Las heridas sanan pero no se olvidan

Nunca van a alcanzar las palabras para explicar los sentimientos que se provocaron con violencia, hasta es posible que todas las palabras siempre sobren para describir, más allá de los hechos, a la última dictadura militar. La historia de la desaparición de Inés Amigo contada por su familia.

“Quiero escarbar la tierra con los dientes,
quiero apartar la tierra parte a parte
a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte”.

Cuando los 70 empezaban a asomar, Silvia escuchaba junto a su hermana Inés “Elegía”, este poema de Miguel Hernández musicalizado por Joan Manuel Serrat, sin saber que esos versos marcarían 34 años de su vida. Las separaban sólo 16 meses de edad, y las unían muchas cosas: su sangre, sus gustos musicales, sus charlas sobre novios. Los kilómetros las empezaron a distanciar. Cuando los 70 ya estaban en estado de ebullición, Inés empezó la carrera de arquitectura. Como en Buenos Aires la facultad estaba cerrada por problemas políticos, se mudó a La Plata, que no sólo acogió a Inés: también a muchos otros jóvenes veinteañeros que llegaban de todos partes del país con sus inquietudes políticas en el bolso. Inés empezó a militar en el Centro de Estudiantes de la Facultad de Arquitectura de La Plata, que adhería a la Juventud Universitaria Peronista, periferia de Montoneros. Tenía 22 años cuando se la llevaron de ahí mismo, unos meses después del golpe, el 21 de diciembre del 76, mientras cruzaba el predio de la FAU para entrar a rendir un examen. “Ahí empezó todo una cosa pesadillesca de hacer habeas corpus, ir a los juzgados y todo lo que se pueda imaginar. No había manera, nadie te decía nada, nadie te daba ninguna información. Solo algunos tenían la decencia de tratarte bien, la mayoría te decía ‘seguramente está en Europa matándose de risa mientras ustedes están preocupados’. Era muy feo. Ahí empezó toda una búsqueda, pero nuestra idea era que iba a volver. Recuerdo escuchar el ruido del ascensor en mi casa y pensar que volvía”, cuenta hoy, Silvia.

La sensación fue la misma durante 34 años, en los que la última certeza que tuvieron de Inés fue que se la llevaron aquella mañana de diciembre. Silvia, ahora, es psicoanalista. Por razones personales y profesionales, empezó a estudiar los ritos funerarios. “Sin ritos funerarios no hay cultura, el hombre es hombre desde que habla y apenas habla marca los huesos de sus muertos con ocre rojo. Los homínidos se consideran hombres porque marcaban los huesos. Esa honra fúnebre es la primera escritura. La humanidad comienza con la tumba. Si vos vas a los museos del paleolítico, antes del homo-sapiens, el homo-erectus diferenciaba los pilones de huesos de animales de los humanos, que tenían una marca que hacía que aún después de muertos siguieran siendo humanos. El rito funerario acompaña la salida del mono al hombre. Es un hito. El lenguaje y los ritos funerarios van de la mano en la cultura”, dice Silvia, con aires académicos. “Estudié todo eso y también la dificultad de hacer un duelo cuando no podés hacer un rito funerario. Vos no sabés si el muerto está muerto, porque no tenés ninguna evidencia. No podés hacer el rito funerario. Si se hace un juicio y dan la pena de muerte, con la que no estoy para nada de acuerdo, hay una tumba y un nombre. Acá ni siquiera. Abolir el rito funerario, desaparecer gente es mucho más atroz que matar”, dice Silvia ya con aires sentimentales, en el punto donde se cruzan las razones personales con las profesionales.

“No están ni muertos ni vivos. No tienen entidad, no están. Están desaparecidos”, era la frase, nada antojadiza, que usaba Videla, comandante en jefe de las torturas y aberraciones. Una frase que marcó no sólo una época, ni a una generación. Una frase que grafica un plan tan sistemático como macabro que siguió siendo la sombra de muchos durante unos cuantos años más que esos siete que duró aquella dictadura. Silvia, como cada uno de los familiares de los 30 mil, no supo durante todo este tiempo si su hermana Inés estaba muerta o viva. Pero sí que estaba presente. En todo. En cada paso, en cada recuerdo de sus guitarreadas, en cada sonrisa que se le venía a la memoria, en cada uno de sus estudios psicoanalíticos. “No son. Ni fueron. Ni serán. Quisieron borrar toda traza de existencia. Buscaron borrarlos del mapa. Los ritos funerarios permiten separarse del muerto. Sin rito, el muerto es un fantasma. Toma un carácter siniestro porque es un espectro que vuelve. La memoria se serena cuando hay registro de lo que ha sucedido, en el sentido de que si hay escritura está garantizada la memoria porque está registrado. Entonces el olvido puede aparecer, no como una actitud canalla, sino como una actitud de alivio”, explica Silvia.

