“Es un dolor que no podrá entender nadie”

La historia del Kily Peralta no es cualquier historia. De repente, un día, los médicos de Lanús descubrieron que tenía una afección cardíaca por la que debería abandonar el fútbol a los 28 años. A menos de un año de haber dejado la pelota, el exfutbolista cuenta cómo se arma un retiro cuando uno no tiene pensado retirarse. “Fueron todas cosas del destino que me cagaron”, aclara.

Adrián Peralta, o el Kily, como lo conocen, soñaba con poder vivir toda la vida del deporte que tanto ama: del fútbol. Añoraba hacerse ídolo de todos los clubes a los que representaba y con poder tener la mejor de las despedidas dentro de la cancha, como piensa que la tendrá Palermo en junio próximo. Pero no podrá tenerla. Pero no llegará a poder seguir viviendo del fútbol. No por no tener aptitudes deportivas, no por no tener las ganas y la pasión necesarias para marcar historia en un club, sino por una cagada del destino, como él lo llama. Una enfermedad. Una anomalía cardiaca, una afección en el corazón, lo alejó en abril definitivamente del verde césped a la corta edad de 28 años.

Es la vida de un luchador de barrio humilde que la remó desde abajo para poder llegar a cumplir su sueño de jugar y brillar en primera que fue cortada por una circunstancia inesperada. Es la desazón de un pibe que todavía no entiende cómo no está jugando a la pelota con sus amigos, cómo no puede seguir disfrutando de los mates de las concentraciones. El Kily, apodo que le puso Sergio Dipi en Instituto por su parecido al famoso Kily González, todavía no comprende lo que le sucedió. “Me costó muchísimo llegar, la tuve que laburar siempre de abajo, arranqué a jugar en clubes del ascenso. Siempre luchar, escalar y pelear siempre, no merecía terminar mi carrera así. No lo comprendo, no lo entiendo, es complicado que termine así”.

En sus palabras se siente el dolor de la pérdida de algo amado. De la desgracia de no poder seguir disfrutando de pegarle a una pelotita, de festejar con sus compañeros. Todavía sigue esperando un milagro y que le detecten que puede seguir jugando al fútbol, pero sabe que las chances son muy escasas: “La primera vez que me lo detectan el problema, es cuando volví a Lanús después de haberme ido a préstamo a Huracán. Yo seguí jugando, casi ignorando y tratando de pensar que era algo que no podía pasarme, pero la desgracia pasó en la cuarta fecha, contra Gimnasia, cuando me dijeron que tenía que dejar de entrenar porque era peligroso seguir jugando”, afirma en forma pausada y lenta el volante ofensivo.

Fue un dolor emocional inmenso para él, pero no sentía dolores físicos. “Nunca me dolió nada, me decían que es una enfermedad que los síntomas se sienten antes, pero a mí no me dolía nada”, dice el Kily. Y agrega un dato más: generalmente esta enfermedad se detecta en plena etapa del desarrollo, a los 17, 18 años, pero a él le pasó a los 27. “Fueron todas cuestiones del destino que me cagaron, siento impotencia la verdad, pero también me dijeron que es poco frecuente pero que le puede llegar a pasar hasta a gente de 60 años”, dice el Kily.

En Lanús le hicieron todo tipo de estudios para verificar lo que le pasaba: resonancias, electro, ecoduplex y hasta un ADN, porque decían que era una enfermedad congénita. “A toda mi familia le salió bien, entonces tenía esperanza de que iba a salir todo bien. Después el estudio de España salió bien, pero me comunicaron que no podía seguir jugando, que si me seguía esforzando, las venitas del corazón, que son como un músculo, se iban a seguir alargando y eso llevaba a una muerte súbita”, dice como un especialista. Todo muy raro para él, que dice que tampoco lo llegó a entender del todo.

Durante todo ese momento, sintió que era una etapa de las más duras que debía atravesar. Por suerte para él, su familia, su nena, su mujer, sus amigos del fútbol, sus compañeros, los hinchas y hasta periodistas, estuvieron ahí para contenerlo.” Mucha gente cuando se enteró me mandó mensajes de afecto, de cariño. Me llamaron de todos los lados donde jugué. Con Agustín Pelletieri hice una amistad enorme, desde que me pasó esto me llama siempre y hasta vino a casa con Sebastián Blanco”, explica con orgullo. Y agrega: toda esa gente que se le acercó son los que quería él que se acerquen. “Creo que fui una buena persona en el fútbol y por eso recibí tantos llamados de gente de bien”.

