo el componente político de los mismos. Este paradigma de análisis ha surgido de una visión etnocentrista que distingue al civilizado del bárbaro, al occidental del oriental. En esta visión, “oriente” más que una división geográfica, es una división ideológica que define a un “otro” inferior dentro de un mundo plagado de magia  y atraso. En este sentido, las diferencias se transforman en inferioridad.

Esta visión no es nueva, sino que bastante antes ya fue la justificación discursiva que permitió el avance de países como Portugal sobre el continente africano. Primero como comerciantes en las factorías, para luego asentarse en la costa forjando lazos con los jefes de los pueblos dando lugar al comercio de armas hacia el interior del continente y al tráfico de esclavos; para finalmente, invadir y conquistar todo África. Así, se concretaba en la historia el inicio de la dominación imperialista desde 1880, principalmente con Portugal, Inglaterra y Francia, luego con otros países como Italia, Alemania, Bélgica y España.

Anterior a la colonización, existían en África desde comunidades agrícolas autosuficientes hasta Estados estratificados como lo fue el Estado Mutapa. Las relaciones comerciales al interior y al exterior –mediterráneo y el continente asiático-  estaban bien desarrollados, como lo demuestra el conocido “corredor Swahili” en la costa oriental africana. El mismo era un gran espacio comercial entre los árabes y africanos, que recién pudo ser desarticulada con la llegada de los portugueses en el siglo XVI, para reorganizarse de acuerdo a la búsqueda de oro y marfil. Mientras los europeos no podían penetrar al interior, necesitaron de las alianzas con los jefes locales para expandir sus influencias, lo que decididamente desestabilizó las estructuras originarias de poder. Tal es así que se dio lugar a la formación de los grandes Estados esclavistas, partícipes de la conformación del sistema de tráfico de personas hacia América.

Con el fin de la trata en el siglo XIX, el continente volvió a reorganizarse de acuerdo a las necesidades de materia prima de los países protagonistas de la Revolución Industrial. Cuando esta formación ya no bastó, se profundizó mediante la plena colonización, coartando definitivamente la posibilidad de un desarrollo autónomo. Esta intervención produjo grandes cambios en las divisiones territoriales. Como suele decirse, una de las características del imperialismo fue el reparto físico –además de económico y político- del mundo. Consecuentemente, los países antedichos se dividieron entre sí distintas partes de aquel viejo continente. Lo que subyace debajo de lo que pareciera ser un simple trazado de nuevas fronteras, es la división y conjunción arbitraria de distintas sociedades originarias.

Al momento de la descolonización, esos nuevos límites se mantuvieron prácticamente intactos. Las antiguas colonias luchaban por su independencia y se transformaban en “Estados-Naciones modernos”. Sin embargo, dentro de cada uno de esos nuevos países independientes existen distintas sociedades  que perviven y conviven dentro de una misma frontera, a la vez que una misma población puede encontrarse dividida por ese límite impuesto desde el exterior. En este sentido, muchos de los conflictos entendidos como étnicos son algo más complejo, deberían comprenderse en tanto conflictos políticos de distintos grupos que luchan por el control del Estado, Estado que es fruto de las contradicciones históricas. El análisis que parte únicamente del plano étnico, desvaloriza la complejidad de la realidad africana y revive aquel no tan viejo discurso occidentalizante.

Tal es el caso de Nigeria que vive un clima de colisión post-electoral con la asunción de Jonathan, quién derrotó a Muhmmadu Buhari. Para algunas agencias de noticias, el asunto ha sido resumido como una competencia entre los seguidores del primero que se inscriben en el cristianismo y los del segundo que pertenecen a la religión musulmán.

Asimismo, Sudán manifiesta un momento de gran complejidad. Mientras se espera que se concrete la división entre el norte y el sur, lo cual creará dos Estados distintos, en el pueblo intermedio de Abyei -donde las fronteras son bien difíciles de identificar- se lucha a cuál Estado pertenecerá. Para algunas miradas, simplemente esto se limita a un conflicto entre dos etnias, a saber los, nómadas Misseriyas y los agricultores Dinkas.  Es necesario aclarar que Abyei es una zona de gran importancia petrolera.

Grupos que luchan por un mismo Estado, grupos que luchan por la creación de otro. Grupos que luchan por la identidad, grupos que luchan por la pertenencia. Grupos que luchan por subsistir, grupos que luchan por recursos. Aspectos, todos, que se unen en una complejidad mucho más amplia.

Mientras tanto, quienes hace más de un siglo comenzaron con esa “avanzada del progreso” sobre África, defienden con sus voces un futuro pacífico para esta región, a la vez que lo impiden con sus armas militares y económicas.

“No hace mucho tiempo, la tierra estaba poblada por dos mil millones de habitantes, es decir, quinientos millones de hombres y mil quinientos millones de indígenas. Los primeros disponían del Verbo, los otros lo tomaban prestado. (…)En las colonias, la verdad aparecía desnuda; las “metrópolis” la preferían vestida; era necesario que los indígenas las amaran. Como a madres, en cierto sentido. La élite europea se dedicó a fabricar una élite indígena; se seleccionaron adolescentes, se les marcó en la frente, con hierro candente, los principios de la cultura occidental. (…)Aquello se acabó: las bocas se abrieron solas; las voces, amarillas y negras, seguían hablando de nuestro humanismo, pero fue para reprocharnos nuestra inhumanidad.” (Prefacio de Jean Paul Sartre al libro Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon)

Colaboración de Julia E. Sturla para Nos. De 23 años, estudia fotografía y es incontenible la concreción de su licenciatura de Historia en la Universidad de Buenos Aires.