Recuperar protagonismo de los trabajadores

De Claudio Tarulli, lector de NosDigital.com.ar

El movimiento obrero pasó por varias etapas a lo largo de su desarrollo, que por su extensión no podemos tratar aquí. Pero revisando algunos acontecimientos que jalonaron su rica historia, lo vemos emerger en 1983 de la noche negra de la dictadura civico-militar de 1976. Esa experiencia adquiere una enorme relevancia política dado que el movimiento obrero fue el blanco contra el que la dictadura lanzó lo más furibundo de su fuerza represiva. Y ello reconoce causalidades.

Se buscaba, y en parte se logró, acorralar a los trabajadores, disciplinarlos férreamente, mediante la represión desencadenada, y jibarizarlo mediante la destrucción del aparato industrial, cuyo objetivo se encontraba presente en el proyecto económico pergeñado por el llamado “Proceso”. Un testimonio literario concluyente, lo constituye en tal sentido, la “Carta Abierta” publicada por Rodolfo Walsh, al cumplirse un año de la puesta en acción del programa económico de Martinez de Hoz.

En materia de legislación laboral la dictadura comenzó una “obra” que luego continuó el “menemato” en los noventa: la sanción de normas jurídicas cercenadoras de derechos laborales y sociales que actuaron como herramientas de una arquitectura política, en ambos casos, perfectamente trazada. Asi en un periodo que abarcó 25 años se entregó el patrimonio nacional, se desmembró la red ferroviaria, se desguazaron empresas que durante décadas vertebraban la vida en pueblos y ciudades, se renunció a la política dejando todo en manos de corporaciones y nos convirtieron en los mejores alumnos del FMI. El desempleo y la indigencia no cesaron  de aumentar.

La actividad sindical sufrió el acecho descarnado de la dictadura. Desde prohibir o cercenar severamente la acción sindical, especialmente en términos de actuación de comisiones internas, hasta la desaparición física de miles de delegados de fábricas.

Dos aspectos fundamentales de la actividad sindical fueron prohibidas por la dictadura: las paritarias y la huelga. Lo cual implicaba mutilarla en su esencia dado que ambos aspectos constituían elementos claves del sindicalismo argentino que emergió con el peronismo en 1945.

Frente a este escenario desolador de persecuciones, muertes y cercenamientos, el movimiento obrero debió soportar la retracción salarial más grave de su historia, hasta ese momento. El signo de la distribución del ingreso viró significativamente a favor de los grupos hegemónicos locales y trasnacionales, en detrimento de los trabajadores, proceso que luego continuó severamente en los noventa.

Lo relatado hasta aquí adquiere un significado especial: la represión desatada y la política económica acompañada, iniciaron en 1976 un proyecto tendiente a profundizar y anclar definitivamente a nuestro país en la más pavorosa dependencia. Pero los militares no actuaron solos. Necesitaron de una pantalla y de complicidades necesarias. La primera fue la sociedad “occidental y cristiana” que supuestamente los cruzados venían a salvaguardar. Valores que incluían la tortura, desaparición y muerte, entre otros aspectos, como medios para preservar la mentada civilización. La segunda, se necesitaba contar con un sector político complaciente, y también con un sindicalismo domesticado.

Por eso se intervino la CGT y algunos sindicatos, quedando el espacio sindical, en general, reducido a cenizas. Desde esos escombros se pensaba erigir un nuevo sindicalismo adepto, con gremios amarillistas y genuflexos que sirvieran como oficinas de convalidación.

Aún en ese entorno de derrota hubo intentos en algunos sindicatos, por continuar la gestión gremial intentando enfrentar a los represores al mando del Estado, mediante el probado recurso del diálogo.

Resistencia o diálogo.

Ambos continentes forman parte de un mismo territorio de acción sindical definido a partir de las coordenadas que terminaron de delinear al sindicalismo argentino en 1945. Es decir, una frontera muchas veces sinuosa y gris, pero que había constituido la flor y nata del éxito sindical a partir de la construcción de una central sindical única, y de grandes gremios por rama o actividad. Los críticos más puristas, los “gremiologos” enlazaron dialoguismo con complacencia y muchas veces complicidad. No quedaba exenta por cierto esa posibilidad, como tampoco la necesidad de arrancar mínimas concesiones de sobrevivencia en momentos de crisis agudas.

Los gremios argentinos y sus dirigentes no son ni fueron ciertamente, la octava maravilla. Pero tampoco puede aceptarse la historia negra a la que son tan afines sectores que pintan la realidad con brocha gorda. En los filigramas de relatos más auténticos se observa la trama compleja de relaciones sociales y políticas que pone blanco sobre negro el seco esquematismo de la mayoría de sus detractores.

Se necesita ese protagonismo de los trabajadores para profundizar un debate complejo pero necesario. Abrir el análisis de situaciones socio económicas que han provocado que en los últimos 35 años los trabajadores no han dejado de resignar derechos sociales y laborales. Y hoy el planteo comienza a ser otro, un desafío que trae aparejado la crítica de quienes han enfocado el continente sindical como quien observa lo ajeno, lo extraño. Empezar a recuperar no sólo un modelo, que ciertamente habrá que revisar y completar o modificar según sea, sino también el protagonismo de ser trabajadores.

Comments are closed.