Identidad y colonialismo: vista al interior del colonizado

La construcción oprimido-opresor en una escala continental no podía traer consecuencias leves. La colonización atravesó a todos, más allá del espacio y el tiempo. Explicaciones de todas esas cicatrices que aún hoy todavía sangran al volverse a abrir.


La agresión colonial se interioriza como Terror en los colonizados. No me refiero sólo al miedo que experimentan frente a nuestros inagotables medios de represión, sino también el que les inspira su propio furor. Se encuentran acorralados entre nuestras armas que les apuntan y esos tremendos impulsos, esos deseos de matar que surgen del fondo de su corazón y que no siempre reconocen: porque no es en principio su violencia, es la nuestra, invertida, que crece y los desgarra; y el primer movimiento de esos oprimidos es ocultar profundamente esa inaceptable cólera, reprobada por su moral y por la nuestra y que no es, sin embargo, sino el último reducto de su humanidad.

Jean Paul Sartre. Prologo de Los condenados de la Tierra

El colonialismo ha sido sin dudas uno de los procesos más traumáticos de la historia contemporánea: desde el siglo XV en adelante, pero más que nada a fines del  XIX, Europa se dejó llevar por un frenesí conquistador nunca antes dado en la historia. África cayó bajo su dominio indiscutido gracias a la superioridad económica, ya sea en cuanto a disposición de riqueza, como al desarrollo de fuerzas productivas fruto del industrialismo capitalista; como también militar: fusiles, bombas, ametralladoras, gases tóxicos, navíos. Todo al servicio de la destrucción y el dominio.

A la vez que los ejércitos penetraban los terrenos, iban saliendo a la luz el sinfín de sociedades que en ellos habitaban, lo que les permitió a los políticos, antropólogos e intelectuales occidentales iniciar sus juicios acerca de las condiciones de vida, humanidad y desarrollo de aquellos lejanos parajes. Las conclusiones a las que llegaron marcarían un hito en la relación colonialista-colonizado: los segundos serian catalogados como inferiores debido a que ninguna cultura lograba coincidir con los atributos de la Modernidad de occidente. Entonces si lo superior -la civilización- estaba compuesta por cristianismo, Estados-Nación, escritura, capitalismo y familia nuclear aquellos pueblos que no abarcaran todas estas características eran por ende primitivas, salvajes, inferiores.

Frente a esto, ¿qué característica podría ser lo suficientemente clara para marcar las relaciones entre la cultura dominada y la dominadora? Imposible que fuese la demarcación por el culto, ya que entre un cristiano y un no cristiano, una cruz en el cuello es lo único que nos puede mostrar a simple vista quién es y quién no lo es… y eso, siempre que el cristiano la lleve. Tampoco el lenguaje ni la escritura, ya que cualquier colonizado podría aprenderla en poco tiempo. Así que solo nos queda un solo aspecto: lo físico, lo externo, el color de piel. Sin importar su inteligencia, sus conocimientos o su bondad un negro siempre iba a poder ser visto como negro. Para los opresores resultó ideal para la dominación de África.

Pero la situación colonial no se limitó a la cuestión económica y política del continente, no podremos entenderla jamás si solo la leemos en clave de expropiaciones, trabajos forzados, segregación y tiranía. No. Fue también una experiencia – y aquí la palabra alcanza todo su significado- sensorial y psicológico, entendido como la manera en que los africanos percibieron el día a día de este proceso de superioridad-inferioridad impuesto. Cómo sin importar los logros personales jamás serian tratados como un par –una persona íntegra- entre los blancos en cualquier lugar que se encontrasen, cómo toda acción estaría implícitamente evaluada para ver si era o no civilizado tal comportamiento. Esta pesada cruz sobre las espaldas del oprimido, es la marca que tardará generaciones y generaciones en desaparecer.

Hombre nuevo

Yo empiezo a sufrir el hecho de no ser un hombre blanco en la medida que el hombre blanco me impone una discriminación que hace de mí un colonizado. Me usurpa todo valor, toda originalidad, me dice que parasito el mundo, que tengo que ponerme lo más rápidamente posible al paso del mundo blanco, que soy una bestia bruta.

Frantz Fanon, Piel Negra, máscara blanca.

La relación europea con su vecino continente sureño hasta fines del 1800 constaba de relaciones comerciales, la mayoría de las veces desiguales, con los jefes y mercaderes de las sociedades costeras, a la vez que se mantenían una pequeña cantidad de factorías y enclaves con la sola idea de agilizar el intercambio y el control marítimo. Sin embargo, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, el aumento cada vez mayor del poderío industrial, del tamaño de las empresas y la cantidad de mercancías que éstas eran capaces de producir, originó que se viese al África como un buen lugar donde desechar el sobrante productivo que ocasionaba las periódicas crisis por sobreproducción, a la vez que territorios capaces de otorgar las materias primas para las manufacturas y establecimiento donde ubicar parte de la población hacinada de las metrópolis. De modo que empezaron las campañas de conquista, cada vez mayores, que lograron que para 1914 la totalidad del continente –exceptuando Etiopía y Liberia- estuviese bajo las manos de Inglaterra, Francia, principalmente, y en menor medida, de Alemania, Italia, Bélgica, Portugal y España.

