“¿Hablar de evangelio si no tienen dónde vivir?”

José María Meisegeier, Pichi para todos los que lo conocen, fue el sacerdote jesuita que reemplazó al Padre Carlos Mugica luego de que fuera asesinado por la Triple A en mayo de 1974. Cuenta cómo fue ser parte del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, lo difícil que le fue seguir adelante con esa tarea en tiempos de la Dictadura, el legado que dejó Mugica en los movimientos populares y da su posición frente a la situación actual de la villa 31 de Retiro.

“Antes de hablarle de Dios a una persona que no tiene techo es mejor conseguirle un techo”. Carlos Mugica leyó la frase del abate Pierre y entró en una suerte de trance. Quedó inmóvil sentado en el borde de su cama con los ojos fijos en la pared. Con el seño fruncido y los ojos celestes entrecerrados. Pensó en el Cristo de su Evangelio que curaba a los enfermos, alimentaba a los hambrientos, daba de beber a los que tenían sed. El Abate Pierre se lo decía desde el papel que tenía entre las manos. Dios se lo decía a través del abate Pierre”.

Fragmento de “El inocente: Vida pasión y muerte de Carlos Mugica, de María Sucarrat.

Carlos Mugica fue uno de los máximos exponentes de las luchas populares durante la década del 60 y principios del 70. Solamente hasta esos inicios de los 70 porque fue asesinado por la triple A el 11 de mayo de 1974 para acallarlo, para que no siguiera abriendo más cabezas. Fue cura villero, pasó de una familia conservadora y antiperonista a una vida para ayudar a los que menos tienen y con un gran apoyo al peronismo. La vida del sacerdote estuvo marcada siempre por una rebeldía constante. Pero empezó a dar un vuelco en las reuniones en la villa 31 en Retiro, a las que asistía de forma constante. Allí encabezaba y realizaba sus tareas comunitarias hasta el día de en que lo mataron, cuando fue reemplazado por el sacerdote jesuita José María Meisegeier o el Padre Pichi, como es conocido por todos, con quien formaba parte del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, un movimiento dentro de la Iglesia Católica argentina que intentó entre 1967 y 1976articular la idea de renovación de la Iglesia con una fuerte participación política y social, formado principalmente por sacerdotes activos en villas miseria y barrios obreros.

Pichi vive actualmente en el Secretariado de Enlace de Comunidades Autogestionarias (Sedeca), entidad fundada hace más de dos décadas. Nos recibe en su hogar, y como director del lugar, explica que su tarea ahí es “ayudar a incidir en políticas públicas sobre la vivienda y la marginación social”, así como también denuncian constantemente la exclusión y el drama de la falta de vivienda.

-¿Cómo empieza su relación con Mugica?

Como cura y como jesuita, me incorporé al grupo del Tercer Mundo en Capital en el año 1968. Ya veía internas jesuíticas, por lo que tenía que analizar distintas opciones, y decidí que para llevar adelante esto, era importante irme a vivir a una villa. Mugica en ese año estaba en Francia, conociendo Europa justo en pleno Mayo Francés. Él de ahí fue a Polonia, luego a Cuba, luego viajó a Puerta de Hierro para ver a Perón, que estaba exiliado.

-¿Cómo llegó a Retiro?

-Me pidieron que reemplace a un cura unos meses, unos días. Retiro era una cosa larga de tres kilómetros. Había cerca de cincuenta mil habitantes, desde lo que es la parte de atrás de la terminal de ómnibus hasta la avenida Salguero. Y yo me fui a vivir en el sector más cercano a Salguero. Mugica estaba hacia el centro, en el sector comunicaciones, en una de las capillas. Y yo estaba en la otra punta, pero nos veíamos con muchísima frecuencia. A todo esto había sido aprobado el equipo de curas villeros como obreros en villas miserias y los dos que zafábamos en el trabajo manual éramos Mugica y yo, ya que enseñábamos en la Universidad del Salvador. Él en Derecho y yo en Medicina. Es decir, iba trabajando en paralelo al Movimiento de Sacerdotes del Tercer Mundo con aspectos pobres. Una cosa que empezó antes de este grupo, eran los que formaban el movimiento de curas obreros, que después terminan anexándose al Tercer Mundo. Otro, que fue el asunto más importante y que está muy poco estudiado, son las ligas y movimientos agrarios en Chaco y Formosa, que empezaron en el 70. En el 71 es cuando los obispos dicen basta de la acción católica rural y se pasan a las ligas.

-¿Cuál era la forma en la que trabajaban en las villas?

-Se trabajaba con la propia gente que vivía en Retiro, pero también en esa época se empezó a dar un apoyo a los indígenas en las zonas de Chaco, Formosa, Misiones, Corrientes, Entre Ríos e incluso Córdoba. Se daba desde el Equipo Nacional de Pastoral Aborigen, donde se respetaban sus pautas culturales, su religiosidad, no estaba la idea de imponer las propias ideas del catolicismo, como el bautismo ni nada, sino ver la parte humana de ellos. Qué les vas a hablar de un evangelio si no tienen un techo donde comer, si no tienen donde vivir. Como pasa actualmente, que los rajan de sus tierras y meten soja. El asunto sigue igual aunque un poco peor.

-¿Era cuestión de explicarle primero la parte social antes que la religiosa?