En el medio de ese duelo que nunca llegaba, no sólo sus recuerdos le traían a Inés a la memoria. También las casualidades. Silva e Inés son hijas del último Subsecretario de Agricultura anterior al golpe, Alberto Amigo. Quien lo sucedió en el cargo fue Jorge Zorreguieta, padre de Máxima, actual princesa de Holanda. “En 2001, cuando Máxima se casó con el príncipe, vinieron los servicios secretos de allá a investigar a Zorreguieta porque sospechaban que había tenido algún tipo de complicidad con los militares. Y se les ocurrió llamar al último funcionario democrático que estuvo en su cargo. Y ese es mi papá. Estos señores vinieron a ver si lo dejaban ir a Holanda para asistir al casamiento de la futura princesa. Ellos no sabían lo de Inés. Entonces, mi papá les dijo: ‘Al primero que le fui a pedir por mi hija fue a él. Lo sabía desde el día 1 que despareció mi hija’. Entonces el caso de mi hermana, Lidia Inés Amigo, fue la razón por la que Zorreguieta no pudo ir a la boda, y así tuvo alguna trascendencia en los medios”, narra Silvia. Unos meses después de aquella casualidad del padre de la princesa, llegó el momento de testificar en el Juicio por la Verdad en La Plata, para pedir la investigación del destino final de los cuerpos, que quedó en manos del Equipo de Antropología Forense.

El destino hacía que el recuerdo de Inés estuviera más presente que nunca. Y una noche, en Madrid, en una mesa de argentinos, salió su nombre. Una mujer que estaba comiendo ahí se puso pálida y contó que estuvo “chupada” junto a Inés. La dueña del restauran, amiga de Silvia, las puso en contacto. “Era la primera vez en treinta años que sabíamos algo de mi hermana. Me contó que ella fue chupada y que se encontró con Inés en la Comisaría 15 de La Plata. Ella venía de un centro de detención, y había sido llevada por error. Mi hermana le había dado nuestros teléfonos para que avisara, pero ella tenía una culpa espantosa. No se atrevió porque tenía dos nenes chiquitos y le dijeron que si hablaba le mataban a los hijos. Con lo cual, treinta años después, lloraba y me pedía perdón. 30 años después esa mujer tenía una culpa desbordante. Esa mujer nos dio más datos: mi hermana había desaparecido el 21 diciembre y estuvo del 28 a los primeros días de enero en la Comisaría. A ella la liberaron y a mi hermana la trasladaron. Traslado significaba que te maten. Claramente, por los cálculos que hacemos, mi hermana murió a fin de enero del 77. Esa mujer contó cosas terribles. Mi madre tiene 86 años, y por suerte está muy bien, pero le pedí que a ella le cuente todo, pero que le filtre algunas cosas. Después de esa charla quedé en la lona, porque una cosa es imaginar y otra cosa que te cuenten todo lo que les habían hecho, las cosas que sufrió. Fue espantoso”.

El llanto de esa mujer que fue la última en ver a Inés se volvió a escuchar algunos años después. Fue para toda la iglesia de la Santa Cruz, en una misa que se hizo esperar durante 34 años. A fines de 2009, el equipo argentino de antropología forense encontró los restos de Lidia Inés Amigo en una tumba colectiva de NN en el Cementerio de Avellaneda. Fue, al fin, una certeza. Una certeza espantosa: “Yo tengo el informe forense y lo que muestran es que fue ametrallada, te muestran todos los impactos de bala, cómo los hicieron correr y los fusilaron. El informe tenía la descripción de los impactos de bala, yo lo leí porque es mi hermana. Mi hija me pidió por favor que no se lo de a leer porque no iba a aguantar. Es muy fuerte. Y eso que está en un idioma científico”. Con los restos, las certezas y el espanto, 34 años después de la desaparición de Inés había llegado el momento de los ritos funerarios. “Cuando nos entregan el cuerpo nosotros hacemos una cremación de  los huesos. Ahí un amigo –narra Silvia- me dijo que estaba la Iglesia de la Santa Cruz, en Estados Unidos y Urquiza, donde están enterradas las monjas francesas, donde se reunían las primeras Madres, en donde las traicionó Astiz. Hablé con el padre Carlos, que hizo una misa muy emocionante, muy linda. Tuve que hacer una semblanza de mi hermana, que fue de las cosas más difíciles que he tenido que hacer en mi vida, y eso que escribí libros. Fue lo que yo llamo hacer los ritos funerarios”.  A las dos semanas de la misa en la Santa Cruz, volvieron a La Plata, a aquel predio de la Facultad de Arquitectura. Silvia, su madre Matilde, su hija Florencia, su hijo Iván. Y su hermana Inés: “Hace muchos años hicimos los familiares un concurso de arte para hacer un monumento a los desaparecidos de esa facultad, que son 112. En una sola facultad de una sola ciudad, un número tremendo. El monumento es un anfiteatro con los nombres de los chicos y en el medio hay un tilo, que es el árbol representativo de La Plata. Y enterramos las cenizas ahí. Fue otra ceremonia muy emotiva”.

-¿Fue cerrar un poco la historia?

Todo lo que se puede hacer con una cosa tan espantosa. Pero sí, es saber que está en un lugar y uno tiene un lugar donde llevarle flores. Por más que vos sepas que hubo una masacre no te queda la certeza de que está muerto si no tenés en el cuerpo. No hay manera.

Pintura original de samot para Nos Digital


Notas Relacionadas:

Iglesia de la Santa Cruz: “Vivimos una fe más adulta, no infantil ni mágica”, entrevista con el Padre Saracini

Comments are closed.