La educación es la lucha

Por Julia E. Sturla

Desde muchos lugares escuchamos que la educación es un pilar fundamental para un país, pero… ¿Qué es la educación? ¿Qué es educar? ¿Para qué educamos o nos educamos? ¿Quiénes deben/pueden educarse? ¿Para qué modelo de país se educa? Las respuestas pueden ser variadas, pero lo cierto es que hay algunas que nos son inculcadas desde pequeños. Cuando en la escuela primaria cada 11 de septiembre rememoran a Sarmiento –imagen que no falta dentro del grupo de los próceres destacados de nuestra historia- cuentan que fue el padre de la educación, quien decía “Hay que educar al soberano”. Sin embargo, lo que no cuentan es como continuaba esa frase: “para que no vote al tirano.” “El tirano” eran quienes pensaban un país plural y disentían con la visión centralista y europeísta de Sarmiento.

Lo antedicho expresa una característica fundamental de la educación, a saber, que es política en sí misma; toda intención de educar tiene una intención político-ideológica detrás. Justamente, el problema es a qué intención responde. En este sentido, el educar implica debate, discusión y diferentes pensamientos. Y de aquí se desprende otro aspecto fundamental. La educación no es una simple transmisión de un conocimiento desde el profesor-que-sabe al alumno-tabla rasa; el aprendizaje -como resultado esperado de la enseñanza- no es una respuesta mecánica ante un estímulo. Lo que debería haber en esta actividad es una relación dialéctica entre el docente y el estudiante, mediado por un saber, en la que ambos actores tengan un papel activo.

De ese modo, es necesario pensar qué rol cumple el docente. Si bien muchas veces las condiciones presionan para que funcione como una máquina, no lo es. Su importancia radica en otorgar las herramientas necesarias para que el alumno pueda construir algo con el conocimiento, aprenda a pensar ese conocimiento. Sin embargo, las condiciones políticas, económicas y sociales hacen que esa situación ideal encuentre obstáculos por todos lados. Obstáculos en las escuelas sin agua, sin gas en invierno, sin los materiales y tecnologías básicas, situación bien conocida. Pero la peor ausencia en las aulas es la que se da como consecuencia de esas trabas, la ausencia de los mismos chicos y docentes. Chicos que deben trabajar, que no poseen los elementos básicos para asistir, que no tiene apoyo familiar y social respecto de la importancia de la educación; docentes ad-honorem o con un sueldo mínimo que se ven obligados a pasar sus horas en la calle para luchar por la mejora de su situación. Un círculo vicioso.

Luchar. En tanto política, la educación implica lucha constante contra ese círculo vicioso que no es para nada inocente, sino que responde a intereses específicos que se contradicen con un pueblo realmente educado. El verdadero “padre del aula” es cada docente que día a día pone su granito de arena para lograr que esa situación ideal se haga realidad y que, así, la población pueda educarse no solamente para no votar a un tirano, sino para que pueda construir una sociedad más justa.

“Por ver grande a la Patria tu luchaste con la espada, con la pluma y la palabra” dice el himno al que llaman padre de la educación, patria y educación en las que no cabían los pueblos originarios ni los gauchos, “barbarie” contra la cual Sarmiento luchó con la espada, la pluma y la palabra. Sarmiento no está presente, pero sí quienes siguen teniendo el interés en que solamente algunos “civilizados” puedan educarse.

Colaboración de Julia E. Sturla para Nos. De 23 años, estudia fotografía y está pronta su concreción de la licenciatura de Historia en la Universidad de Buenos Aires.

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