El otro mundial

Por Fernando Pacini, especial para NosDigital

Graciela Daleo, militante secuestrada y torturada en la ESMA, cuenta que el 25 de junio de 1978,  “el Tigre Acosta entró levantando los brazos y gritando: ¡Ganamos, ganamos!” Y agrega: “ahí tuve la certeza de que si él gritaba que habían ganado, entonces nosotros habíamos perdido”. A pocas cuadras del estadio Monumental, el país sangraba. Los mejores representantes de aquella generación no eran campeones de nada.

La dictadura argentina se apoderaba del fabuloso valor simbólico del fútbol para persistir en su crimen, acaso sospechando que la propaganda podía darles eternidad. Error. Iban a caer un rato después. Y mucho después, la ESMA iba a ser lo que es hoy: un monumento a la memoria, como Auschwitz o Dachau.

“La historia del mundial 78 –dice Jorge Valdano- es la historia de un gran bochorno” (La pasión según Valdano, reportaje de A. Scher. Editorial Capital Intelectual). Y lo es, por cierto. Un Estado ilegítimo y criminal, asociado a una AFA oficialista de todos los poderes, y una FIFA pérfida y mercantilista, produjeron la escena.

Como Hitler en los Juegos de Berlín 36, o Estados Unidos y Rusia, en los Juegos durante la guerra fría, la dictadura de Videla eligió un concierto deportivo para lavar internacionalmente una imagen siniestra. Es curioso, los poderosos siempre suponen que diseñando una gran mentira quedarán a salvo de la historia. Malas noticias para ellos: el tiempo impone las verdades con una energía aplastante.

A la distancia, el contexto de la Copa del Mundo daña injustamente el análisis deportivo del triunfo. Porque el equipo de Menotti fue un gran equipo, y un merecido ganador. Y aquellos futbolistas desconocían las profundidades de la dictadura. Suele ser así siempre. No es que fue así solamente en el 78. Los jugadores de fútbol, en general, no se interesan demasiado  por la realidad política. Y tampoco estaban interesados en el 78. Quienes le reclaman hoy por ese desinterés se arriman a la demagogia. Otros sectores de la sociedad, con más capacidad de intervenir y menos exposición pública, también estaban “distraídos”,  mientras los jugadores jugaban, sin más.

Aquella victoria deportiva, entre muchas cosas, también fue un recreo popular para la angustia. Acaso el único momento de expresión masiva en la Argentina de esos tiempos. Las reacciones populares pueden interpretarse de mil maneras, pero siempre merecen respeto. Y aquella Argentina de a pie, y oprimida hasta la asfixia, tuvo en el mundial un momento de expresión sin censura. No fue la fiesta de todos, desde luego. Los que faltaban eran los más importantes.

Sería todo un gesto que el fútbol argentino, institucionalmente, revisara sus comportamientos durante aquellos días. Y que investigara sus actas, sus complicidades. Eventualmente que redactara un documento serio. Sería una buena manera de sobrellevar la vergüenza y vivir mejor. Los jugadores del 78 no tuvieron culpa de nada. En los escritorios y archivos debe haber cosas más interesantes. Pero no. No hay voluntad de semejante revisionismo. Tal vez, porque tampoco haya empatía ideológica con quienes desaparecieron. Parece que la Iglesia, las Fuerzas Armadas y el Fútbol, no necesitan autocrítica. Prefieren protegerse bajo la alfombra, a salvo de la limpieza.

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