Un campeón de la vida

Fue campeón Mundial Super Gallo en 1980, lo defendió cinco veces consecutivas, pero su mayor victoria la hizo fuera del ring: en la vida. Es Sergio Víctor Palma. El llamado “boxeador culto”, un luchador de mil batallas, un triunfador que buscaba canalizar en el deporte sus miedos exteriores, un soñador que a pesar de todas las dificultades siempre quiso ir por más.

“Disculpá el desorden, pero así vivo yo y no te voy a mentir”. Así se presenta y muestra Sergio Víctor Palma su departamento monoambiente ubicando en pleno centro porteño. Caminando lentamente y ayudado por, como él lo llama, su “mejor amigo” o “vecino” , un bastón negro, que lo utiliza luego de su duro accidente automovilístico del 21 de julio de 2004. Un acontecimiento que le modificó su vida diaria, sus acciones, pero no su pensamiento y ni su sentido del humor para contar la anécdota una y otra vez: “Iba por el Puente Pueyrredon camino a Provincia y al llegar a la parte del puente que se divide me encontraba muy cerca de un camión, que dobló para  Mitre y cuando yo quise girar hacia el otro lado, había un poste que no se quiso correr y me lo llevé puesto”, dice.       

El golpe le dejó secuelas importantes y a los pocos meses sufrió un ataque de presión que le provocó un cuadro parcial de hemiplejia en el cual tuvo que luchar por su vida. Hoy en día su recuperación consta del día a día. “Tengo que tener paciencia, trato de no negarme cosas por mi condición”, cuenta Palma. En su departamento los recuerdos saltan a la vista al ver una estrecha mesa de escritorio, aunque él no le tanta importancia al valor material de los mismos, sino a lo que le generaron para su vida. “Tengo trofeos, cuadros y medallas que gané guardados, otros me los robaron, otros los doné; la verdad no me interesa donde estén, porque lo que importa es que dejen un mensaje o sirvan como ayuda para otra personas, por eso valoro más que los tenga otro y no yo”, menciona al nombrar que su título de campeón mundial de la AMB de 1980 está guardado en un museo de su Chaco natal.

El “boxeador culto” era la forma de la cual lo llamaban los periodistas de la época. Y era algo que lo irritaba y molestaba mucho, cada vez que se lo nombraban a Palma. “Era algo horrible, me decían ¨Qué lindo grado cultural que tenés para ser boxeador¨. ¿Cómo para ser boxeador? ¿Y cómo saben cuál es el grado intelectual de los deportistas?”, explica con rencor por aquellos comentarios.

Pertenece a una generación y a una época dorada del boxeo argentino mundial. Monzón, Galindez, Locche y el mismo Palma, fueron algunos de estos máximos representantes de esta legión. Pasaron más de veinte años desde su primera conquista mundial, del 9 de agosto de 1980, pero todavía recuerda la satisfacción y la contradicción que le generó el momento en que lo proclamaban como el vencedor. “Cuando me levantaron la mano y me gritaron que era el campeón era todo euforia, era algo que parecía eterno, pero en realidad fueron sólo diez segundos donde me sentí en paz con todo el mundo, pero la realidad es que no había llegado a ningún lado, no había ayudado a nadie, sólo me ayudó a buscarme otros objetivos”.

Su infancia fue un tanto complicada, según recuerda Palma. Sus padres se divorciaron por los golpes que le propiciaba su padre a su madre cuando él tenía tan sólo un año. Sólo seis años después, volvieron a juntarse, para formar una relación que duró muy poco tiempo. “Mi madre sufría muchísimo, pero estaba enamorada de ese monstruo, yo no podía creer lo que estaba haciendo, pero el boxeo me salvó”, cuenta entre risas. “Cuando tenía ocho años, vi por primera vez una pelea en la TV y me puse a pensar “sólo así puedo cagar a piñas a mi viejo y salvar a mi mamá, pero siempre fui un cagón”, cuenta con dolor.

