Continua el aguante de La Gomera

Esta es la historia de un centro cultural parido por el 19 y 20 de diciembre, gestado en la Boca y resultado de años de ocupaciones de espacios. En el Centro Cultural La Gomera se editan libros y cuidan niños en la guardería, se ruedan películas y amasan ñoquis al compás de una sola idea: estar juntos. Cómo cambió la calle de Buenos Aires del 2001 hasta Macri, cómo cambiamos nosotros.

Tuvo la suerte de crecer dentro, o mejor, tuvo la suerte de que le construyan un caserón a su alrededor. El gomero se roba las miradas del patio, de quienes pasan comiendo del plato o se asoman en medio de la película. Se roba las risas de los niños, también, que se trepan y cantan desde arriba. El paisaje es el típico de los sábados: en el espacio cultural La gomera está funcionando la sala de cine y la guardería, mientras los ñoquis caseros de Soña llenan las panzas y las hambres.

Osky y Pablo y Maxi ofrecen un plato, sugieren ver la película, arriman unas sillas para la charla. “La gomera le pusimos a este espacio”, empieza Osky, “un poco por ese gomero enorme y otro tanto porque en los años en que se tomó la vivienda la gomera era un elemento cotidiano que llevábamos al cuello”.

¿Por qué la gomera al cuello?

¿De qué años habla Osky?

¿De qué toma?

Patear hormigueros

“Siempre acá en La boca y Barracas el tema de la vivienda fue muy conflictivo”, sigue el memorioso Osky, una suerte de teórico del grupo, que teje el racconto de la  época: “ahora recién se está endureciendo la cosa legalmente, pero desalojos hubo siempre… La zona sur fue de las más postergadas, y eso trajo cosas negativas pero también positivas: surgieron organizaciones como éstas”. La teoría de Osky es que la misma desidia del Estado y sus represiones largaron el tiro por la culata: “patearon hormigueros”, dirá. En ese barrio de las enormes fábricas (ex) portuarias y los caserones en desuso, cientos de familias encontraban soluciones de vivienda (y, agregará Maxi, “necesidades de encontrarse”). La idea que atraviesa la charla sobre las ocupaciones es que siempre hay algo más que dormir bajo un techo: hay expresión, creación, arte.

La primera experiencia (que cuentan, porque Osky y sus años sugieren haber recorrido más de un hormiguero) es la toma de Alpargatas, la histórica fábrica de indumentaria boquense. “La ocupación de Alpargatas fue todo un proceso grupal”, comenta Pablo, “había varias organizaciones barriales ligadas a la ocupación de lugares inútiles, y cerca del 15 de diciembre del 2001 fue que decidimos ocupar el lugar, que era como 2 ó 3 casas”. Retengamos la fecha: 15 de diciembre del 2001. Algo estaba por pasar, y algo nos estaban diciendo Pablo, Osky y compañía. “Cinco días después estalló todo y fue increíble”, sigue Osky, “estábamos todo el día en la calle… Me acuerdo un día que baja un comisario del patrullero diciendo ¨pero a mi me están tomando de gil, ¡me ocupan todos los días un lugar!¨”.

Con la anécdota ahora todos ríen.

Están en fines de 2001, en la calle, quizá también sonriendo. Osky remata:“Los días del 19 y 20, me acuerdo, la propuesta más loca era irse a vivir a las calles. ¡Hasta se hablaba de eso!”.

Estaban en Alpargatas, entonces, junto a otra decena de familias. Habían logrado armar un espacio cultural que llamaron Tierra del sur, nombre que ahora lleva la editorial de La gomera. Se había abierto una biblioteca y funcionaban eventuales talleres artísticos, además de una panadería en otra casa ocupada a unas cuadras. “La idea era ir tomando contacto con los vecinos, que se acerquen e ir rompiendo prejuicios”, dice Pablo. En frente también recuerdan un Banco Mayo ocupado, que a fines del 2002 tuvo violento desalojo. “Después nos fecharon desalojo a nosotros, en Alpargatas, y decidimos irnos voluntariamente”, sigue Pablo, “lo importante era la construcción que ya habíamos hecho, no el techo y las paredes”.

