El otro Apartheid: Rhodesia del Sur

Justo en la frontera norte de Sudáfrica, desde 1964 hasta el amanecer de los 80s, tuvo lugar la breve vida de Rhodesia del Sur, país de poca trascendencia en el resto del mundo debido a las bases político sociales con las que se guiaba: la segregación de la población negra bajo parámetros de una superioridad racial de la minoría blanca.

El territorio, hoy conocido como Zimbabwe, fue anexado como colonia del imperio británico en 1923. Así, su importancia estratégica se daba como reserva de mano de obra para las minas sudafricanas o locales, yacimientos ricos en oro. A su vez, formaban parte del acervo de trabajadores migrantes rurales para los colonos europeos locales o de su austral vecino. Y así, la vida de los autóctonos estuvo teñida de un manto de oscuridad sometida gracias al colonialismo: expropiación de sus tierras, desplazamientos forzados para la creación de reservas, pauperización, miseria, segregación, destrucción cultural, evangelización…

Sin embargo, posteriormente a la Segunda Guerra Mundial, y a partir de 1960 Rhodesia, como casi todo el continente africano, plasmaría la discusión sobre su libertad. Pero independencia significaba a la vez democratización política, lo que era igual a darle voz y voto a la mayoría negra, hablamos de un mayoría que superaba más de 20 veces a los blancos: unos seis a siete millones de hombres desprovistos de derechos, contra poco menos que doscientos cincuenta mil europeos o descendientes que ostentaban todos los privilegios jurídicos, económicos y sociales. Pero el solo hecho de formular este cambio horrorizó a los únicos beneficiarios del sistema colonial, y así, pese a todo pronóstico, y solo provistos de apoyo de por los el Apartheid sudafricano y las todavía colonias portuguesas, proclamaron la Declaración Unilateral de Independencia, firmada por el entonces Primer Ministro Ian Smith. Así, en 1965, los torrentes libertarios que corrían por el continente, encontraron su primer dique de contención, y aún más, un retroceso.

El mismo Smith declararía, frente a los partidos y organizaciones que esperaban el derecho universal al voto y el fin del privilegio racial, que “nunca hemos tenido una política de abrir nuestro país a ningún gobierno de la mayoría negra, y en lo que a mí me concierne, nunca lo haremos”[i].

Iguales en derechos, distintos de hecho

Hacia 1969 el gobierno del nuevo país independiente aprobó una nueva ley de posesión de tierras, que significó no solo la perpetuación del reparto desigual, sino también la profundización de la separación racial de ambos grupos poblacionales.

Ya en 1926, el gobierno inglés había provisto la partición en tres del total del suelo: una primera parte destinada a las poblaciones indígenas; otra, a los colonizadores; y una tercera, para su venta y fines diversos. Para los últimos años de la década del 60 esta ley continuaba en vigencia, pero se le agregaba un nuevo condicionamiento con el que se podría segmentar y separar de una vez y para siempre las prósperas zonas blancas, de la miseria negra: 16 millones de hectáreas serían dadas a cada uno de los dos grupos, otras 0,3 millones quedarían en manos del Estado y 6 millones serían destinadas para la formación de reservas y parques nacionales[ii].

Sin embargo, esta “justa” distribución era una lisa y llana mentira: por un lado, ya sabemos las abismales diferencias demográficas entre blancos y negros, y por el otro lado, la calidad de las tierras repartidas no fue considerada. Resultando: sobrepoblación, severo daño ambiental por la sobreexplotación de la tierra, reducción de la productividad y consecuente pobreza[iii]. Del otro lado, seis mil blancos aproximadamente, gozaban de mil doscientas ha. de las mejores tierras, con maquinaria pesada y medios para la optimización del suelo. Es así como para 1979 estos terratenientes generaban el 75% de las exportaciones agrícolas, el 95% de la cosecha y las existencias proporcionaban el 40% del PBI –el 60% restante era dado por la actividad privada de las multinacionales[iv]-.

Pero estas grandes diferencias, como mencionamos, acarreaban la justificación de la segregación negra debido a otros dos componentes: (1) los cánones para tener derecho al voto estaban dados por la riqueza y el nivel de estudio, y (2) la ley de repartición negaba la posibilidad de alquilar, vender u ocupar tierras no correspondientes a su raza. ¡Pero por “ocupación” llamaban al solo acto de estar en el lugar! Entonces, si un paciente negro quería acudir a un hospital en la zona blanca, no podía porque sería castigado por “ocupar” tierras blancas. Así que la trampa fue echada bajo el concepto de propiedad.

Las diferencias de servicios entre un área y otra eran enormes, por lo que esta ley a la vez era la línea divisoria entre los altos niveles de vida de los blancos y la pobreza negra. Cada ochocientos treinta blancos había un doctor, cifra estándar de un país europeo. Cada  doscientos treinta blancos un hospital en buenas condiciones, cifra europea. En cambio, la otra parte solo tenía un médico cada… cien mil habitantes o cincuenta mil, en el mejor de los casos. Un hospital en mal estado cada quinientos veinticinco.

Fin de Rhodesia. Zimbabwe y el legado del apartheid.

En 1979, y luego de largos años de aislamiento económico y comercial, de resistencia armada por la democracia, el partido gobernante, el Frente Patriótico, aceptó la reforma constitucional para una transición que llevaría al nuevo país a una segunda independencia: ya no de la metrópoli, pero sí del opresor blanco.

Así, Robert Mugabe, junto con el Reverendo Canaan Banana asumirían el control de un devastado país, arruinado por la miseria, por las secuelas de una guerra libertaria y profundamente sumida en una desigualdad racial, que luego de casi sesenta años, soñaba con solo ser parte de la historia del legado colonial en África y nunca más sufrido presente.



[i] http://aliciapatterson.org/APF001975/Wright/Wright12/Wright12.html

[ii] http://21stcenturysocialism.com/article/in_the_shadow_of_empire_01694.html

[iii] Ibid ii

[iv] http://multinationalmonitor.org/hyper/issues/1981/04/khatami.html