-Son cosas que van muy unidas. Onganía en esa época hizo una peregrinación a Luján con su gabinete y le ofreció a la virgen su dictadura. Luego de eso nos reunimos los curas villeros y el volante que entregábamos en las villas decía: “A la virgen hay que darle cosas buenas”. En referencia a que obviamente una dictadura no es una cosa buena. El lema de la primera peregrinación villera fue “una patria libre, sin miseria ni explotación: por un gobierno popular”. Ya para 1968, 19 curas nos paramos frente a la Casa de Gobierno, donde llevábamos un informe sobre una ley nacional de erradicación de villas de emergencia. Luego a la tarde fuimos a repartirla a lugares céntricos con dirigentes de las villas. En aquél tiempo, era muy difícil comparar, había mucha conciencia social en algunos pocos dirigentes villeros. Había un ir y venir de lo social promocional porque Onganía había liquidado todo sindicato, toda agrupación barrial, toda asociación y nosotros llevábamos adelante el movimiento de villas y barrios carenciados.

-¿En qué momento se empezó a complicar su trabajo en las villas?

-Todo se fue deteriorando cuando empezaron las muertes villeras. En 1972, en abril, hubo un incendio de centenares de casillas y dos chiquitos quedaron carbonizados. Cuando hay una muerte, y sobre todo si es trágica, la gente se exaspera.

-¿Su relación con Montoneros cómo era?

-Tuve buenas relaciones con Marcelo Cerviño. A Nilda Garré la vi mil veces, compañera de Abal Medina. Había una efervescencia de lucha armada o de devolver al pueblo lo que es al pueblo. Hicieron un operativo una vez y atracaron un camión de leche en polvo y me dijeron: “che, Pichi, cuida esto”. Todo estaba muy movido. Todo esto fue cambiando lentamente. En tiempos de López Rega, había mucha división en querer ayudar al peronismo de base por un lado, montoneros por el otro y la otra izquierda por también.

-¿Por qué cree que Mugica nunca renunció a lo que pensaba y siguió adelante?

-La muerte de Mugica creo que era una cosa anunciada. Lo venían amenazando fuertemente. Hubo quienes le propusieron salir del país pero no aceptó. Lo matan el 11 de mayo a las 9:30 y la noche anterior nos habíamos reunido los curas villeros en Lugano, él me traía con el autito hasta Salguero y se me ocurre preguntarle “¿te siguen amenazando?” y me contesta que sí, que fuertemente. Pero que “no iba a dejar que entren en las villas”. “Yo no le tengo miedo a la muerte, le tengo miedo a la tortura”, me decía claramente, con un pensamiento muy natural. Pero en ese día y en esa hora él no se lo esperaba. Él ya había arreglado con Marta, con Alejandra, con Miguel con sus hermanos, si me muero dispongan de mis cosas. Ya estaba anunciada la cosa.

-¿Cómo cambia el trabajo en la villa a partir del 24 de marzo de 1976?

-El 24 de marzo se viene muy jodido. En Retiro, como el resto de las villas, de golpe cerraban todo, nadie podía entrar o salir. El 11 de mayo de 1974, el mismo día que matan a Mugica, me hago cargo de una parte del sitio. La cosa se fue poniendo muy difícil. Se cerraba la villa por los cuatro costados, se registraba uno por uno se pedía documentos, una prepotencia militar total. Eso en villas grandes y chicas. Del plan de erradicación no se hablaba. La ley que propusimos quedó ahí durmiendo.

-¿Cómo ve la situación actual en villa 31 de Retiro?

-Está difícil. Está la ley 3643 del Gobierno de la Ciudad que nadie sabe cómo salió.

No hay papeles. Siempre fue puerto o ferrocarril para ellos. Puerto desde que Buenos Aires es Buenos Aires. Y para la parte legal, si no hay papeles no existe. La autopista Illia está construida en el aire legalmente. Retiro después se fue poblando más. La gente fue avanzando por el otro lado de la autopista, en la villa 31 bis. Lo que dice Santilli (Ministro de espacio público porteño) es un disparate. Clienteliza a la gente. “Pecho amarillo”, les dicen los villeros a los que vienen del Pro. Los organizan en grupos de 40 para que pinten las paredes, es un maquillaje, no sirven para nada lo que hacen. Tema cloacas, redes serias de agua, tendido de red eléctrica, todo eso no se da. En este momento preelectoral se los utiliza. Están viendo de hacerlos clientes de esto. La parte sindical, esto lo hablé mucho hace dos años con Claudio Lozano, que ahora para mí se dio vuelta, trataba de crear conciencia vía ATE y gremios portuarios, pero no iba al tema importante las villas. Es difícil este tema.

-¿Qué legado piensa que dejó Mugica? ¿Ayudó a generar otra conciencia social?

-Toda muerte trágica genera cierta resonancia popular. Mugica se movía como trompo de un lugar para otro. Con su autito de acá para allá. Estaba dando vueltas por todos lados. Una figura muy conocida. Además de clase media, su actuación en televisión era brillante, muy rápido, claro, agudo para contestar, para salir al frente, para ir al problema. Despertaba atracción, mucho honor y mucho rechazo también en los que no pensaban como él. En el 69 había venido de Europa y el Papa había escrito una carta sobre el desarrollo de los pueblos. Un párrafo decía que “no había que quemar los excedentes agrícolas, había  que hacer un banco de alimentos para paliar los lugares con hambre del mundo”. Martínez de Hoz, enseñaba en ese momento derecho en la Universidad del Salvador y decía que el Papa estaba equivocado porque los excedentes agrícolas hay que liquidarlos porque hacen bajar el precio internacional. Y Mugica, claro, sostenía lo contrario. Sus alumnos le dijeron lo que estaba mencionando Martínez de Hoz. Entonces yo le dije: “A las 10 salen los dos, ¿por qué no te juntás a ver si llegan a algo?” ¡Para que! ¡Se agarraron a las trompadas!

Comments are closed.