Plaza San Martín, plaza de toros

En el barrio porteño de Retiro, antes de la Revolución de Mayo, lo que sí abundaban eran las corridas de toros. Esta costumbre importada supo eclipsar multitudes, con violencia animal y sudor a sangre.

El “ooole, ooole” que hoy se pueden escuchar en algunos momentos de buen toque en las canchas de fútbol argentinas, hace más de dos siglos, en cambio, retumbaban entre los hogares, en los ecos de las dársenas portuarias, en la brisa rioplatense del barrio de Retiro.

No, no es que algún visionario hacia principios del 1800 haya soñado con multitudes apreciando caños y gambetas o algo como once jugadores haciendo 25 toques antes de que la pelota tocase la red del arco rival. En cambio, lo que sí hacía enaltecer de pasión por aquel entonces eran las corridas de toros. Fruto de la importación de costumbres españolas, este “deporte” fue introducido desde los inicios de la colonización sudamericana, teniendo en Buenos Aires su primer show el 11 de Noviembre de 1609. Sin embargo fue en el anciano barrio de Retiro donde los porteños pudieron disfrutar en un estadio por aquel entonces monumental, de la lucha artificial entre el toro y el hombre: el cuerno contra la espada.

En Octubre de 1801, luego de gastar la suma –astronómica para la época- de 42 mil pesos, yacía de pié en la actual plaza San Martín una imponente estructura  octogonal de cal y ladrillos, con una capacidad de 10 mil personas… es decir,  ¡un cuarto de la población de la ciudad cabía dentro de sus dominios!

En sus ocho años de existencia, no quedó exenta de dejar alguna huella en la historia. Por ejemplo, durante la Segunda Invasión inglesa fue escenario de una heroica defensa por parte de los soldados locales, que durante varias horas permanecieron resistiendo y embistiendo contra las tropas extranjeras. A su vez, más de una vez se lo vio al por entonces ignoto General Lavalle lacerar las carnes de algún pobre y embravecido toro.

Sin embargo la última corrida de toros oficiada en este gran estadio de Retiro, tuvo lugar en Noviembre de 1809, en la antesala de la revolución de Mayo.

Pese a todo, a nivel nacional, las corridas se siguieron dando -ya no en Buenos Aires donde sería ilegalizada en 1819- hasta 1899, donde por ley del Poder Ejecutivo serían prohibidas por el maltrato ejercido contra el pobre vacuno…

Parece, sin embargo, sorprendente el gran revuelo que hoy en día se ha originado en España dada suspensión de esta actividad en Cataluña, luego de que un torero haya resultado gravemente herido fruto de un ataque taurino. Más aún que haya habido medios de comunicación que se hayan proclamado contra  esta medida, alegando la posible pérdida de una de las tradiciones más arraigadas del suelo ibérico, sin tener en consideración, por un lado el gran peligro al que se someten en cada “espectáculo” -¿puede ser llamado así un evento cuyo objetivo es demostrar la hombría por medio del lanceo de un animal?- los toreros, como por lo moralmente rechazable que es la diversión por medio del sufrimiento de algún otro, en este caso, del toro.

Por suerte, en este suelo parecen haberse percatado de esto un siglo antes.

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