“Tener nietos que no conozco es volver al infierno”

El escenario es de los menos pensados: Elsa Oesterheld, viuda del creador del Eternauta, sentada en su departamento, en el mismo edificio donde días atrás Reynaldo Bignone cumplía su prisión domiciliaria. “Ellos son los que no miran a los ojos”, cuenta. Los nietos que busca y el gobierno son los tema protagónicos de esta charla estremecedora.

“Lo mío es demasiado fuerte para aguantarlo, pero lo aguanto”. Y nunca un insulto, una agresión. “Les doy el ejemplo”, dice Elsa Sánchez de Oesterheld y explica: “Son ellos los que no me pueden mirar a la cara”. Y no pueden porque saben que lo que hicieron fue lo peor que podrían haberle hecho a una madre: matarle a un hijo; y en su caso no fue uno, fueron todos, todas sus hijas, las cuatro, Beatriz, Diana, Estela, Marina y, luego, al genial Héctor Oesterheld, su esposo, que volvió del exilio al enterarse lo de sus nenas, sabiendo que lo iban a buscar para matarlo. Y lo mataron. En un año la dictadura militar destruyó a una familia entera y dejó a Elsa sola, buscando a tientas, en la oscuridad de un aparato genocida macabro, la única luz que quedaba entre tanta muerte: sus dos nietos robados. Así llegó hasta las enormes Abuelas, de la mano de Adolfo Pérez Esquivel, que le dio esa soga para sacarla del pozo profundo del dolor eterno. Ya sabía Elsa que sus hijas y su marido estaban muertos, asesinados cobardemente, fusilados, con un tiro en la nuca, torturados. Pero no sus nietos, dos de ellos salvados a tiempo: Fernando y Martín. Otros dos aún perdidos.

Elsa se mantuvo siempre en un perfil bajo. Cuando le preguntaban por su brillante esposo, por su magnifica obra, se limitaba a eso, “el resto es mío y de nadie más”, tratando de mantener ese nicho en la memoria del hombre que amaba y que la enamoró por su desmesurada inteligencia. Hoy se muestra más abierta a contar su historia de dolor y lucha, como ejemplo, como referencia, como evidencia de lo que fue la miseria criminal de la dictadura.

Nos recibe en su departamento, dentro de un complejo de edificios castrenses, en pleno barrio militar, en Cañitas. Rodeada por los cómplices, por los colegas, por los ideólogos del plan de aniquilamiento de sus hijas; en su mismo edificio, en otra torre, cumplía sus últimos días de prisión domiciliaria el genocida Reynaldo Bignone antes de ser sentenciado el pasado 15 de abril a cárcel común y perpetua.

-¿Por qué acá? ¿Por qué en un departamento sola, rodeada de militares?

-Yo vivía acá cuando las Cañitas era pobre. Cuando nací, era muy buena la situación económica de la familia, pero en los años treinta tuvimos una gran crisis y vinimos acá. Mi mamá ni salía a la calle, era una mujer muy delicada, muy fina, y no le gustaba. Yo era todo lo contrario. He vivido siempre en el barrio con mis padres pero después de que murieron, como su casa era muy antigua, la vendí y quise comprar un departamento con lo que me dio de la casa y compré éste que era de los milicos. Y todos me decían: “¿Te vas a meter ahí entre todos estos?”. Y me metí y dije “yo voy a dar el ejemplo” y les hice frente sin molestarlos para nada, entonces los tipos no sabían que hacer conmigo porque cuando se supo qué habían hecho era terrible, porque era descubrirse, ellos negaban todo y estaba yo, pero no decía nada. Buenos días, buenos tardes, nada más. Jamás se atrevieron a decirme nada, al contrario, varias de sus mujeres vinieron llorando a pedirme perdón. Ellos no, ellos era como que se escondían. Una vez vino un periodista y me dijo “¿Qué hacés acá, estás loca?”, yo le dije que es mi casa y me dijo: “Pero ¿cómo aguantás?”, yo no tengo nada que aguantar, son ellos, yo no. “¿Cómo podés?”, me decía. No, no puedo: debo. Les dí una lección a todos, a todos. Muchos me pidieron perdón. Estaban desesperados porque se dieron cuenta que habían arruinado la historia argentina para siempre. Nunca hablé con nadie, ellos venían a hablarme, vinieron muchos, otros no. Esa conducta mía de nunca jamás haber creado una cosa incómoda para nadie fue lo que obligó a los tipos a respetarme. Es muy difícil tolerar una cosa como la que yo toleré, los militares se vieron muy mal conmigo. Cuando ese periodista me dijo “¿Cómo hacés para mirarlos a los ojos? Yo los mataría”,  le respondí: “No, no los mato, no quiero ser como ellos. Yo los puedo mirar a los ojos, son ellos los que no pueden y tratan de evadirme”.

-¿Cómo sintió el haber vuelto a hablar del dolor de la dictadura?

