Pintaban para cracks

Por Gabriel Miadosqui

De chiquitos, Adolfo y Miguel pintaban para cracks. Entre los padres y curiosos que veían los partidos en la cancha del barrio se comentaba que tenían la habilidad para conformar la mejor delantera de la historia.
Adolfo, nueve corpulento, las ganaba todas por arriba, sabía pivotear, poner el cuerpo y definir ante el arquero. La de marcar goles con una naturaleza exquisita y propia de un jugador optimista era su mejor cualidad. Miguel, en cambio, iba por afuera y disfrutaba por igual una asistencia que un gol propio. Siempre pegado a la raya iba con una gambeta endiablada que hubiese enredado hasta al relator más eficiente. Así, Adolfo y Miguel estaban hechos el uno para el otro. Eran la dupla perfecta.

Pero, tristemente, no llegaron nunca a debutar. Y cada uno debió tomar otro sendero de la vida, muy lejos de la pelota.
En el barrio, unos pocos supieron qué les pasó y por qué de un día para el otro dejaron de hacer goles. Pero se guardaron en el silencio, como queriendo que la dupla permanezca en la memoria y no sea teñida por un mal acontecimiento. Así, nunca quisieron contar las razones del bajón futbolístico de Adolfito y Miguelito.
Nunca, hasta que, sin querer, me crucé con un viejito que miraba con nostalgia a los que jugaban en la plaza. Eramos los únicos viendo el juego de los nenes.
-Juegan bien los delanteros -comenté como para entrar en confianza.
-Sí, muy bien -me contestó el viejito que no soltaba el mate y miraba constantemente hacia la casa.

-¿Usted los vio jugar a Adolfito y a Miguelito? ¿Son parecidos a ellos? -pregunté queriendo llenarlo de recuerdos.
En ese instante, y como para justificar mi reciente intervención, uno de los nenes agarró la pelota, se escapó por afuera y metió un centro bárbaro que el otro delantero mandó a la red con un cabezazo preciso.
Se le dibujó una sonrisa al viejito. -Pibe, lo tengo que reconocer, son parecidos, muy parecidos -me dijo con sabiduría.-Vos seguro querés saber por qué esa dupla magnífica no llegó a debutar…
-Sí, por supuesto. Pero ya pregunté mucho y nadie me supo contestar.
-Pibe, pibe…-el viejito me entregó un mate cargado de azúcar y miró otra vez hacia la puerta de su casa- Acá hay pocas personas que saben la verdadera historia.
Nunca supe porque me lo contó. Y nunca se lo pregunté. Pero ese día, con esas palabras del viejito, aprendí una gran lección de vida.
-Te voy a contar -me dijo. Los dos andaban muy bien cuando eran chicos, éso lo sabés. Y, como también sabés, el problema les llegó en la adolescencia. Ahí, a uno de ellos, se le fue la cabeza para otro lado -otra vez miró a la casa.
-¿La cabeza hacia dónde? ¿Se inclinó por la joda? No me diga que comenzó a drogarse…
El viejito otra vez miró a la casa. Y ambos vimos a una mujer salir de aquel humilde lugar y caminar hacia nosotros.
-Pibe, te lo digo, pero prometeme guardar el secreto -yo, petrificado, asentí- Me enamoré, ésa fue la razon. Mirá, esa mujer que ahí viene caminando es la que me acompañó feliz toda la vida y nunca me vio hacer un gol. Nunca eh. Desde que la conocí, no pude concentrarme en la cancha y hacer un gol dejó de ser lo más lindo del mundo. Así de sencillo, pibe. Sé que pensás que soy un tonto, pero es lo que me pasó. Ah, y Miguelito…pobre, Miguelito tenía una bronca cuando yo no le hacía un gol ni al arcoiris y se fue a Buenos Aires. Y creo que allá formó una familia también.
-¿Estos dos nene llegarán? -pregunté inquieto por los nenes que mirábamos jugar.
Otra vez sonrió.-¿Viste el que hizo el gol recién? Es mi nieto mayor. ¿Qué le deseo? Ojalá tenga la misma suerte que yo. Ojalá se enamore.
El viejito le dio un beso a su mujer. Se notaba que se amaban.

Gabriel Miadosqui es periodista egresado de DeporTEA. En la actualidad, trabaja en el diario Clarín, en la sección deportes. Para leer más, su blog: escribinene.blogspot.com

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