Durante este contacto con la población local, Occidente divisó formas de vida, costumbres, cultos y comportamientos que jamás habían pasado por su imaginación. Así que este extrañamiento convirtió, en la literatura y en todo el imaginario social, a estos territorios en un lugar exótico y misterioso, un sitio neblinoso que jamás habría de ser completamente comprendido. Pero, debido a la facilidad que tuvieron para conquistar económica y militarmente –más allá de ciertas grandes batallas perdidas como los ingleses en la conquista de los Zulú-, les permitió autocoronarse como la sociedad más avanzada, y por ende, racialmente superior del planeta. Consecutivamente se concluyó que el blanco estaba por encima del negro y bajo este axioma trazaron su modo de dominación y sistema de control territorial: “lo que tenemos ante nosotros es un mundo bifurcado, ya no simplemente organizado racialmente, sino un mundo en el que la línea divisoria está entre los que trabajan la tierra y los que no. Este mundo dividido está habitado por súbditos por una parte y ciudadanos por otra; sus vidas reguladas por la ley consuetudinaria por un lado y por la ley moderna por el otro; sus creencia son paganas por este lado pero tienen estatuto religioso por el otro; los momentos estilizados de sus vidas cotidianas se consideran rituales de este lado y cultura en el otro; su actividad  creativa se considera artesanía de este lado y ensalzada como arte en el otro; su comunicación verbal es degradada  como plática vernácula  de este lado pero elevada de discurso lingüístico por el otro; en suma, el mundo de los “salvajes” está separado  con barricadas –de palabra y de obra- del mundo de los civilizados”[i].

A nivel general llegamos al punto de observar cómo el período colonial fijó dos cosas: (1) la superioridad de Europa, del mismo modo (2) que de la raza blanca, y esto llevado al modo de dominación bajo la forma de superior blanco dominanteinferior negro dominado. Sin embargo con esta fórmula podemos solo entender a nivel global lo que significó el colonialismo, pero, ¿de qué manera esta forma desigual del modo de relación interpersonal entre el blanco y el negro, afectó la psiquis, la vida diaria y el modo de objetivarse a sí mismo de este último actor?  Frantz Fanon, psicólogo (y) nacionalista argelino trató esta cuestión en varias obras. Por un lado advierte que “En diversos trabajos científicos llamamos la atención de los psiquiatras (…) sobre la dificultad de curar correctamente al colonizado, es decir, de hacerlo totalmente homogéneo en un medio social de tipo colonial”[ii].  Esta incapacidad se debe en última instancia a la tremenda represión y subalternación a la que estaban constantemente sujetos desde el primer momento que los hombres  veían la luz: inferioridad, pobreza y derrota constante frente a ese amo indiscutido blanco que tenía el poder supremo sobre sus vidas.  Fanon, determinante, toca la tecla correcta: “Como es una negación sistemática del otro, una decisión furiosa de privar al otro de todo atributo de humanidad, el colonialismo empuja al pueblo dominado a plantearse constantemente la pregunta: ¿Quién soy en realidad?[iii] La consecuencia inevitable: “(…) el negro tiene que encarnarse con este dilema: blanquearse o desaparecer. Tiene que tomar conciencia de una posibilidad de existir (…) escoger la acción (o la pasividad) con respecto a la verdadera fuente de conflicto, es decir, con respecto a las estructuras sociales”. Como buen luchador por la libertad, Fanon dejó claro cuál era el único modo de acabar con esta crisis constante de identidad: expulsar a los colonialistas, eliminar los privilegios raciales e implantar la igualdad –no material en este caso- entre todos los miembros de la población.

De modo que visto desde otro ángulo, la ola libertaria africana librada con mayor fuerza durante la década de los 60 y continuada hasta el fin del apartheid se nos presenta desde otra perspectiva. No solo como un movimiento por la autodeterminación nacional sobre el territorio –aunque con mucho pesar, muy pocos países se han independizado de sus viejas metrópolis, manteniendo éstas su domino económico-, sino también como el inicio larga exhalación tanto social como individual luego de décadas de oprobio, tensión y angustia. Pero sería ingenuo que tal proceso desencadenado a lo largo de más de medio siglo, lograra curarse con el solo retiro de las fuerzas coloniales.

Esta visión del problema colonial sobre el inconciente y la identidad individual y colectiva puede servir a su vez, no solo para estudiar el pasado, sino como unos lentes para entender el presente y el futuro. Como un rasgo latente siempre presente en las guerras entre las diferentes etnias dentro de una misma frontera, en la violencia durante los enfrentamientos, en las ansias y en el constante éxodo de jóvenes hacia Europa, ese lugar que permitirá conseguir los privilegios que su pueblo no tuvo.

Pintura original  para Nos de samot


[i] Mamdani, Mahmood Ciudadano y súbdito. El legado del colonialismo en el Africa contemporánea, México, Siglo XXI, 1998.

[ii] Fanon, Fratz, Los condenados de la Tierra, México, FCE, 1963

[iii] Ibid, Fanon

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