-Es una especie de locura, me toca de todos lados. Fue con este gobierno, antes no se podía hablar de él, de Héctor. Me buscaron de todas partes, todo el mundo. El que tuvo la culpa -en broma, porque lo amo- es Juan Sasturain. Juan me llamó por teléfono y me dijo si podía hablar conmigo y no sé por qué acepté después de cuatro años de no ver a nadie: mi vida era cerrada, del trabajo a mi casa. Le dije que si, aunque no lo conocía y que no iba a hablar nada más que sobre quién es Héctor Oesterheld, el resto es mío y de nadie más. Se quedó medio cortado porque yo soy muy directa, no tengo manera de fingir nada. Cuando Juan empezó a hablar de Héctor me di cuenta que lo conocía como intelectual más que yo. Ese fue el principio, ahora a él lo adoro y junto a su mujer son los únicos que me hacen reír. Yo tengo muy poca confianza en el periodismo, cualquiera es periodista, hablan sin saber, es peligroso porque creen que las saben todas. Yo también soy muy especial, tengo un carácter fuera de lo común, quizá por la experiencia que tuve que me cambió definitivamente, no soy más la que fui. Y yo era ya una persona que no era común.

-¿Qué significó para el mundo del arte la desaparición de Héctor?

-Para mi es un hombre que lo perdió el país porque era realmente un tipo que no quiero ni pensar a lo que podría haber llegado. Él decía que al Eternauta lo iba a cambiar por una novela histórica, quería dejar los guiones y también empezaba a volverse loco con el tema del cine, se lo pedían de todos lados. Era un tipo creativo y tenia una cultura descomunal, hablaba cuatro idiomas, era único. Empezó haciendo cosas de chicos, se encontró con María Elena Walsh y dijeron “tenemos que hacer algo juntos”. Con los chicos era genial, “El gatito” y esos personajes. Tenía una inteligencia fenomenal. El que leyó Gatito no se lo olvida más, hay gente que me sigue llamando por eso. Después cuando se dedicó en serio a la historieta le iba mal porque los editores eran unos abusadores y a nadie le pagaban, era un genio pero era un genio que se moría de hambre, toda la vida fue así. El Eternauta empezó cuando él se quedó con la gente de Montoneros, estaba decidido a todo. Para mí se perdió un verdadero valor para el futuro de la historia, ni siquiera para la historieta.

-¿Y en lo personal?

-Él me gustaba con locura. Yo me enamoré de él por su intelectualidad. Vengo de un ambiente totalmente diferente de Héctor, él vino de una familia con mucha plata, después la perdió toda mi suegro, pobre, le fue muy mal. Todo lo que Héctor fue, en su trabajo y en todo, se mató; se destruyó a una persona de la manera más vil y ridícula posible. Era un tipo sabio, que tampoco le interesaba tanto la política, salvo en el final de su vida, porque entendió que había que hacer algo, que había que cambiar y las chicas entendieron lo mismo. Todo eso hay que reforzarlo, pero hablando también de los errores cruciales que han tenido: la realidad del ser humano cuando lucha está con los errores también.

-Cuando Héctor y las chicas comenzaron a militar ¿podían comunicarse con vos?

-A las chicas las veía, pero a él no porque cuando se metió totalmente con Montoneros no le quedó otra. Era una persona con la que me casé porque justamente coincidíamos plenamente en el sentido político. Las chicas cuando pudieron se comunicaron pero hubo un momento que no quise porque me seguían a mi para agarrarlas a ellas porque sabían que a mi me veían, el punto neurálgico era yo, ellas querían verme siempre y siempre que pudieron me vieron. El contacto era muy difícil que lo perdieran hasta que yo les dije “por favor, no, no llamen más”. A Beatriz la agarraron habiendo estado conmigo toda la tarde en una confitería, me contó que iba a inscribirse en medicina porque había perdido el ciclo, tenía que volver a dar el año que viene y de la manera que vivía era imposible. Yo sabía que estaban vivas porque me llamaban por teléfonos comunes de la calle y así una sabía de la otra hasta que llegó un momento que no sabía nadie de nadie. Después que la agarraron a Beatriz fue una carrera tremenda: en una año mataron a las cuatro y eso que estaban totalmente separadas una de otra y dos estaban embarazadas. Diana, la mamá de Fernando, vivía con su pareja en Tucumán. Ella ya estaba con un embarazo avanzado. Héctor se pudo comunicar un tiempo con las chicas, después nada, lo perseguían y era definitorio.

-¿Héctor dónde estaba cuando pasó lo de las chicas?

