Irlanda necesitó la libertad, Gran Bretaña fusilarlo

Patrick Pearse, poeta y revolucionario de convicciones nacionalistas, encabezó la resistencia irlandesa contra el imperialismo británico de principios de siglo XX. La soñada independencia llegó cuando habían fusilado ya al primer Presidente de Irlanda.

La Irlanda dominada jamás estará en paz

Patrick Pearse, 1915

Erin[i] se vio bañada una y otra vez de sangre: sangre de sus guerreros cuando intentaban repeler infructuosamente a los ejércitos británicos que desde fines de la Edad Media se adentraban a colonizar, sangre de sus campesinos escuálidos, expropiados y empobrecidos por trabajar las tierras del conquistador, sangre de sus insurgentes en las muchas y repetidas resistencias contra el poder imperial. Mientras la sangre continuaba regando la tierra, de entre ese suelo fertilizado surgían nuevos y más valerosos hombres y mujeres que se negaron siempre a admitir la destrucción de su cultura y de su nación por la avaricia y el enriquecimiento de la Corona y de los magnates ingleses. Entre ellos, Patrick Pearse, no solo revolucionario, sino también poeta y abogado, político y maestro. También sufrió el mismo destino que tantos de sus antepasados. Los verdugos luego de terminar su labor, escudados bajo sus uniformes militares, no sabían que frente a ellos había más que una cadavérica forma, se hallaba quién su pueblo, simbólicamente seis años después -independencia de por medio-, lo coronaría como el Primer Presidente irlandés.

Nacido en Dublín en último cuarto del siglo XIX, rápidamente encontró su espacio en el estudio y la difusión de la lengua y cultura irlandesa, que veía como pilar fundamental para derrotar la tiranía y la dominación a la que se encontraba apresado su país. Bajo estos pensamientos que se unió a la Liga Gaélica, con el objetivo primordial de renacer una herencia celta que al pasar el tiempo se volvía cada vez más olvidada. En sus propias palabras: “Cuando la posición de la lengua irlandesa, como su máxima herencia, sea fijada, todos los demás asuntos se ajustarán a sí mismos. Mientras se desarrolle, y como se desarrolla, ésta atraerá todo tipo de movimientos con ella. Cuando la lengua irlandesa se establezca, su propia cultura distintiva estará asegurada. Para preservar y difuminar la lengua, pues, es la simple idea de la Liga Gaélica”.

Como profesor se encargó de enseñar las tradiciones locales ya sea en Escuela de los Hermanos Cristianos, como en la Universidad Jesuítica, ambas en Dublín. Sin embargo, su visión de la cultura como arma revolucionaria le llevó a fundar su propia escuela en septiembre de 1908: la Escuela de St. Endan, quien albergara por aquellas épocas al afamado escritor James Joyce como uno de sus alumnos. A la vez, su preocupación por el sistema educativo le llevaría a escribir un texto llamado “La máquina de matar”, una fuerte denuncia contra la educación en el país; texto que más tarde sería la base para la aplicación de grandes reformas una vez lograda la independencia.

Sin embargo las palabras no serían sus únicas armas que tendría como medio para la liberación nacional. No, el fusil en mano se convertiría en su siguiente compañera hasta el final de sus días.

Por 1915 se incorporaría al brazo armado de la Liga Gaélica, la Hermandad, donde sería nombrado miembro del consejo supremo. En un año abrigaría una sola esperanza para lograr el fin a siglos y siglos de opresión: se alzarían violentamente contra Gran Bretaña, tomarían Dublín y esperarían que las demás ciudades siguieran el ejemplo. La cita con el destino se daría el 24 de abril de 1916.

Salía el sol en la capital, y mil hombres al mando del Comandante en Jefe Patrick Pearse tomaron posiciones en la ciudad ante las sorprendidas miradas de los altos mandos ingleses. En una histórica proclama ese día se buscaba decretar la independencia irlandesa, con Pearse como Presidente.

Sin embargo la furia de la respuesta imperial no se haría esperar, veinte mil hombres más artillería pesada que derramaba fuego sobre los ciudadanos aparecieron en acción. La bravura de los insurrectos no bastó para doblegar a uno de los ejércitos más grandes y mejor equipados del continente. Esa misma armada que había logrado poner de rodillas a más de la mitad de los pueblos del mundo, nuevamente desplegaba su furia. Como era de esperar, y a tan solo trece días de la Irlanda liberada, Pearse y demás miembros del gobierno serían capturados y condenados a muerte por insurrección y traición.

En una emotiva carta que le escribió a su madre, decía: “Usted no debe afligirse por todo esto (por la sentencia que de muerte). Hemos preservado el honor de Irlanda y el nuestro propio. Nuestras hazañas de la última semana son las más espléndidas de la historia de Irlanda. La gente ahora dirá cosas duras de nosotros, pero seremos recordados por la posteridad y seremos bendecidos por las generaciones que aún no han nacido. Y le bendecirán también a Usted por ser mi madre.”

La cárcel de Kilmanhain fue su último e improvisado hogar. Junto con sus compañeros, amigos y revolucionarios, hermanos de sangre y de ideas, esperó su trágico destino. El batallón inglés apuntaba su propio final: la muerte de un hombre significaba en cambio, el renacer de la ilusión, y esa ilusión dejaría de serla para convertirse en realidad poco tiempo más tarde. Pero estos uniformados no lo sabían. El “preparen, apunten… ¡fuego!” harto repetido en esas tierras, fueron escuchados nuevamente, esta vez, frente a Patrick Pearse. Después, solo silencio, humo y sangre. El cuerpo, arrojado vulgarmente a un descampado. Arrojado a una fosa común que quería esconder y callar…

Fallaron. Su nombre se  inscribió en la historia de Irlanda. Su nombre fue y será recordado por haber seguido el legado de otros revolucionarios pasados como Theobald Wolfe Tone, Henry Joy McCracken o James Stephens que intentaron darle a los irlandeses un futuro mejor. Darle a Erin la posibilidad de ser libre.

El Rebelde de Patrick Pearse

Ahora yo veo con completa visión:

Yo le hablo a mi pueblo, y yo le hablo en nombre de mi pueblo a los amos de mi pueblo.

Yo le digo a mi pueblo que son Sagrados, que son augustos a pesar de las cadenas,

Que son más grandiosos que aquellos que los sujetan, y más fuertes y puros,

Que tienen, pero que necesitan de coraje, y llamarlos en el nombre de Dios.

Dios el inolvidable, Dios el que ama  a los pueblos

Por quien Él murió desnudo, sufriendo vergüenza.

Y yo les digo a los amos de mi pueblo: tengan cuidado

Tengan cuidado de las cosas que están viniendo, tengan cuidado del pueblo levantado

El que debe tener y no tiene que dar. ¿Os pensaron en conquistar al pueblo,

O la Ley es más fuerte que la vida y el deseo de los hombres de ser libre?

Lo trataremos sin vos, quien ha acosado y celebrado,

Disparado y sobornado, ¡tiranos, hipócritas, mentirosos!


[i] Irlanda. Nombre romántico que usaban los poetas para nombrarla.

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