Girón de la Historia en Cuba

A 50 años del triunfo cubano sobre la contrarrevolución militar estadounidense, hay reivindicaciones que no se callan. Pisamos Playa Girón en la previa de los festejos, mientras aún hoy esa misma contrarrevolución no deja de tener la forma de bloqueo insensato.

Enviado especial a Girón.

“Castro es tan increíblemente ingenuo con respecto al comunismo o está bajo su disciplina. No debe considerarse, ilusoriamente, como un rebelde furibundo al estilo de Bolívar, por lo cual hay que obrar en consecuencia”

Extracto de una carta de Richard Nixon, vicepresidente,  a Dwight Eisenhower, presidente, luego de una entrevista con Fidel Castro en 1959, en Nueva York.

Dos años antes de que Estados Unidos intentara invadir Playa Girón.

Un cartel gigante marca desde la entrada y deja en una frase todo lo que representa este pueblo: “Hasta aquí llegaron los mercenarios”.

Girón envuelve desde los tobillos. Aprieta las texturas de la cabeza hasta generar una presión que, quizás sin un trago de ron, podría volverse insoportable. No tiene que ver con el clima. Ni con las miradas siempre sonrientes y gentiles de los cubanos. El peso tremendo se abre en un camino particular que desemboca en el pueblo: una ruta fina que en sus costados tiene algo menos de cien sepulturas alineadas que recuerdan con nombre y apellido a los caídos en Playa Girón, durante la última invasión estadounidense a Cuba, el 16 de abril de 1961, 50 años atrás.

Girón se expande desde una costa hermosa, con aguas superiores a lo bonito y verdes inacabables, hasta el olor todavía palpable de la muerte. Aparece como un pueblo con vida cotidiana, de esos donde los viejos se sientan en la puerta de las casas para enfrentarse en duras partidas de dominó, y termina en un lugar de esos que impone silencio, donde la Revolución Cubana sigue hasta hoy reconstruyendo memoria y señalando con el dedo bien alto que el enemigo es el mismo que aquella tarde de 1961 invadió las playas verdes, azules y rojas de este pueblo costero.

Girón dispone toda su naturaleza caribeña en la primera de las trincheras. Porque la violencia del agua turquesa de esta playa se le escapa al rol cotidiano que le disponen en esa zona los hoteles all-inclusive e intenta lo imposible: golpear todos los días con su fuerza arrolladora a las manchas de sangre que no están a la vista de los que miran sólo en la superficie, pero caben en las pupilas de los que miran con historia. No es borrarlas. No es eso costumbre del pueblo cubano. “Esto no es un museo histórico, es un museo del presente”, aclara, de hecho, la responsable de un exposición que nace al borde de la orilla de ese mar imprudente, intentando explicar todo eso que se junta en esa playa, en la que desde el 16 hasta el 19 del mismo mes, en 1961, las bases militares norteamericanas intentaron recuperar el único de los territorios de Centroamérica que se había declarado tan autónomo de Estados Unidos como de las desigualdades sociales y del analfabetismo. Con un cartel que anuncia a Girón como la primera de las batallas del socialismo, el museo junta en su interior paso por paso las decisiones militares que Fidel fue tomando para ganar la guerra.

Así lo ve y así lo cuenta Celia, una mujer con una sonrisa inapelable y un cabello gastado, que cuenta, sentada sobre una reposera que la detiene en la tarea única de mirar a la gente que pasa, su historia como si eso fuera una más entre tanto relato. “Girón representó algo único en mi vida. Yo era jovencita, había terminado recién el secundario y quería formar parte de las brigadas Conrado Benítez para alfabetizar a todo el pueblo cubano. Mis papás, en principio, no me dejaban, pero cuando sucedió lo de la invasión, todos comprendimos que a la Revolución había que defenderla o defenderla, así que me enlisté para educar al pueblo”.

De lado a lado Girón es imponente.

Es el lugar donde hace 50 años, 750 mercenarios, 135 ex militares, 65 delincuentes y 3 torturadores reconocidos invadieron Playa Larga, Girón, destruyendo 370,628 hectáreas, 9,666 casas y 70 industrias con el objetivo de terminar con la Revolución que había comenzado en Cuba el 1 de enero de 1959. Es, aún así, una batalla que Estados Unidos perdió no sólo militarmente. Sino también en el campo de la ideología. Porque, en el marco de la guerra, Fidel Castro, desde un escenario que quedaría inmortalizado con la fotografía de Alberto Korda al Che Guevara (esa que hoy danza en remeras y objetos de todo tipo), afiló su brillante paladar para las palabras, declaró al Estado cubano como un Estado socialista y aclaró: “Eso es lo que no pueden perdonarnos: que estemos ahí y que hayamos hecho una Revolución socialista en las propias narices de los Estados Unidos”.

Girón se guarda en lo profundo de los ojos. La memoria. Fidel Castro. Ernesto Guevara. Camilo Cienfuegos. El asco a la mentira organizada. El anhelo apabullante de contar otra historia que la contada. La frescura de los Pioneros, asociación de niños cubanos, que miran con los ojos abiertos día tras día. El millón de personas que desfila por la Plaza de la Revolución recordando este día como uno más entre tantas victorias. El romance del sol y el agua.

Y caminan por una sola razón: la convicción profunda de que las batallas de las ideas y de la memoria son una forma de pisar tanta mierda desparramada por tanto imperio que 50 años después, todavía, sigue siendo desafiante.

Pero no imparable.

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