-Él se fue a Europa, después volvió; otros dicen que nunca salió del país, todavía no lo tengo claro, no lo vi más desde el momento que decidió afrontar la política. Yo sé que trabajaba para Montoneros y por eso estaba afuera. Algunos dicen que volvió cuando habían matado a las chicas, sus compañeros le decían que no vuelva, que se quedara allá en Italia. Él dijo: “No puedo, cómo me voy a quedar así”, y acá lo agarraron. Él venía prácticamente a que lo… (calla, mira al vacío). No se entregó: intentó hacerlo pero parece que se lo llevaron en un encuentro con gente de él que alguien delató. Lo que no hay manera de entender y de explicarse fue lo de las chicas. Para mi ya no hubo más nada después de mis hijas, me las quitaron a las cuatro. Héctor era un tipo grande que sabía lo que hacía, yo le decía: “Vos estás liberado de mi de lo que quieras pero no te olvides que tuvimos cuatro hijas y que ellas también van a recibir dios-sabe-qué”. Y ellas estuvieron aterradas cuando se dieron cuenta de lo que iba a pasar, ya venían matando a un montón, fueron las últimas en caer en el momento más terrible. Yo tengo dos nietos que no sé dónde están. Fui al juicio que le hicieron en Tucumán al que mató a Diana y le dije: “Ella estaba embarazada ¿dónde está el chico?” y me contestaron “No sabemos señora”, “¿No me dijeron que la fusilaron acá en Tucumán? ¿No se dieron cuenta que estaba embarazada? ¿Murió con ella el bebé?” y decían “No señora”. Estoy en la búsqueda de los dos chicos, solo pensar que tengo dos nietos que no conozco me vuelve loca, es volver al infierno.

-¿Cómo salvaron a tu nieto Fernando?

-Lo salvamos por su padre. Ellos vivían en su casita en un barrio que parece que los adoraban. Cuando los fueron a buscar la agarraron a mi hija Diana sola con Fernando que acababa de cumplir un año y lo llevaron a la casa cuna. El padre, como estaba llegando a la casa, se salvó esa vez y entonces vio todo y además los vecinos le contaron. Vio que la estaban llevando a ella y no sé quién le dijo que lo llevaron al bebé. Él les mandó una carta a los padres diciendo que lo vayan a buscar a la casa cuna que Fer estaba ahí, que seguro estaba ahí; pobres viejos fueron qué sé yo cuantas veces y les decían que no, ahí no estaba y parece que el abuelo se puso como loco y dijo: “Yo me voy, pero voy a volver y si no me lo entregan los mato a todos”, pobre, no sé si hubiese podido o no pero él dijo “yo los mataba”. Además había visto un chiquito de lejos y se dio cuenta que era el nene. Yo estaba trabajando y no me quisieron decir nada hasta que por lo menos lo rescataran. Y así hicieron. Ellos fueron solos a la casa cuna, lo que fue una imprudencia tremenda porque eran gente que no sabía moverse contra semejante cosa, aunque en realidad nadie sabe que tiene que hacer en un caso de esos. Se pusieron muy mal y a una abogada le dio tanta pena que les dijo: “Ustedes agarran al nene y se van en el primer tren que venga; yo les voy a dar un papel en el que los autoricé y me responsabilizo”. Tiempo después secuestraron al padre. Ahí me fueron a ver a mí para que interviniera en todo porque ellos estaban locos de terror. Fernando tenía una tía, esposa de un hermano fallecido de su padre: una persona bellísima que lo crió con todo el cariño como si hubiese sido de ella. Fernandito era uno más, él no sufrió la ausencia de la familia, después se fue juntando conmigo y cuando fue más grande se vino conmigo y con Martín, mi otro nieto; se criaron como hermanos, los dos con la misma tragedia y los mismos abuelos. Al abuelo no lo conocieron, lógicamente.

-¿Cuál es su relación con el oficialismo?

-Lo mío fue muy espeso, es casi intolerable aún hoy. Hay gente que lo comprende, y creo que Cristina es una de ellas. No tengo edad para formar un proyecto, pero me siento feliz que mis nietos ya van a tener otra vida. Con la presidenta tengo una relación de agrado, la admiro y la sigo,  soy cien por ciento kirchnerista por lo que han cambiado el país de golpe. De repente ví el cambio de la juventud que para mí es la que marca las épocas y esta época es clave. Yo seré muy vieja pero para la juventud todavía sirvo. La muchachada de ahora es totalmente diferente. La juventud que tiene algo en la cabeza tiene el interés de empezar de nuevo, de que renazca una nueva esperanza. Y ahora les toca a ustedes. Y les tocó Néstor que les dio la orientación para seguir creando. El sentido de mi vida hasta que cierre los ojos es que el país ahora sea ocupado por gente que sepa darle otro criterio a la patria. La patria no es la bandera, sino construir desde adentro de cada uno para afuera. Quiero encontrar una política que valga la pena estimular, y en este momento siento que es ésta.

-¿Cómo ve el avance en los juicios a los genocidas?

-Tienen que estar presos y tienen que descubrirse todo lo que se hizo. Yo nunca dije un insulto, una mala palabra, nada. En general no voy a los juicios porque hay que tener fuerza de voluntad para ir y verlos a todos ahí sentados. Lo mío es demasiado fuerte para aguantarlo, pero lo aguanto, ya saben, por eso me tienen loca de todos lados, hasta en el mundo, es una cosa que donde voy saben quien soy. Pero hoy me alegro por haberme decidido a enfrentarlos de esta manera porque le di un ejemplo a los nuestros, porque considero que nunca deberían haber buscado a los chicos para meterse en eso sabiendo lo que iba a pasar, por eso tengo mucho dolor. Demostraron lo que eran y defendieron lo que creían. Dieron la vida.

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