El Kily nunca pierde la esperanza de volver a jugar y afirma que fue una decisión prematura la de decirle que dejara el fútbol. “Los cardiólogos que me vieron tampoco se la jugaron mucho, no quisieron que siguiera jugando por un miedo y por temor a que me pasara algo y que sufrieran consecuencias”, afirma con convicción, aunque rápidamente se retracta y le da la razón a los médicos: “a pesar de todo, es entendible esa postura”.

Aún hoy, le sigue costando la vida sin la rutina del futbolista. “Cuesta mucho. Sigue costando. El fútbol era un trabajo, me duele mucho haber perdido todo esto. Estoy todo el día en casa, se extraña las concentraciones, la pretemporada y tengo un dolor adentro que a lo mejor no lo va a entender nadie y me va a quedar para siempre, porque yo veo en la tele y me siento bien como para jugar, y no poder hacerlo me cuesta muchísimo”, menciona con bronca. Pero sabe que tiene revancha. Ahora está pensando la propuesta que le hizo Lanús de trabajar en las inferiores del club o de ayudante de campo, aunque desea previamente tener una preparación. “Quiero hacer el curso de técnico y estar preparado, no quiero ir y pasar vergüenza delante de un grupo, porque vos tenés que saber expresarte delante de un grupo, lo táctico lo puede aprender, pero de la expresión no es fácil”, afirma. Igualmente, sabe que mientras haga el curso de DT, puede ir adquiriendo experiencia como ayudante.

“Me gustaba el Lanús que teníamos con Luis (Zubeldía), el fútbol de Vélez de hoy. Todo lo que sea vistoso, me encanta, por eso por supuesto el Barcelona me fascina”, contesta sobre a lo que apuntaría cuando sea director técnico. “De afuera podés marcar muchos aciertos y virtudes que no podés desde adentro porque lo vivís con adrenalina, eso también es lo bueno del fútbol”, dice el Kily.

En su corta carrera, tuvo alegrías de todos los colores. Arrancó desde abajo en el Nacional B con Tristán Suárez durante tres años, logró convertirse en figura y ascender con Instituto de Córdoba, pudo jugar en una de las ligas más importantes del mundo como la española vistiendo la camiseta del Mallorca, pasó por Newell’s, por Huracán, pero sin dudas, su mayor explosión de felicidad deportiva la vivió jugando para su tan amado Lanús, ganando el campeonato de 2007.

“Fue impresionante. Se armó un grupo lindo, mucha gente de experiencia que sabían manejar al grupo – Bossio, Graieb, Maximiliano Velásquez, Pelletieri- y después con el apoyo de Ramón (Cabrero) y de Luis (Zubeldía) pudimos salir campeones. Fue inolvidable, mucha gente me dice que tengo que estar orgulloso porque hay muchos jugadores que no se retiran habiendo ganado un campeonato, o habiendo jugado en una liga tan importante como la de España, y yo lo pude hacer. Tienen razón y voy a estar agradecido toda la vida”, dice con la pasión de un hincha más y agrega que esa emoción se la quiere trasmitir a su hija cuando vaya creciendo.

Pero ese no fue su único título, también logró el ascenso con Instituto de Córdoba a Primera, jugando en un gran nivel, que lo hizo emigrar al Mallorca. “Desde chico veías en la tele siempre salir campeón a Boca, a River, pero pienso que uno de los logros más importantes que logramos con Lanús fue que empezaran a pensar al fútbol argentino como posible para otros equipos, demostramos un cambio de mentalidad”, dice Peralta. Y los datos le siguen la corriente: Después de Lanús, Banfield, Argentinos Juniors, Vélez, Estudiantes, fueron de los tantos que lograron dar la vuelta olímpica.

“Lo veo a Palermo retirarse como se va a retirar y me da una envidia terrible, porque así soñamos todos con despedirnos del fútbol”. Todavía no lo comprende ni lo va a comprender, pero sabe que el fútbol le va a dar una revancha. Le va a dar una segunda chance en el mismo verde césped en el que soñó que iba a dar una vuelta olímpica con Lanús en la Bombonera y la pudo dar, en el mismo terreno donde pudo convertir sus goles en Primera, podrá dirigir y añorar que otros chicos puedan cumplir los deseos que le faltaron concretar a él para que tengan en un futuro su despedida merecida.

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