Vivir y morir en Potosí

La minería continúa luego de 450 años siendo la actividad central de la altísima ciudad boliviana. Las precarias condiciones con que trabajan quienes extraen los minerales son las que les permiten vivir todos los días. Pero las mismas son lo motivos por las que no sobreviven más allá de los 40. El rol del Estado, los intereses en juego y las contradicciones que florecen aún en el 2011.

El Tío Jorge fuma y observa con los ojos redondos e inmóviles. Ya nada lo perturba: ni las explosiones constantes, ni el aire viciado, ni los angostos pasillos, ni los rostros de trabajadores envejecidos por la mina. Fuma y espera, sentado, de piedra, a la próxima ofrenda de los mineros o del próximo convoy de turistas que fatigan los laberintos del interior de la montaña. El Tío está en las profundidades de una de las minas de Potosí, Bolivia, gestionada por una cooperativa local de mineros. Ellos son, también, los que organizan el tema de los turistas curiosos: los guían, les explican, les cuentan que la coca, que las doce horas sin ver el sol, que no hay baños, que no se puede comer, que el alcohol. Un resumen escueto de los padecimientos para que alcance, en lo que dura el tour por la mina, a decirse todo, o casi todo lo que se pelea y se sufre en una vida que se trunca cerca de los cincuenta años.

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El gobierno del MAS (Movimiento Al Socialismo) del presidente Evo Morales tuvo sus encontronazos con los mineros de su país, al punto de que el núcleo duro opositor de las clases más bajas es este sector formado por un entramado de diferentes organizaciones económicas de diversa estructura. Por un lado, el sector privado que obedece al mandato fiel del capitalismo neoliberal: empresas extranjeras que se llevan los minerales pagando precios de risa, y por el otro, el complejo y conflictivo sector de las cooperativas. “En la minería, el cooperativismo es un sistema individualista y semipatronal”, afirman en la vicepresidencia boliviana un funcionario de la cartera dedicada al tema y agrega: “El Estado no puede colaborar ni apoyar lo que no es colectivo, hay algunas que están organizadas muy bien, producen plata, cobre, zinc, plomo y reciben el apoyo del Estado, no en insumos (repuestos, maquinarias, herramientas), sino en aquello que se llama ‘recursos económicos de carácter rotativo’, ejemplo: yo te doy dos millones de dólares y produces, vendes y vuelves a reponer”.

Desde los profundos túneles de Potosí le retrucan al gobierno: “Nosotros cobramos setecientos bolivianos por mes (NR: aproximadamente cuatrocientos pesos argentinos) y de ese dinero, el 12 por ciento se lo damos de ganancia al Estado y, entre todos, debemos comprarnos nuestros materiales que cuestan aproximadamente tres mil bolivianos por mes (NR: 1730 pesos argentinos)”, cuenta el minero Axel, de 32 años y agrega: “El Estado no nos subvenciona ni nos apoya”.

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Apenas despunta el sol, Fredy se pone su uniforme azul y calza bajo el brazo su casco que supo ser marrón; hoy, como él, está avejentado y gastado. Se ata las botas arañadas por el terreno y grises del polvo y arranca derecho para la mina. En un bolsillo, un paquete de cigarrillos; en el otro, una bolsa grande de coca. No desayuna nada, no puede: en la mina no hay baños; no hablemos de cagar porque ni mear está permitido, lo único que come –o, mejor dicho, masca, no más- son las hojitas de coca que se mete de a una mientras viaja, para luego, antes de entrar a los túneles, meterse una bola del tamaño de una pelota de tenis.

Su papá fue minero y su abuelo también. Y probablemente alguno de sus dos hijos –sino los dos- lo sea. Son 32 sus años de vida y 15 como minero. Primero solo cargando cosas, removiendo piedras, ayudando a su padre, después ingresando a la mina como los demás.

Una vez dentro, toma los cuidados en los que ya ni piensa por habituado: arriba, las piedras y la cabeza (con suerte los túneles más altos tienen 1,75metros); abajo, el terreno irregular; adelante y atrás, los carritos que pasan por los rieles; siempre, los derrumbes y explosiones.

Una galería, nodo entre varios túneles, vagamente iluminado por las luces de los cascos de otros compañeros suyos. Se sienta sobre una pared irregular, al igual que todos, y prende un cigarro, allí,  donde el humo del tabaco es nada en comparación a lo que respiran durante las doce horas de jornada dentro de la montaña. A su derecha, un compañero invita con el primer trago: alcohol al 98 por ciento. Fredy toma, como todos, para hacer un poco más llevadera la vida. Además, con unos tragos ya está listo y no acumula líquidos que no puede eliminar.

Cuando asoma la cabeza por la entrada a la mina ya es de noche y está cansado, hambriento, con sed y borracho. Mañana otro día. Así hasta que aguante. Calcula, no pasará de los cuarenta.

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“Los mineros cooperativistas se han quedado con las minas viejas del Estado ya explotadas, perforadas y con el mineral a la vista. También con boquetas, con ingenios, con todos los bienes, en resumen: todas las cooperativas sumadas le deben al Estado 100 millones de dólares”, refutan en la vicepresidencia de Bolivia y agregan: “Que no digan que se los ha abandonado, ellos se están autoexplotando por una mala organización que tienen porque no trabajan de manera colectiva sino individual. Además no aportan dos o doce por ciento, aportan solo el uno por ciento de sus ganancias y ni decir de aportar regalías mineras e impuesto complementario minero”. Suena a refutación, pero también a lavada de manos, a crítica del modo de obrar de los mineros que, ansiosos de vender los minerales, son pagados por los ingenios privados con precios menores a los estándares internacionales. “El minero que trabaja individualmente saca su carga a pie, acumula dos, cinco, diez toneladas, y se la da a una empresa y obviamente ésta le saca todo y le paga menos. Además, si no supera el veinte por ciento de plata, no le paga al minero como plata, sino como zinc; por lo tanto, si el cooperativista sí estuviera organizado bien sabría defender el precio de acuerdo al nivel internacional para que le paguen lo justo y además sería inmediato el pago en vez de cada un mes o dos”, detalla el funcionario de la cartera y agrega: “Ahora el Estado desarrolla la minería a cielo abierto; la minería de galerías y socavones solo la realizan ellos”.

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Mientras afuera se pelean por ver quién tiene la razón, quién está mejor organizado y quién paga impuestos y quién recibe subsidios, el Tío Jorge espera sentado. Con los ojos eternamente abiertos y rojo de furia mientras nota que uno menos vino a trabajar hoy, que otro más cayó enfermo y que dos chicos que ni pelos en los pies tienen, cubrieron sus puestos.

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