Osky arroja, otra vez más, sus conclusiones: “El desalojo del Padelai (donde desalojaron violentamente a más de 40 familias, detuvieron a 79 personas e hirieron a otras 14, febrero de 2003) marca un antes y un después. Las comisarías empiezan a trabajar coordinadas, el aparato represivo se vuelve más rabioso, le pegan a jóvenes y mujeres…”.

-¿Y ahora, Osky?

-Más todavía, teniendo a semejante demonio al frente de la Ciudad.

En todo caso, dirá, son otros métodos para patear hormigueros: “De cada ocupación se abrieron 2 ó 3 más”.

Qué cambió

-¿Y ustedes a dónde fueron?

Pablo: yo me fui a la casa de una compañera.

Osky: yo a Rosario en bicicleta.

-Los dos siguieron con lo propio.

Pablo: la editorial siguió funcionando en una casa de unos vecinos, y la biblioteca también.

Osky: yo anduve metido en otras locuras ligadas a ocupaciones de espacios.

Cada uno (Pablo, Osky, todos) digirió el desalojo a su manera. Pablo siguió insistiendo en su barrio: a meses de haber dejado Alpargatas, probó suerte en otro caserón barraquense. “Lo primero que hicimos fue desarrollar el espacio del cine, como forma de empezar a movernos con los vecinos”, cuenta otra vez Pablo.

A unas cuadras, en tanto, en otra casa amiga, funcionaba y funciona la biblioteca desalojada en Alpargatas y la panadería. “La fotoduplicadora la trajimos después, cuando estábamos más asentados”, explica Pablo, y va moldeando el abanico de proyectos de lo que hoy es La gomera: la biblioteca, el cine, la panadería, la editorial. Más tarde (con los hijos) vendría la guardería y las charlas y los talleres.

-¿Y vos cuándo llegaste, Osky?

Yo estuve ese tiempo en Rosario, después en Mar del Plata, haciendo unos quilombos… Después me vine a esta casa y puse ahí al frente una bicicletería.

Los proyectos fueron creciendo y la casa no. Los hijos fueron creciendo también. Los gomeros decidieron relegar espacios de vivienda y priorizar los libros, el cine, los talleres… “Yo era uno de los que hinchaba para que el lugar se use sólo para el laburo”, dice Osky, “pero era contradictorio porque yo vivía acá y significaba que me tenía que ir”.

Maxi: iba más allá de la necesidad individual, digamos.

Pablo: yo creo, además, que hubo momentos de pura necesidad de vivienda. Ahora ya era distinta la dinámica: yo alquilo y pago un alquiler. En otro momento eso era impensado…

-¿Qué cambió?

Pablo: el que cambié fui yo. Cuando uno es joven le pone mucho el cuerpo a lo que está haciendo, pero llega un momento en que no está mal tomar cierta distancia. Todo cambió cuando tuve a mi hijo, y sentí que tenía que darle su lugar despegado de lo que yo hacía.

Osky, otra vez, nos explica el fondo: “La legislación en Buenos Aires cambia a partir de la figura de ¨Restitución de la propiedad¨ que le devuelve automáticamente la vivienda al propietario. Como te dije antes, después que se toma el Padelai la cosa cambia, y cambió más todavía con este monstruo que tenemos en Ciudad. ¡Hasta creo una brigada de desalojos!”.

A lo alto del gomero gritan y juegan dos niños. “Ése es mi hijo”, cuenta Pablo, “así que, como ves, lo que te acabo de decir de separarlo de lo que hago, no es tan cierto”.

Todos vuelven a reír.

Y ahí Osky remata la charla con tierna seriedad: “El hecho de que vengan niños no hizo que se produzca un corte, sino al contrario: hay que pensar cómo crecer porque ahora hay chicos. Entonces tiene que haber libros, juegos, espacio, aguante…”.

Las imágenes son gentileza del Centro Cultural La Gomera