Botswana: larga vida para los San

La Internacional

En el sur de África los Estados nacional atropellan a los pueblos originarios en el afán explotador de recursos naturales disponibles. Continuan con la lógica de expropiación que ya lleva unos seis siglos. Aquí el caso de los Sen en el desierto de Kalahari

La forma que tienen los hombres de agruparse política y socialmente ha sido a lo largo de la historia bastante variable. Bandas, jefaturas, reinos;  sedentarios o nómadas; de  organización matrilineal,  patrilineal o mixta. Todos poblaron nuestro planeta y algunos continúan haciéndolo hasta la actualidad, ya tal vez de modo menos evidente, pero no por eso inexistente. Ha sido el poder europeo, desde su expansión por el resto de los continentes desde el siglo XV, quien ha minado esta diversidad, quien ha enterrado pueblos enteros, aplicando mediante la fuerza su propia forma de familia, instituciones, relaciones interpersonales y religión.

Pero pese a la violencia occidental, hasta el día de hoy han permanecido pueblos que se niegan a perder su historia y sus formas propias de vivir. Aún resisten, aunque limitados territorialmente, casi marginados socialmente, pauperizados y reducidos demográficamente por el hambre, la fiebre y las conquistas. Este es el caso del pueblo San –o también llamados basarwa o bosquimanos-, que en los albores del segundo decenio de este siglo, debe defender con uñas y dientes sus terrenos contra la voracidad del Estado de Botswana –al sur de África- y la complicidad de grandes grupos económicos.

Los bosquimanos han vivido de la caza y recolección desde hace más de diez mil años por la región austral del continente, convirtiéndolos en el linaje más antiguo del que se tenga noticia[i]. Hoy casi cien mil de éstos –diez veces menos de lo que constituían previo a la llegada europea – preservan sus modos tradicionales de subsistencia, ocupando tierras concedidas dentro de la Reserva de Caza del Kalahari, entre Botswana y Sudáfrica.  Pero desde hace ya más de treinta años, el gobierno botswanés se ha encauzado en un continuo conflicto territorial, luego de que se descubrieran en 1980 minas de diamante en la región de hábitat de los basarwa. Acercándose al siglo XXI, fue agravado por la moda del eco-turismo en el cual el Estado ha encontrado una veta para incrementar sus arcas.

Socialmente, su status es más que bajo. El periodista botswanés y actualmente residente en aquel país, Meekaeel Siphambili, contó para Nosdigital: “Los Basarwa son considerados como ciudadanos de segunda por la mayoría de los ciudadanos del país. Por mucho tiempo, ellos han sido pastores de los ricos ganados por una paga muy pobre; su ignorancia de las leyes laborales y su inocencia los hace vulnerables a esclavitud moderna.” Además, resalta que esta segregación no es solo del orden económico, sino que culturalmente los San son disminuidos y discriminados: “Los niños del país son desde chicos criados para creer que los bosquimanos son ciudadanos de segunda, lo que conduce a un círculo infinito de explotación. A menudo los padres retan a sus hijos diciéndoles “vos sos un san”, lo que les conduce creer a los más pequeños que los San no son humanos en absoluto”.

Desde 1997 hasta el 2005 el Estado ha ido progresivamente despidiendo al pueblo de su histórico hogar, confiscado su ganado y cerrado sus fuentes de acceso al agua. Esta última, ha sido la acción más determinante contra los San, ya que, las posibilidades de encontrar este recurso en un desierto, como es el de Kalahari, son más que difíciles. De modo, que luego de una campaña internacional, llevada a cabo principalmente por Survival International, la ONU se expidió contra el saqueo y violencia ejercida por Botswana, obligándolo a devolver a los indígenas su territorio. Pese a que oficialmente el gobierno supo aceptar la determinación, ha violado más de una vez lo acordado.

James Anaya, relator especial de la ONU sobre pueblos indígenas señaló que “Los indígenas que han permanecido o regresado a la reserva se enfrentan a duras y peligrosas condiciones debido a la falta de acceso al agua, una situación que podría ser fácilmente remediada reactivando los pozos de la reserva. El Gobierno debe reactivar estos pozos o, de otro modo, asegurar el acceso al agua a los habitantes de la reserva como una cuestión prioritaria”. A su vez, remarcó los intereses económicos que de fondo se traslucen en la persecución contra los bosquimanos: “”la postura gubernamental de que la vida en la reserva de las comunidades es incompatible con los objetivos de conservación y estado de la reserva, parece ser inconsistente con su decisión de permitir a la empresa Gem Diamonds/Gope Exploration Ltd. que desarrolle actividades mineras dentro de ésta, una operación que viene siendo planeada desde hace varias décadas.”[ii]

No por nada, luego de las expulsiones llevadas a cabo en el 2002 las concesiones para la prospección de minas se dispararon[iii]. Ni tampoco se entiende por qué, mientras a unos se les niega la posibilidad de acceso al agua, concedió las reservas acuíferas tanto a una mina allí apostada, como para la construcción de una pileta para una empresa de safari de lujo[iv].

El conflicto sigue desarrollándose sin que el gobierno de Botswana cambie su modus operandi, ni que las organizaciones internacionales tomen cartas activas en la situación y la obliguen a respetar los derechos básicos de este mermado pueblo indígena. Así, la sociedad más antigua de la historia se enfrenta a un nuevo reto para su supervivencia, no solo están en peligro sus tierras, sino también su cultura y la misma vida de sus habitantes. Mientras se da otro ejemplo de cómo el sistema prioriza la riqueza y la explotación de los recursos naturales frente a la existencia misma de los grupos humanos.


[i] http://www.nature.com/nature/journal/v463/n7283/full/nature08795.html

[ii] http://www.afrol.com/es/articulos/35508

[iii] http://www.afrol.com/es/articulos/17037

[iv] http://www.digitaljournal.com/article/296943