Pese a la imagen que se puede hacer del boxeador como un tipo rudo y fuerte, él se considera un miedoso, un temerario. “Yo soy un cagón, José María Gatica era un cagón. Los dos somos hijos de padres golpeadores. Recibimos los golpes que le daban a nuestras madres en primera persona desde el vientre y al nacer esa situación, inconscientemente, recae en nosotros”, explica y menciona que el psicoanálisis le ayudó a entender la situación. Además, Palma agrega que es una fachada que se hace de la potencia y dureza del boxeador son para no mostrar esas dolencias y miedos al aire libre. “El que boxea, lo hace para que los otros lo vean valiente, pero en realidad no lo es”.   

A pesar de lo mucho que le cuesta admitir sus logros, y su constante críticas hacia lo que no hacía para ayudar a la sociedad, Palma encontró en un lugar fuera del ring la fuente para canalizar todo: en el arte. El arte de la música, el arte de la poesía y en el arte del periodismo. “Empecé a componer cuando tenía nueve años, escribía porque me divertía y porque era una forma de querer entender las peleas entre mis padres”, cuenta con risas. Y agrega que “lo peor de todo es que en el colegio me retaban y luego cuando empecé en el periodismo también, porque separaba las oraciones entre comas, y luego me di cuenta que era porque estaba acostumbrado a las poesías de las letras”.

Del periodismo produjo un programa en Radio Splendid, poco tiempo después de ser campeón mundial. “A la gente que me rodeaba no le gustaba que lo hiciera porque decían que me distraía… ¡estaban locos! Era algo que me apasionaba y disfrutaba al máximo”, afirma con gran emoción. Luego de retirarse en 1990 por problemas en la muñeca derecha, fue columnista durante varios años de diferentes deportivos radiales, donde producía todo lo referido al boxeo. “Fue una forma de superar más fácil lo doloroso de dejar de boxear”, cuenta Palma.

El momento de decirle adiós al ring de boxeo fue muy duro para su vida. Varios años de psicoanálisis trataron de calmarle esa angustia, que llegó al punto de sentirse una persona no grata y otros insultos similares. “En ese momento se me fue una parte importante y hermosa de mi vida. Cuando una persona se jubila se convierte en jubilado, pero cuando lo hace un deportista ¿qué es? Eso hace que cualquier ser humano que titubee pierda su identidad social, y eso es terrible”, reflexiona Palma, siempre cuestionando y siempre analizando sobre su situación y la de sus pares. Y agrega que “No se puede vivir siendo lo que fuiste o lo que eras, eso es algo fundamental para enseñarle a cualquier chico en formación, tiene que haber un duelo, pero hay que saber que tiene que encenderse una mecha después para seguir adelante con otra cosa”.

Pero lo más duro, y lo más lindo a la vez, para él fueron los comentarios de la gente, muchos años después de su retiro. “Es muy duro ir por la calle y escuchar a un padre que le diga al hijo, “mirá ese que va allá era un boxeador… ¿cómo era? Yo me sigo considerando boxeador a pesar de no pelear más”, afirma Palma. 

La enseñanza es el nuevo camino que eligió para continuar sus aventuras, sus acciones y su inquietud. Hoy dirige a Angie, una chaqueña de 19 años a la cual apuesta mucho futuro. “Es sensacional lo que ha avanzado el deporte femenino en general, pero sobretodo en los deportes de combate. Antes era imposible imaginárselas peleando o haciendo Kick Boxing o Vale todo”, cuenta asombrado. Entrena en su gimnasio y le trata de inculcar los mismos valores que le enseñó su maestro, Santos Zacarías, gran ícono del boxeo argentino. Palma rescata la importancia de una buena enseñanza para sus pupilos.  “Cuando se enseña se está tratando con jóvenes, adolescentes, seres humanos que están en su última etapa en la cual quieren aprender, para que reciban datos para ser buenos adultos, pero sobre todo buenas personas”, opina. Y agrega con convicción y determinación, “la verdad, me importa tres pepinos que sea buen deportista, lo más importante es que sean buenas personas”.

“Toda mi vida luché por significar algo, eso me permitió crecer, de lo cual estoy muy contento. Pero me falta un poco más, me di cuenta que disfruté cosas muy lindas, pero me gustaría seguir haciéndolas, hasta que el “flaco” diga basta”, así Palma reflexiona sobre su vida, mientras abraza y besa a su mujer Mónica. Una vida que lo hizo campeón del mundo dentro del ring, pero que lo hizo, lo hace y lo hará campeón en el ámbito más importante de todos: el de la vida.

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