La eterna espera de los Qom

Luego de represión, quema de sus documentos de identidad, apropiación de sus tierras y la muerte, acampan en pleno microcentro esperando que el Gobierno Nacional los atienda. Los quieren cansar, desgastar. Hace tanto que esperan que ya muchos los naturalizaron, otros jamás.

Hace cuatro meses que una buena parte de los miembros la comunidad Qom vinieron a acampar al centro de la Ciudad de Buenos Aires y no es noticia.

Aunque sí podría serlo que hace cuatro meses que están esperando que algún responsable del Gobierno Nacional los atienda. Pero tampoco.

¿Será noticia entonces que todos los responsables están tan ocupados que en todo este tiempo no tuvieron unos minutos para charlar con ellos? ¿O será que los que no dan votos no existen, no solamente por ser minoría, sino porque les quemaron los documentos?

Puede que todas estas sean noticias de ayer, pero hay una que sí se abre paso en esta realidad: en tiempos de fervor latinoamericanista y reivindicación de Derechos Humanos, a las voces de las comunidades indígenas todavía solo les permiten sonar muy bajito, tanto que algunas ni siquiera se escuchan.

Olvidados, marginados y vapuleados. Así se siente hoy la comunidad Qom La Primavera que aún resiste en el cruce de esquinas conformado por la 9 de Julio y Avenida de Mayo.

Allí se las ingenian para comer y para ir al baño. Ahí resisten. Entre el caos del microcentro, el ruido de los motores y el olvido de los que ignoran. Se las arreglan para dormir en carpas y ranchos improvisados con palos, telas, plásticos y bolsas de nylon. Así la pelean todos los días. Así pelearon durante estos largos cuatro meses. Así la pelearon a lo largo de toda su historia.

Pero la batalla más dura no fue contra la policía que les metió bala, los cagó a palos y les quemó sus casas junto a sus documentos. Ni fue contra las enfermedades que no dan tregua a las precarias salitas de emergencia donde son atendidos. Tampoco la es hoy contra el sofocante calor del verano que no se va en abril, ni lo es contra el hambre, la lluvia o el cansancio. La cruzada más salvaje es contra la ignorancia y la omisión de quienes deben hacerse cargo. Contra la historia que les vuelve a dar un cachetazo.

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El hombre que fui a buscar era Félix Díaz, referente legítimo de la Comunidad Qom. Pero al llegar, un hombre me comenta que Félix no está. Félix salió.

Mientras le explicaba que había acordado un encuentro con él para que me cuente qué había pasado en estos últimos días, el hombre me interrumpió: “Si usted es periodista esto no tiene por qué esperar. No importa si Félix no está. Hay que divulgar qué está pasando con nosotros. Y la realidad es que no pasó nada. En estos cuatro meses, no pasó nada”.

El hombre estaba desesperado por hablar y continuaba: “Queremos justicia, que nos escuchen. Nadie nos escucha. Ni la gente, ni el Gobierno, ni los diarios ni los canales de televisión”.

Mientras Agusto me hablaba (en un momento se hizo un lugarcito para decirme su nombre y estrecharme la mano) recordé que cuando comenzó este conflicto, o mejor dicho, cuando se escribió el último capitulo de este conflicto que no es un hecho aislado en la historia, el asesinato de Roberto Gómez por represión estatal, Félix explicó en un reportaje que su intención era que la Presidenta los atienda. Que los escuche por lo menos. Y aseguraba que los Qom no iban a regresar sin una respuesta.

Agusto no estaba haciendo otra cosa que hablándome de lo mismo, pero cuatro meses después. En su rostro resaltaban los ojos irritados de un tipo cansado y sofocado, tan arrancado de su lugar como se puede sentir un hombre demasiado poco acostumbrado a la locura de la ciudad. En el apuro de sus palabras se mezclaban la bronca con el dolor y el cansancio. Y la combinación de todas esas cosas juntas hacían del relato algo más profundo y tajante que las frases ya suficientes que calaban más y más profundo: “Si el Gobierno quiere meter tiro que meta, nos van a tener que matar. Si quieren terminar con nosotros, que lo digan y que lo hagan”.

Es que los Qom ya están cansados de oír tanta perorata de Derechos Humanos mientras se los continúe ignorando. Mientras nadie dé la cara, los encargados de garantizar sus derechos serán cómplices de la represión, la violación y el avasallamiento de su raza. La ley de Reconocimiento de los Pueblos Originarios será una simple combinación de números y letras sin sentido. Como va la mano, ellos mismos confiesan: “Se nos trata como si no fuéramos humanos o no tuviéramos derechos. Nosotros también somos ciudadanos”.