Un café con Don Juan

Sasturain siempre es motivo para charlar en cualquier bar de Buenos Aires o de donde sea. Habla de la pelota. Habla de libros. Habla de política. Cuenta sus sensaciones sobre Zidane, sobre Riquelme. Sobre fútbol como patria de los sentimientos.

Imaginar un encuentro con el escritor Juan Sasturain sin pensar que va a estar leyendo un libro, escribiendo sin parar o con la mirada atenta desde sus gruesos anteojos hacia una hoja de papel, era impensado. Llegar a verlo de otra forma no entraría en el imaginario de quien sólo lo conoce por sus notas realizadas, sus programas de televisión o sus libros.

Y la presunción no era equivocada. Al arribar al bar, él se encontraba sólo, en una mesa del medio, leyendo y corrigiendo sus apuntes que iba tomando, mientras nos esperaba puntualmente en el lugar que él había elegido para el encuentro. Allí estaba, con la enorme barba blanca que lo caracteriza, recibiendo su café, sin soltar nunca su lapicera y su agenda, en donde no paraba de anotar.

Luego de un saludo protocolar, del agradecimiento por el tiempo otorgado, de las disculpas por los pocos minutos tardes de nuestra llegada y antes de comentarle el motivo del pedido de la entrevista y de la revista en general, las charlas comunes giraban en torno a lo que podrían hablar amigos en un café: fútbol y política.

El fútbol tiene la concepción clara que no es sólo un deporte, sino que al estar tan inmerso en la vida de cada persona, termina teniendo un poder mucho mayor y que va mucho más allá del club del cual sea hincha cada uno.

“Soy bostero, pero me gusta el buen fútbol. Me alegro si juega bien Ortega o cualquier otro crack. No niego que miro seguido cómo le va a River y que me pueda llegar a alegrar si pierde, pero todo eso puede cambiar si hay personas que le hacen bien al deporte, como el mismo Ariel o técnicos como cuando estaba Cappa”.

El escritor y periodista, autor de las novelas Manual de perdedores I y II, ,Los dedos de Walt Disney, Brooklin & Medio y La lucha continúa, entre otras, considera al fútbol el deporte perfecto para entender que el deporte vive en cada uno de los que sufren, se apasionan, gritan, lloran y aman al ver un partido.

“El fútbol es una pasión para los que la sentimos así, que somos muchos, porque abarca todos los géneros que se pueden asociar a la vida diaria nuestra: el drama, la poesía, la comdia, la tragedia, etc. Podés pasar de la alegría inmensa al llanto en un segundo, como pasa en la vida, que podés estar muy contento y sucede algo que te quita la alegría”.

A raíz de sus libros de relatos, entre los cuales El día del arquero fue el que más repercusión tuvo, está considerado como uno de los estandartes de la literatura deportiva en el país, junto con Dolina, Fontanarrosa y Soriano. El mundo de la cancha, de las tribunas, del colorido de cada Domingo no los considera fundamentales para contar una buena historia deportiva, pero sí para crear una historia.

No me parece que ver un partido sea influencia para escribir algo literario muy bueno. En cada partido hay una historia, hay una trama, hay un misterio, hay algo nuevo. Descreo totalmente que un partido sea un mero y simple resultado”.

Él mismo se empezó a meter en un mundo del cual el fútbol cada día saca nuevos ejemplares que defienden una victoria con tal de hacer cualquier actitud negativa, desleal o traicionera. Basta con empezar a formular una pregunta sobre ese tema para que las risas empiecen a aparecer y el nombre de un ex entrenador argentino campeón del mundo empiece a sonar.

“Los que ven solo el resultado están pensando solo en el final de la historia, no les gusta ver el recorrido que lleva. Son personas que quieren que les cuenten el final de un libro sólo para saberlo, y no disfrutar del resto de la trama que lleva a ese resultado”.

Igualmente, el conductor del programa televisivo Ver para Leer, entiende que no sólo con jugar bien alcanza para satisfacer las necesidades de la gente, de los hinchas y de los que rodean al mundo del fútbol, porque “la competencia no es en vano, no sólo se juega para el deleite”.

“Van Basten y los holandeses no pudieron ganar nada en ese Barcelona que jugaba una barbaridad ni tampoco la Naranja Mecánica del 74. Ese equipo jugaba como los dioses, pero no salió campeón por esas cosas de la vida, en cambio cuando nosotros llegamos a la final del 90 jugábamos como el orto”

Sus palabras ya habían superado el nivel de una entrevista y pasaba a ser una charla sobre las personas que hacen de un fútbol más vistoso. Se nombraba mucho a Riquelme, a Gio Moreno, a Verón, como los que le siguen dando alegría a un fútbol argentino en decadencia, pero nombró a uno, de afuera, que no se lo ve más por las canchas, pero es el que más se lo extraña.

“El único mundial que vi en vivo fue Francia 1998. Ver en la cancha al mejor Zidedine Zidane fue algo que me impresionó. Solamente puedo decir que es humano por sus reacciones, como la que tuvo en el mundial de Alemania 2006 con el cabezazo, porque sino sería de otro planeta. Es un Riquelme, pero con personalidad mejor llevada”.

Después de homenajear y halagar con tantas palabras y acciones y anécdotas a ese Zidane, se pregunta porque salvo contados casos, no hay personas que hagan sentir lo que hacía pensar un jugador como el francés en la cancha.

“Pienso que hay una épica de jugadores. Se trata de una concepción épica del deporte cuando le da un sentido narrativo de alegrarse y sentir cosas, porque no se expresa a partir del fútbol. El deporte que es más épico es el boxeo porque expone el cuerpo, el aguantar y golpear y ahí se construye la épica de la hazaña”.

La misma épica de los que todavía hablan de fútbol sin que les importe sólo el resultado, la misma valentía de los que todavía relatan y escriben sobre el deporte que tanto aman, la misma épica que agranda las circunstancias, que le da un costado ultra literario a un deporte que sirve para cosas tan bellas como escribir e imaginar.

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